Se agotaba la fecha que tenía previsto para escribir el artículo mensual, y no encontraba tema que mereciera la pena mandar al periódico para su publicación. Es lunes 28 de abril, salimos de todo el boato de las pompas fúnebres de Francisco, nuestro último Papa, cuyo obituario nos ha tenido cuatro o cinco días pegados a la televisión y del que todo el mundo ha opinado con más o menos acierto. Que si era bueno o malo, que si era de izquierdas o de derechas, pero sobre todo ha habido muchos vaticanistas de pacotilla y en este caso, mucho más papista que el mismísimo Papa, que ya es decir. Incluso se dio el caso de que dos señoras ministras de nuestro nefasto gobierno que asistieron al funeral y que además son ateas, las pillaron las cámaras de televisión haciéndose un selfie ante el féretro del finado como si estuviesen en un concierto de Camela que ahora está de gira.
Pero vamos, todo esto es ya historia. Ahora mismo lo que a mí realmente me preocupa y lo que me lleva a escribir este artículo, no es cosa baladí, y que a medida que van pasando las horas mis maltrechos atributos se me van poniendo cada vez más de “corbata”.
Eran como todos ustedes saben las 12 y algo del mediodía, salía del ambulatorio de pedir cita cuando de repente comenzó a sonar una alarma como presagiando lo que podía pasar después. En principio nadie sabía su procedencia. Unos decían: es de la policía, otros que si de una ambulancia, o de un vehículo aparcado en la zona, hasta que llegué al súper Carmela y me dijeron que era la alarma del bar de Eloy que salta cada vez que se va luz. Efectivamente, la luz se había ido. Estaba todo oscuro, no funcionaba nada. Dejo la compra pendiente ante tanta incertidumbre y sigo hacia la farmacia. Al llegar, me encuentro la misma situación. Todo apagado y gente esperando a ser atendida a la espera de la llegada del preciado fluido. Los móviles dejan de tener cobertura. No hay internet ni hay wifi. Esto realmente es más serio de lo que un principio era un simple apagón de pueblo provocado por el levante que en ese momento soplaba con ganas. La cosa se complica un poco más cuando uno de los empleados con la poca cobertura que quedaba en el local me dice con cara de preocupado que el apagón es en toda España y Portugal. ¡Esto es ya más serio, oiga!
Lo primero que se me ocurrió fue preguntarle que si tenían kits de supervivencia, lo que provocó una sonrisa nerviosa entre los desconcertados clientes allí presentes. Me dijo que no tenían pero que se lo iban a plantear al dueño. Ahora entiendo ese aviso que nos envió otro tío de la Unión Europea que nos recomendaba que comprásemos esos paquetes y que como no le hicimos ni puñetero caso, va y sin pensárselo dos veces, le da al botoncito como hace Currito con el toldo y nos dejó a todos más tirados que una tanga.
Todos enganchados al transistor como aquella noche del 23F sin que absolutamente nadie dijera qué carajo estaba pasando. Pasadas las 20:30 horas, ya sabéis lo que pasó.
Lo que posiblemente no sepamos nunca es lo que provocó el gran apagón.
