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Desde un lugar de Mallorca.- José Calderón Barrios.- Crónica de un deseo (XI)

            No es un capricho reciente el que los catalanes deseen un país propio. No es una idea de hoy ni de ayer ni de anteayer ni de trasanteayer, ni del día después de este último adverbio de tiempo. En democracia, si el hijo se quiere emancipar de la casa paterna, aunque sus padres se opongan, lo hace, pero me permito una digresión: La muerte del valiente y temido Almanzor (1002 d.C.) -obsérvese que en esta vida hasta a los poderosos les llega su hora- es seguida por la de su hijo, y entonces empieza un período de anarquía con la que acaba la unidad de la España islámica. Se inicia una fragmentación de la que surgen 27 pequeños estados llamados reinos de taifas o de “banderías”. Pronto estallaron rivalidades y luchas entre ellos, lo que facilitó la reconquista cristiana.

            Lingüísticamente, los países catalanes: Cataluña, Valencia y Baleares, ya son independientes. Barcelona se permite el derecho de imponer multas por no rotular en catalán. Yo, aquí en Mallorca, hace tiempo que me di cuenta que formaba parte de una república. Un compañero de trabajo me dijo que él lo único que tenía de español era el DNI. Otro, que si él fuera “foraster” no viviría tranquilo en Mallorca. Y es que el pueblo llano se siente invadido y está dispuesto a defender su lengua materna, su identidad natural y su puesto de trabajo. Por lo que se ve por las calles, sin tener en cuenta a los turistas, el 60% no son isleños. El mallorquín es discreto, serio, formal, eminentemente pacífico y sabe administrar sagazmente el silencio, pero está harto de tanto autoinvitado de todo color, raza y condición.

            A los andaluces, en los países catalanes, no nos aprecian mucho, sobre todo a los irredentos, a los que llegamos con más de 30 años, a los todavía “cara de carpetovetónico”. A nuestros hijos y nietos yalos han instruido en sus escuelas, y ganado para la causa. Mi nieto, con 8 años me decía: “Abuelo, tú por qué eres del Madrid ¿No sabes que Messi es el mejor? La hija de un malagueño, rubia despampanante, decía, con cierto desdén, que los andaluces tenían la lengua de trapo, y no se les entendía nada. Era mi condiscípula en una clase de alemán, pero ella además estudiaba ruso porque trabajaba en Información y Turismo y creía que en un futuro cercano sería el idioma hegemónico. Siempre llegaba a clase envuelta en un vistoso abrigo de astracán, de esta guisa todo el curso, incluido el mes de mayo, a 25 grados centígrados; pero es que le tenía mucho apego. Se lo habían regalado en Moscú, en un inolvidable viaje de estudio. Pero aún después de esta aventura opinaba que su padre había llegado de Andalucía con la lengua de trapo.

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