
La playa es una auténtica escuela de verano, y la sola observación del comportamiento humano con sus actitudes y conversaciones dan para escribir un libro o veinte mil artículos. Basta con pegar un poco la oreja y escuchar los comentarios de tus vecinos de toalla y sombrillas que nos rodean por los cuatro costados, para que al cabo de un rato te enteres de todos los problemas y vicisitudes por los que pasa toda la familia, y a veces hasta del bloque entero donde están alojados, unos en propiedad y otros en alquiler, que como todos sabemos donde caben cuatro, caben doce. Pues ni en la mejor Universidad de Verano adquieres tantos conocimientos pedagógicos, socio-culturales, técnicos y económicos como en una mañana de playa.
A continuación unos ejemplos: dos señoras tendidas en sus toallas, una le comenta a la otra que se había separado de Carlos. La amiga le preguntó el motivo, y ésta le explicó que su marido estaba invadiendo su espacio personal. En ese momento estábamos todos apretujados como sardinas en latas. Me encantan las expresiones y ese castellano de los madrid-leños como se autoproclama el viejo rockero Rosendo. Pues dos amigas se despiden después de estar un buen rato contándose sus cosas. Y una de ellas lo hace con un: “bueno chica, nos vamos viendo”. Otro madrid-leño estaba en el chiringuito de al lado con unos amigos y le dijo al camarero: “¡Chico, lánzanos unos espetos!”. Terminado el aperitivo se despidieron con un: “hasta entonces luego”.
Observo también que la mayoría de la gente va a la playa no a bañarse, sino a mojarse solamente los pies (como me decía la otra noche el dueño de un restaurante), y con este acto cumplir el compromiso social en el que se ha convertido ir a la playa. Porque antes los que no se bañaban estaban todo el rato en el chiringuito, pero ahora con esos precios, están vacíos y todo el pescado por vender, mientras los veraneantes se acumulan en la misma orilla con lata de cerveza de Mercadona en una mano, y en la otra el paquete de patatas, dificultando el libre tránsito de los que como yo, solemos caminar.
Y para terminar, lo que un padre desesperado le dijo a otro: “¡Qué ganas tengo de que terminen las vacaciones para descansar!”. ¿Cómo estaría el hombre?