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HABLAR POR HABLAR | SOBRE EL LAZARILLO DE TORMES | Francisco Martínez Calle

En verdad, la novela anónima El Lazarillo de Tormes no es más que la carta de un tal Lázaro, un pícaro nacido en la provincia de Salamanca y venido a más en la ciudad de Toledo, a unas advertencias hechas por la autoridad competente de este último lugar, acerca del comportamiento deshonesto de su mujer.

            Lázaro, por toda respuesta a la citada autoridad de Toledo, acerca de la conducta indiscreta de su mujer, alega, cínicamente, las muchas cuitas y tribulaciones padecidas a lo largo de toda su vida. Lázaro, además, se atreve a preguntarle, cínicamente, a esa misma autoridad que ahora le recrimina el comportamiento de su esposa, por qué no le ayudó en los tiempos en que tanto penaba, siempre rodeado de hambre y miseria.

            La obra, compuesta por siete tratados o capítulos, no es más que una precisa radiografía de la España del siglo XVI, con todas sus luces y todas sus sombras, sin que falte ninguna. En definitiva, es una crítica a la gestión de los responsables de la política española del momento, los cuales alardeaban de gobernar el mayor imperio del mundo, mientras sus súbditos morían de hambre en España.

Hay en el texto una palpable ironía que pone de manifiesto las enormes grietas del imperio español, que al tiempo que se agranda con el descubrimiento de América, se arruina con las continuas guerras de Europa.

            Pues en esos momentos difíciles tiene lugar el caso de Lázaro de Tormes que, cuando, ya maduro, come, bebe, viste y calza con cierta decencia, un señor de Toledo, le recrimina el comportamiento de su señora, amancebada con el párroco de á iglesia del Salvador.

– ¡A buenas horas, mangas verdes! -diría Lázaro, sin duda, al señor importante de Toledo-. ¿Me va a preocupar a mí ahora ese asunto, cuando jamás te preocupaste tú ni de mi pasado ni de mi futuro? Dejemos, entonces, las cosas como están y que Dios nos la depare buena a todos.

Uno de los pasajes del Lazarillo con más gracia, a mi juicio, es aquel en el que un ciego y su lazarillo se engañan por igual, con un descaro compartido, a la hora de repartir un racimo de uvas donado por un campesino manchego:

Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego, al segundo lance, el traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, yo me contenté en ir a la par con él y aún pasaba adelante: dos a dos y tres a tres y como podía las comía. Acabado el racimo estuvo un poco con el escobajo en la mano y, meneando la cabeza, dijo:

– Lázaro, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.

– No comí -dije yo-; mas ¿por qué sospecháis eso?

– ¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y tú callabas.

Imposible más astucia, más gracia, más cinismo.

 

 

Francisco Martínez Calle

Écija, marzo de 2023

 

 

 

 

 

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