En este baúl de experiencias que vamos recogiendo a lo largo de nuestra vida, y que nos ayudan a madurar, nos conviene activar el gozo de los andares, por muy adversas que nos parezcan las circunstancias que nos acorralan; pues al fin, lo trascendente es no darnos por vencidos jamás. 
Sea como fuere, la ciudadanía en su conjunto, con sus culturas y credos, no puede permanecer pasiva ante esta fiebre deshumanizadora, tan destructiva como cruel, y ha de empezar a discernir con un pensamiento crítico, con la empatía sustentada en los derechos humanos para ser resistentes a estas ideologías extremistas, que nos dejan sin palabra, en un mundo cada día más castigado por unos dominadores injustos. Resulta público y notorio, sin embargo, que nuestro linaje a lo largo de su historia demostrase en múltiples ocasiones capacidad suficiente para ausentarse de cualquier atmósfera que generase incertidumbre, potenciando la justicia y operando mancomunadamente, pues solo así se pueden promover libertades fundamentales y derechos humanos, y al hacerlo, ya estamos fortaleciendo nuestros pueblos y construyendo un futuro mejor para todos. Hemos rechazado dictaduras y hemos forjado sistemas democráticos plenos y dinámicos. También hemos criticado hechos violentos y, bajo el activo reconciliador, hemos sido reconducidos a otros ambientes más sosegados. De igual modo, hemos sancionado a los responsables de daños medioambientales y reparado jurídicamente a las víctimas. No estamos para cruzarnos de brazos, es cuestión de que nos protejamos unos a otros, incluso mediante la labor de las instituciones internacionales de derechos humanos. A propósito, se me ocurre recapacitar sobre la iniciativa para cuidar el propio hábitat, que opera en el marco del Pacto Mundial de las Naciones Unidas y el PNUMA, y que aglutina a centenares de empresas de todo el mundo. Esto es un claro ejemplo de que sus contribuciones a las economías “verde” y “azul” serán fundamentales para la consecución del desarrollo sostenible, del que tanto se habla en los últimos tiempos. Indudablemente, tenemos que aprender a ver la vida mirando espacios abiertos y a no tener miedo a expandirnos. El mundo se cambia abriendo el corazón, sumando pulsos, escuchándonos más, acogiéndonos sin distinción alguna, compartiendo sabidurías; viviendo distinto, en definitiva, junto a los demás.
El repensar sobre los días, la valoración y las enmiendas, los juicios y las evaluaciones; no son prácticas vacías, que la conciencia pone en movimiento, sino modos de ejercitar el intelecto con nuevos observaciones. Observarse y observarnos, es ganar terreno y conciencia de que la vida hay que tomársela con sentido garante, que es lo que verdaderamente nos hace avanzar con gestos significativos de hacer crecer una mentalidad y un estilo que resguarde prejuicios, exclusiones y marginaciones, favoreciendo una efectiva concordia entre análogos, en el respeto de la diversidad, apreciada como valor. Por consiguiente, toda vida vivida nunca es un fracaso, pues la experiencia de haber convivido, de tejer relaciones que dan vida, ya es por sí mismo una cátedra vivencial. La globalización ha llegado. Ahora nos falta conseguir que nadie quede encerrado en su espacio, anclado en su aislado territorio. El futuro se construye entre toda la humanidad. Hay que traspasar los conceptos, volver a reiniciarse bajo esa red virtual de latidos, donde los lenguajes sumen abecedarios fecundos, que contribuyan en hacer lo que sea necesario para activar el entendimiento entre la ciudadanía y nuestra común casa planetaria. Al fin y al cabo, son las pequeñas acciones cotidianas de cada cual, realizadas en su vida diaria, las que contribuyen a alcanzar que la humanidad se hermane, con acciones concretas. Actividad que nos permitirá dar el salto a esa transformación de las economías con más alma. Porque unidos armónicamente, es el único modo de poder hallar la fuerza para salir adelante siempre.