Bueno, reanudamos el viaje-metáfora, “ a bordo” del Bala, a una velocidad de cohete de feria, a través de un mundo en crisis, confundido, como los personajes de “El gran teatro del mundo” de Calderón de la Barca, obra intemporal que presenta un panorama en el que no siempre queda claro el papel representado por cada uno.
Constantino dio a la cristiandad primitiva, esplendor y seguridad. Deseaba que reinara el orden y la paz; por eso, en la primera revuelta que hubo, debido a la herejía de Arrio, convocó, como jefe absoluto de la Iglesia y del Estado, el Concilio de Nicea, donde el hereje se tuvo que retractar (no retratar, todavía no había carrete).
Antes, se habían celebrado varios concilios locales al convocar a todos los obispos en Nicea de Bitinia, se daba origen a una nueva institución en la Iglesia, el Concilio Ecuménico, universal. De todas las Iglesias de Europa, Libia y Asia se reunió lo mejor de los ministros de Dios. Hasta de España, entonces rincón del mundo, se presentó uno, Osio, que fue, para este acontecimiento, consejero eclesiástico del emperador. Se codeaban los obispos señoriales, con otros obispos guardadores de rebaños. Entre éstos se distinguía el notable Pafnucio, obispo de una ciudad de la alta Tebaida. Tenía tan admirable piedad que hacía milagros. Le habían sacado un ojo durante la persecución, cortado el tendón del pie derecho y enviado a las minas. Llegada la paz, Constantino lo admiraba tanto que a veces lo invitaba a Palacio, y lo saludaba besándole la cuenca del ojo arrancado. “El hermano Ejemplo” que decía el de Asís. Hubo muchos que se convirtieron leyendo las actas martiriales, aquellas que no fueran destruidas, porque los verdugos no querían que la historia fuera testigo.
Francisco de Asís entró en la Iglesia destartalada de San Damián y oyó una voz: “Francisco, repara mi Iglesia, que como ves, amenaza ruina”. Trepó hasta el tejado pero comprendió que no era aquella reparación sino que se refería a la agrupación ingente de cristianos, la Iglesia universal.
“La Iglesia es una viña arrasada por jabalíes”. Benedicto XVI, cuando dimitió. “No quiero curas grasosos, cómodos, ni cristianos sentados”. Papa Francisco de Buenos Aires. La primera sentencia data del siglo XIII, las dos siguientes del XX, pero las tres tienen el mismo objetivo: No herir sino avisar; simplemente, que estas dos últimas están explicadas con términos de la era-pop.
La Iglesia católica ha sufrido muchas tribulaciones pero también ha contado con grandes hombres que la han defendido a ultranza, como por ejemplo, el papa Gregorio VII, la gran figura del siglo undécimo. Fue monje en Cluny; tenía un carácter de hierro, el propio para enderezar entuertos. Antes influyó directamente en la elección de cinco pontífices, que hacen de él su brazo derecho. Roma – y no sólo Roma- era una cueva de ladrones. Las tiaras y mitras se vendían y se robaban con la espada en la mano, como animales ejecutando el cleptoparasitismo. Dicta medidas contra la inmoralidad y simonía de los clérigos, y publica un decreto por el que la elección de los Papas han de hacerla los cardenales, no el emperador. Es la guerra de las investiduras.
A finales del siglo III aparece en Siria el monaquismo, al mismo tiempo que en el valle del Nilo. Muchos cristianos se introducían en el desierto huyendo de las persecuciones y mostraban los valores de la ascética, como un nuevo y continuo martirio. Se destacaron los dentritas, vivían en árboles. Los acemetas, rezaban día y noche. Los reclusos, se encerraban en pequeños tugurios, los estilitas, encima de una columna. A estos santos, la Iglesia aconseja admirarlos, pero no imitarlos. Y también atender a lo que dijo la virgen de Fátima allá en Cova de Iría, que rezáramos mucho por los pecadores y la paz del mundo; porque se acercaban malos tiempos. Incluso si no se cree. En la película “Los nuevos españoles”, José Sacristán discute en la taberna sobre la inexistencia de Dios, y ya, harto de hablar, se queda pensativo y exclama: “Mira que si existe…”
El mensaje del libro de Jeremías: “Dios es misericordioso pero su misericordia no elude la responsabilidad humana”, es decir, a Dios rogando y con la mascarilla respirando. Lo mejor sería ofrecer el sábado, día de la Protectora de los cristianos, las 200 avemarías. Y, mientras tanto, no mirar hacia Rusia, porque da calambre.
(continuará)
Palma de Mallorca, 24/02/21
- Calderón. Octogenario, de los que el Covid no pierde de vista.