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COSAS QUE PASAN | DOS DÍAS SIN MÓVIL | José de Pineda

Está la experiencia religiosa que cantó en su día Enrique Iglesias y la otra experiencia que viví muy grata y sorpresivamente hace unos días, cuando en unos de los viajes que hago frecuentemente a Sevilla por motivos familiares y debido a lo que mi padre le dio en llamar muy finamente “vejez cogida a pespuntes”, o lo que es lo mismo “principio de chocheo”. Porque si hay algo en esta vida que no perdona, esa es la jodida e inevitable vejez, que a su vez es muy malita y muy traidora, además no te deja ya vencer, ni con la fiel espada triunfadora. Pues lo cierto y verdad es que se me olvidó el móvil en casa.¿Y ahora qué? Me pregunté. Pensé que más se perdió en Cuba y durante unos minutos estuve calibrando los pros y los contras de aquella nueva situación, llegando a la conclusión final de que esta anomalía iba a poner a prueba mi grado de dependencia con el aparatito de los cojones. Cuando estoy en la capital solo utilizo para mis desplazamientos el transporte público, a saber: bus, tranvía, metro y la mayoría de las veces el método de san Fernando, o sea, un ratito a pie y otro andando. Observé con atención y cierta preocupación durante el trayecto en el tranvía, que la mayoría de pasajeros sobre todo los más jóvenes, tenían sus miradas clavadas como puñales en sus dispositivos, totalmente absortos, pasando olímpicamente de todo lo que sucedía a su alrededor, hasta el punto de apearse sin dejar de mirar la pantalla.

Una vez llegado a mi destino, sigo atentamente con mi observancia; el de la bici, el del patinete, el operario de la limpieza mientras se come el bocata, el ejecutivo con el manos libre, el cuponero, el repartidor de la Cruzcampo y así todos los que se movían por la calle y para remate de los tomates, que por cierto están carísimos, cuando entro en la capillita de San Onofre para adorar el Santísimo, el sacerdote que está en el confesionario… mirando el móvil. ¡Vaya por Dios! ¡Lo que faltaba!

Cuando llegué a casa, y comprobé que durante toda la mañana no había recibido ninguna llamada ni ningún aviso desagradable de whatsapp o Facebook, además de no haber tenido necesidad alguna de utilizar el dispositivo, sentí una enorme paz interior y un sosiego indescriptible que me hizo reflexionar seriamente sobre la necesidad o no de seguir desconectado definitivamente, a la vez de compadecerme de todos los seres que me rodean y que cada vez los veo más enganchados a las distintas plataformas que nos asedian a diario, además de tenernos totalmente controlados, y que no menciono para no hacerles publicidad.

Ahora todo el mundo se quiere hacer famoso en dos días, desde el cabrero al que recolecta aceitunas, desde el gañán al político de tercera, desde el aprendiz de influencer al que cuenta chistes malos, todos a costa de lo que sea. En los tiempos donde la ignorancia era la madre de la felicidad, no había tanta necesidad de protagonismo como hay ahora.

En estos tiempos difíciles y complicados momentos que estamos viviendo, seas quien seas, tienes a la fuerza que estar a la ultima en todo, o de lo contrario estás expuesto a que el más irrelevante imbécil e ignorante por no decir el más tonto del pueblo, te llame inculto. Por esto y por muchas cosas más, los que todavía podáis, haced como yo, probad y estad por lo menos… dos días sin móvil.

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