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COSAS QUE PASAN.- VER, OÍR Y ANOTAR.- José de Pineda

pepe pineda-00674Aunque estemos en octubre, un mes “tontorrón” según el autor de este artículo, el verano y las vacaciones hayan terminado, y ya cada mochuelo esté en su olivo; y aunque algunos ya estén pensando en el puente de la Inmaculada-Constitución, no me resisto a relatar parte de lo acontecido y vivido en mi entorno vacacional, que como en cualquier parte de la costa y como no puede ser de otra manera, “La Playa”, así con mayúsculas, es la principal protagonista.  Si bien es cierto que son muchos los que dicen que están allí por la familia, sobre todo por los niños, que se lo pasan muy bien.

La playa es una auténtica escuela de verano, y la sola observación del comportamiento humano con sus actitudes y conversaciones dan para escribir un libro o veinte mil artículos. Basta con pegar un poco la oreja y escuchar los comentarios de tus vecinos de toalla y sombrillas que nos rodean por  los cuatro costados, para que al cabo de un rato te enteres de todos los problemas y vicisitudes por los que pasa toda la familia, y a veces hasta del bloque entero donde están alojados, unos en propiedad y otros en alquiler, que como todos sabemos donde caben cuatro, caben doce. Pues ni en la mejor Universidad de Verano adquieres tantos conocimientos pedagógicos, socio-culturales, técnicos y económicos como en una mañana de playa.

A continuación unos ejemplos: dos señoras tendidas en sus toallas, una le comenta a la otra que se había separado de Carlos. La amiga le preguntó el motivo, y ésta le explicó que su marido estaba invadiendo su espacio personal. En ese momento estábamos todos apretujados como sardinas en latas. Me encantan las expresiones y ese castellano de los madrid-leños  como se autoproclama el viejo rockero Rosendo. Pues dos amigas se despiden después de estar un buen rato contándose sus cosas. Y una de ellas lo hace con un: “bueno chica, nos vamos viendo”. Otro madrid-leño estaba en el chiringuito de al lado con unos amigos y le dijo al camarero: “¡Chico, lánzanos unos espetos!”. Terminado el aperitivo se despidieron con un: “hasta entonces luego”.

Observo también que la mayoría de la gente va a la playa no a bañarse, sino a mojarse solamente los pies (como me decía la otra noche el dueño de un restaurante), y con este acto cumplir el compromiso social en el que se ha convertido ir a la playa. Porque antes los que no se bañaban estaban todo el rato en el chiringuito, pero ahora con esos precios, están  vacíos y todo el pescado por vender, mientras los veraneantes se acumulan en la misma orilla con lata de cerveza de Mercadona en una mano, y en la otra el paquete de patatas, dificultando el libre tránsito de los que como yo, solemos caminar.

Y para terminar, lo que un padre desesperado le dijo a otro: “¡Qué ganas tengo de que terminen las vacaciones para descansar!”. ¿Cómo estaría el hombre?

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