
Siguiendo con las ferias de antaño, recuerdo aquellas rudimentarias y básicas atracciones que venían a los pueblos por los años 40 y 50. Empezamos por los “volaores”, que al principio y ante la falta de fluido eléctrico, eran movidos por el dueño del aparato ayudado a veces por algún chaval del pueblo que le echaba una mano a cambio de montarse gratis. Los columpios con sus barquitas para dos, que después del primer impulso que te daban, la pareja haciendo un gran esfuerzo lo balanceaba hasta casi dar la vuelta, momento que aprovechábamos los mirones para ver el color de la ropa interior de la chica, antes que el encargado con una palanca de madera hiciese frenar la barquita. O aquella mini noria compuesta de cuatro “cunitas” y que el dueño tenía que calcular y equilibrar el peso para que le costara menos trabajo hacerla girar impulsándola con las manos, al tiempo que su mujer (ahora se dice compañera) tocaba una caja de lata, probablemente de carne membrillo, con dos viejas cucharas aquella pegadiza canción que decía: “La novia, la novia de Pepe, se mea se mea en la cama…”.
Después llegaron las bicicletas de alquiler, ¿os acordáis? Casi nadie en el pueblo tenía bicicleta. Recuerdo que las traían en el tren. Al llegar, el dueño daba la voz y los chavales acudíamos como locos a la estación para trasladarlas al pueblo y así dar un paseo de balde, porque quizás fuera la única vez que algunos se pudieran montar. Las traían de todos los tamaños y modelos, de carrera, de mujer, pequeñas, de tres ruedas, y por dos reales o una peseta, le podías dar varias vueltas al circuito que previamente había trazado el encargado. Siempre había algunos que se pasaban de la hora. Entonces el dueño se quedaba con tu cara y ya no te la alquilaba más.
Otro clásico de la feria era el puesto de agua. Está claro que si un joven lee esto dirá:
-¡¿Pero de qué está hablando este hombre?!
Pues de eso, de un puesto de agua que ponían donde había más gente y que consistía en una mesa vieja que tenía el “aguaó” en su casa, cubierta con un tapete de hule blanco, un búcaro o porrón y un solo vaso que de vez en cuando enjuagaba en un pequeño lebrillo para evitar contagios, y por una perra gorda te podías embuchar, que así decía el pregón. También vendía unas arropías caseras con forma de pirulí pinchadas en una pita. Se llamaba Manuel Moyano Silva pero todos le decíamos el mellizo. Y mientras él limpiaba los zapatos, su compañera la melliza se encargaba del puesto.