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DESDE UN LUGAR DE MALLORCA | VENDRÁN DÍAS… (XII) | José Calderón barrios

El undécimo mandato del Monte Sinaí: “Servir el desayuno, sonriendo, a los invasores”. Una vez más me refiero al hombre, al rey de los seres inferiores, al que se hace preguntas, a su instintivo deseo de inmortalidad, a la socorrida expresión del pueblo llano: “algo tiene que haber”. A modo de ensayo oso preguntar al aire:
¿Cuál es el bicho viviente más malo que existe en la Tierra? Un anciano, escondido en una cueva, en las alturas de la sierra de Tramuntana, huyendo de sus semejantes, contestó: “Sin lugar a dudas el ser humano, las hormigas nunca han provocado una guerra mundial”.
De todos los dioses falsos que dominan la faz de la Tierra, ¿cuál es el más poderoso y temido? Y el provecto cavernícola contestó: el egoísmo, como nuevo mito, el Ego, el Yo y sus derivados. – –
Y, tú, antropomorfo, ¿qué haces ahí inmóvil? Cuidado conmigo, yo no pienso todavía, pero existo –contestó el humanoide-. Yo no creo que fuera él, pero lo oí, al menos mentalmente.
Puede que fuera un familiar o un amigo del otro mundo. En un rincón del Antiguo Testamento, libro de la vida, se cree que los ancianos soñarán sueños. Me alejé de la jaula del zoo, y allí se quedó el gorila, agarrado a los barrotes de hierro, mirando cómo me alejaba, observando los andares del ser humano. Yo no creo que estemos más cerca del
chimpancé que de los dioses. Está surgiendo una nueva raza, las hienas urbanas, con su navaja “afilá”, escondida en bolsillo falso; los que arrastran por las calles a los achacosos ancianos, para hacerse con su móvil, su cartera o reloj.
Reflexión: Un viejo con dinero es menos viejo, pero no menos desgraciado. Se está creando el arte de matar. Y no es que sea nuevo, un tal Thomas de Quincey (1785-1859) se atrevió a titular este espinoso tema en su obra “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”. No puedo dar más detalles, so pena de cometer error, ya que no he leído el libro.
¿Por qué en la lejanía se oyen sonidos de tambores y cornetines de guerra?
¿Será porque el envilecimiento humano ha aumentado?
Lokilandia progresa adecuadamente. Se calcula que en 2050 habrá en nuestro planeta 9.000 millones de seres humanos: ¡Uy, uy!, temo que no habrá patines eléctricos para todos. “El tiempo es distancia y retraso de la muerte” –dijo el primer representante del existencialismo francés.
El mundo está formado por muchas gentes de todas partes, y del mundanal ruido, marchan todos optimistas, alegres, cantando, caminando ignorantes hacia la 6ª Extinción.
Este tórrido verano del año 26, del siglo XXI, entre palmas y sangría, ha aumentado la criminalidad aquí en Mallorca. Generalmente, en la sociedad, nos estamos idiotizando, y nos ha dado por bailar; mientras bailamos, lejos, muy lejos de nosotros se vislumbran –en nuestras conciencias– montañosos basureros donde los niños –algunos de 4 y 5 años– van a buscar comida.
Se dan casos en los que el ser humano se va transformando en bestia feroz: El juez negocia con un asesino, y le echa en cara que se ensañara tan brutalmente con la anciana, dándole hasta 15 puñaladas. El culpable responde con frialdad mefistofélica: “Es que no se quedaba quieta, ni me entregaba el dinero que había sacado del Baneo. Esta sociedad actual es un carnaval continuo. Hay un sociólogo medio loco que asegura que existen elementos humanos que le están saliendo cuernos retráctiles, como a los caracoles. Algunos otros –dice– llevan bigotes prestados, y cuando está más desequilibrado ve pasar legiones de jóvenes de varios géneros, con corte de pelo de diferente estilo, extravagante
pero artístico –el arte entre orejas–, y pregunta al azar: Y, ¿a dónde van tan de prisa? Y contestó uno que apareció furtivamente: Van huyendo de la España carpetovetónica (rechazo a los emigrantes y a los neologismos).
En un pueblo imaginario ubicado en el septentrión de la península ibérica sucedió algo inédito. Braulio, dueño de una de las tres huertas del pueblo, alardeaba de ser el que más y mejores patatas producía. Tal era así que en el pueblo se le conocía por “el rey de las papas”. El apodo se lo puso un empleado suyo, un andaluz de Andalucía que subió al norte para arrancar papas. A Braulio, bruscamente, le ha asaltado un problema, su hijo Íco, de nueve años, cada noche despierta dando gritos, diciendo que la bola del mundo se le cae encima, acompañada de gritos humanos, de tormentas y truenos, relámpagos y rayos; despierta dando gritos, asustado, y sudoroso, llamando desesperadamente a papá.
En la madrugada de un día lectivo, suena repetidamente una intempestiva llamada en el domicilio de un profesor de primera enseñanza. – – – – – –
Iñigo, despierta, Braulio quiere hablar contigo.
¿Qué dices… qué Braulio?
El hortelano, el rey de las papas.
¡La madre que lo parió! ¿Pero qué quiere ahora?
Dice que él tampoco cree que la bola del mundo se sostenga por sí sola en el aire.
Otra vez con lo mismo… Mira, dile que hoy, a la una del mediodía, le espero en el despacho del alcalde; que no falte.

Continuará…
José Calderón Barrios

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