
¿Qué pasa en Cataluña que en la primera ocasión que tiene el político de turno se encarama en un balcón y no se baja ni a escobazos, hasta que proclama la República Catalana? Así lo hizo, en 1641, Pau Clarís, clérigo y político. Ya antes, en 1636, acordaron que en las misas todos los sermones fueran en catalán, sabiendo que desafiaban a la corona española. Francesc Macià i Llussà, antiguo coronel, muy españolista, evolucionó hacia el separatismo y en 1922 fundó el partido “EstatCatalà”; en 1923, por el golpe de estado de Primo de Rivera, tuvo que abandonar el país. En 1931, vencedor en las elecciones municipales de abril, proclamó unitlateralmente la República Catalana. Y otro más, Lluis Company, cofundador junto a Macià de Esquerra Republicana, debido a que entraron en el gobierno de Lerroux, en 1934, tres miembros de la CEDA se provoca la revolución de Asturias y la revuelta de la Generalidad de Cataluña, Company aparece en un balcón del ayuntamiento y se proclama alcalde de Barcelona y además anuncia la República Catalana…
Y a esta ciudad he sido emplazado por el imprevisible destino, yo, un forastero procedente de Mallorca y ahora aquí, en tierra de charnegos, deambulando por lugares en blanco y negro de la gran ciudad, observando edificios de los que cuelgan banderas pro y anti España. El eterno problema. La izquierda y la derecha ya aparecen hace más de dos mil años, cuando la madre de los zebedeos pide al mesías que cuando esté en su reino siente a sus dos hijos uno a su derecha y otro a su izquierda -como tonta-. Los otros apósteles se enojaron contra los dos hermanos, y aún sigue el enojo en el mundo. Yo sigo subiendo y bajando calles escarpadas de la sierra de Collserola, con inclinadas y escondidas plazas, con ancianos que toman el sol. A uno, sentado en un banco, le oigo gemír – ¿Por qué llora usted? – Pregunto. – Porque soy viejo – contesta. Una vieja, con cara de vieja, también lloriquea al lado de otra con aspecto de haber superado la media de vida nacional y lo hace porque “dice que le han dicho” que le van a quitar la pensión, según el partido que entre a gobernar.
Barcelona está sitiada. En su medio perímetro, donde se alza la ciudad, los emigrantes, resignados, parapetados en su humilde hogar, esperan impacientes la hora de votar.
(Continuará)