Cada uno de nosotros tenemos guardado en nuestras mermadas memorias recuerdos imborrables de aquellos viejos bares donde pasamos parte de nuestra juventud, donde cada uno de ellos tenía un olor específico según la especialidad de la tapa que más demandaba su clientela. A propósito de esto, un amable y asiduo lector de la zona, y naturalmente entendido en la materia, me hacía un comentario acerca de cuál era la mejor tapa de cada local y yo muy gustoso les paso a relacionar. Aunque en esta ocasión me refiero a La Luisiana, cada uno de ustedes según su lugar de residencia, tendrá la suya. Empezaba así: Las tolitas de Manolito Selfa, la carne con tomate del Bar-restaurante Eloy, el pescaíto frito de Pepillo Morales, los callos de Juanillín y los pajaritos fritos de Castilla. ¡Ahí es ná!
Pues todos esos buenos momentos están en el baúl de los recuerdos de cada uno de nosotros, al igual que se perdieron las tertulias y la buena costumbre de “convidar” o “devolver los cochinos”, o sea, devolver la invitación.
Pues todos esos buenos momentos se perdieron al igual que desaparecieron aquellos viejos y entrañables bares, tabernas, tascas, bodegas, casinos, colmados, y como casi siempre cuando escribo de estos temas que el tiempo se llevó, invito a cada lector a que echen mano de la poca memoria que nos va quedando y recordemos los nombres de aquellos benditos bares que había en nuestros pueblos y ciudades.
En aquellos tiempos, los bares eran también refugio y amparo de muchos parroquianos que ante una excesiva ociosidad impuesta y una falta total de recursos de todo tipo, eran el único lugar del pueblo donde resguardarse de las inclemencias de los largos inviernos sin que se les exigiera ningún tipo de consumición, consciente el dueño del local de la precariedad manifiesta de su “clientela”. Hoy vas a un bar o como quiera que se llamen, que esa es otra, y aunque estés consumiendo como tardes un poco en tomarte el café, ya te están poniendo mala cara porque hay gente esperando.
No sé yo qué sería ahora de tantas y tantas personas mayores y no tan mayores que deambulan por los pueblos si no fuera por ese gran invento de las “casas de los viejos”, de la Tercera Edad o como le dicen ahora esos cursis y falsos progres: Casas de Envejecimiento Activo. ¿Mande? Pues esto es lo hay.