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COSAS QUE PASAN. Benditos bares (VI) José de Pineda

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En el último artículo nos quedamos en los juegos de mesa que dejaron de practicarse en los bares. Otra desaparición inexplicable, al menos para mí, fue la de las mesas de billar con sus distintas formas de juego. Desde la partida de carambolas, el mundo o las 21, hasta  la espectacular 41 que es la que mayor número de participantes y mirones aglutinaba, sobre todo en aquellos largos y penosos inviernos de temporal con frío y lluvia; y sobre todo, de muchísima escasez  laboral y económica, donde solo unos pocos “privilegiados” que tenían un duro podían jugar. Todo esto ocurría en el bar de “Los Rambleños”, posteriormente regentado por nuestro amigo Manuel Pérez Cortés (El Lolo), magnífico profesional y mejor persona.

Voy a intentar plasmar con el mayor realismo posible aquellas largas jornadas que los parroquianos, a falta de otros quehaceres, echaban desde la mañana hasta bien entrada la madrugada, parando eso sí, a la hora del almuerzo. En el  momento que se juntaban cinco o seis jugadores se ponía en marcha toda la parafernalia que el juego de las 41 requería. Una vasija de cuero que contenía 20 bolas numeradas, un habitáculo de madera  para guardarlas mientras duraba la partida, y diez palillos blancos perfectamente alienados. Una bola, una peseta y si se vendían todas, al ganador, una vez descontada la comisión para el tabernero y la propina para el “apuntaó”, le quedaban 15 pesetas, que en aquellos años 60 era un capital.  Dependiendo de la hora, el local se ponía a tope, y entre el humo del  tabaco, los efluvios del  vino o aguardiente, y los  olores que salían por la ventana de la cocina, la atmósfera era tan densa que se podía cortar. Eran muchos los “profesionales” que participaban, pero sin duda, los que más expectación levantaban eran “Los Jarropos”, con su patriarca “El Parro” a la cabeza. Como tuviera la suerte, muchas veces buscada de ser el primero, inmediatamente se corría la voz por todo el local y los paisanos dejaban las cartas o el dominó para presenciar todo el ritual de este hombre alto, delgado y de aspecto pícaro, con su perenne gorra de visera que se la mecía varias veces para protegerse de los focos que iluminaban la mesa, y así proceder a tirar “la real”. Con tal precisión y maestría le daba a las bolas, que los cuatro palillos correspondientes, caían inexorablemente sobre el  verde y viejo tapete de la mesa. De diez partidas, ocho se las llevaba “El Parro”, de ahí que muchos jugadores desistían hasta que este no abandonaba el local.

Otro de los juegos habituales que había en muchos locales con cierta capacidad eran los populares futbolines, prácticamente desaparecidos en la actualidad. Al igual que en el billar, había auténticos  maestros que con unos movimientos muy precisos hacían que la partida pareciese un partido de fútbol en miniatura por la conexión entre la media, la defensa y el inevitable gol. CONTINUARA.

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