Aunque el título del artículo se asemeje al de una novela de amor de las de antes, el trasfondo del mismo es otro totalmente distinto, hecha la aclaración, prosigo.
Pero mientras esto ocurre, los que todavía tenemos la suerte y el privilegio de poder caminar a diario por solitarios caminos y senderos donde cada vez pasa menos gente y donde hasta los cuatro o cinco perros y caballos que quedan en los pocos caseríos difuminados y semi abandonados, se sorprenden e incluso se asustan cuando ven pasar al loco y torpe caminante de turno. Pues en esas largas caminatas, observo entre otras muchas cosas, una preciosa flor silvestre muy delicada de color rojo intenso con unos pétalos aterciopelados de vida efímera, que florece por estas fechas y que simboliza paz, tranquilidad, memoria y sobre todo, recuerdos. Muchos recuerdos de naturaleza transitoria vividos y con la enorme necesidad de disfrutar del momento presente. Me refiero naturalmente a la amapola.
Pues todo este precioso y único paisaje presiento que está a punto de desaparecer, cada año desgraciadamente se ven menos. Además de esta especie, hay otras que van por el mismo camino, nunca mejor dicho, de una pronta e inminente desaparición. Me refiero a los simbólicos, representativos y ornamentales, sobre todo en estas fechas de Pasión y Muerte, lirios; siempre postrados a los pies del Crucificado en su camino doloroso e interminable hacia el Calvario, donde al fin y al cabo la muerte no será el final.
Después de las amapolas y los lirios serán esas flores blancas de tallo alto y que mi madre cuando nos llevaba de gira al campo a merendar, las llamaba vulgarmente “caballitos de meao”, por lo de su mal olor a orín de caballo que tenían. Sí, digo tenían porque ya no se ven. Luego vendrán no las oscuras golondrinas de Gustavo Adolfo, sino las enigmáticas y únicas margaritas que se crían en los trigales y que con su injusta mutilación aleatoria, nos predicen si nuestro imaginario amor nos quiere sí o no, sí o no y así hasta que la dejamos a la pobre desprovista de sus alas blancas con su central muñón amarillo al descubierto. Y así hasta que acabemos con nosotros y lleguemos al final del camino.
¿Que quién tiene la culpa de todo este desbarajuste? Yo sí lo sé, y como no soy poeta, lo digo: La culpa la tiene única y exclusivamente la mano del hombre, y sálvese el que pueda.