Qué quieren que les diga, pero no saben la gracia (desasosiego) que me producen estos dirigentes civiles y eclesiásticos, que con la que nos está cayendo piensen en el aplazamiento, o sea, celebrar las fiestas que se perdieron por culpa de ese maldito bichito en otras fechas, sabiendo como saben, que eso no se va a poder hacer y además es imposible, como dijo el torero. Porque en la situación económica tan desastrosa que nos va a sumir esta maldita pandemia, nos va a dejar los bolsillos como para fiestas ¿o no?
La Semana Santa es cuando es. La Feria en abril, las primeras comuniones en mayo, igual que las romerías, dejen ya de marear más la perdiz. Si este año por la situación tan complicada que estamos viviendo, estos acontecimientos no se han podido celebrar en su día, pues corramos un “estúpido” velo, y dejemos las celebraciones para otro año, que no paaaasa nada.
Os imagináis una feria de abril a finales de septiembre en pleno mes del veranillo del membrillo con sus 40º y las calles recalentás. Esos feriantes con sus trajes y chaquetas con corbatas de colorines, las señoras vestidas de faralaes con todos sus avíos como manda la tradición, porque digo yo: no van a ir a la feria en bermudas o en minifaldas ¿o sí? Los caballos con la lengua fuera, los cocheros agobiados con su uniforme preceptivo bajo el sol del mediodía esperando en las puertas de los hoteles a los invitados. ¿Y los cacharritos de la calle del infierno? (eso sí que sería un idem.), cualquiera se iba a montar en una atracción a media tarde ¿se imaginan? Bueno, mejor que no.
¡Ah! Se me olvidaba. El aplazamiento de los partidos de fútbol pendientes de jugar. Liga, Copa del Rey, Uefa, etc… dicen que habría que jugar tres veces por semana y además con unos horarios muy apañaditos para esas fechas. En el anterior artículo me despedía con un “Dios nos coja confesados”, y hoy lo hago con un: “que los bolsillos y la cartilla de la Caixa aguanten el tirón”.