Érase una vez un padre, tres hijos, más el niño Delis. Cinco hombres en miniatura armados con sendas zarandas, alineados, dispuestos a declarar la guerra a una montaña de garbanzos. Coordenadas: Prensa Vega, finca localizada en medio de un olivar entre Écija y Cañada Rosal. Mi padre, antes de abrir fuego, avisó: No carguéis mucho la zaranda; poco a poco, que luego vienen los dolores de espalda y el lumbago. ¡Al ataquel! gritó alguno, y el eco se estrellaría 50 años después en las espaldas de Chiquito de la Calzada.
Llegó la noche, cenamos a la costumbre del peón desplazado, tocino de veta, chorizo de Pepa Rodríguez, todo ello animado con pan de “Fernando Ramplayo”. Estábamos agobiados. Extendimos nuestras mantas y nos quedamos traspuestos. Yo desperté no sé a qué hora, vi que faltaba el niño, pero creí que había salido para hacer alguna necesidad fisiológica, me di la vuelta en el “cómodo” colchón cereal pero no podía dormir, su madre me había rogado que cuidáramos de él; me levanté preocupado y salí a la barrera del granero, y de aquí que de pronto el niño Delis surgió de las entrañas de la noche negra, sombría, abrazado a un melón de 6 kilos –había báscula–. No me digas que el niño Delis no es un estoico; observa a un niño de diez u once años que se adentra en la noche, solo, manteniéndose erguido, decidido, ante un melonar que no es suyo, a 20 km de su casa, para hacer bien a otros.
El estoicismo contiene en sí una virtud que se opone a la ira: paciencia, serenidad. Viktor Frankl, judío, famoso psiquiatra americano, encontró útil el estoicismo mientras estuvo encarcelado en un campo de concentración nazi. De allí desarrolló su teoría, conocida como logoterapia -terapia existencial-, con la que muestra que en circunstancias adversas es posible vivir una vida positiva y con sentido.
En la primera guerra mundial -40 millones de muertos- Viktor y sus dos hermanos, en el pueblo natural de su padre tuvieron que mendigar el pan y robar calabazas por los campos, estas son familia del melón.
Un día, ya mayorcitos, me preguntó por qué no querer estudiar en aquellos tiempos y yo le dije que porque eran malos tiempos. A lo que más se aspiraba era a saber las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir, y algunos se quedaban estancados en la división, esta constaba de cuatro elementos: dividendo, divisor, cociente y resto, pues bien, cuando el divisor tenía más de dos dígitos, algunos echaban el freno y no seguían adelante.
Cuando llegas a casa, de la escuela, si el gato dormía cerca del infernillo era mala señal. A veces, después de medio comer como no había libro de reclamaciones siempre había alguno que, de mal humor, repetía una frase en boga: “ya hemos comido, gracias a Dios, se quita la mesa y bendito sea Dios”. Esta frase retumbaba por toda la piel de toro, llena de moscas y perros esqueléticos.
Los monaguillos oíamos con placer los dobles de campana, anunciando una muerte, porque era señal de que nos hartaríamos de algarrobas, de la tienda de la Pirina. La guerra lo destruye todo. Durante muchos años el odio queda suspendido en el aire, sobre los pueblos. La guerra fratricida dejó a España por los suelos y no se vivía, se subsistía. Ya murieron los hombres que tomaban aguardiente a las seis de la mañana. Algunos lo hacían porque no soportaban un nuevo amanecer.
Iósif Stalin dijo que una muerte es una desgracia pero un millón de muertos se reducía a una estadística. Siberia once millones de km cuadrados.
La guerra, siempre habrá guerra; la llevaremos dentro de nosotros mismos… Todos queremos matar a alguien. El hombre sigue estudiándose a sí mismo, porque no ha llegado a conocerse todavía, nos miramos unos a otros, desconfiados, porque no distinguimos si somos vivos o muertos.
Las trompetas del Apocalipsis ya hace lo menos diez días que sonaron pero el mundo dormía “la Curda” del día anterior y se creyeron que había sido un toque de diana.
La voz del exterminio ya ha sonado contra los viejos: “O morís u os moriremos”. Empieza la
sociedad del “escoriaje” humano. Y, el viejo Delis sigue callejeando, repartiendo enseres caseros; pareciera haber oído la máxima de su desconocido profesor Aristóteles (siglo IV a.C.): “La verdadera felicidad está en hacer el bien”. Un hombre harto de comer es un peligro, pero Delis siempre ha sido humilde y resignado, y ha hecho el bien que ha podido a través de toda su vida. (Continuará)
DESDE UN LUGAR DE MALLORCA | VENDRAN DÍAS…(X) | José Calderón Barrios
