A Ibros, uno de los pueblos más antiguos, y más bonitos también, de la provincia de Jaén, fui invitado no ha mucho tiempo al mejor de los desayunos. El mejor, por la calidad de los asistentes, por cantidad y variedad de los alimentos servidos y por la sombra y el fresquito reinantes en la terraza del bar donde tuvo lugar el evento. Todo, conjuntamente, hará que ese desayuno sea para mí inolvidable.
Allí, a mi derecha, juan José, distinguido ibreño y médico permanente de cuantos le conocen; allí, Bienvenido, cualificado hortelano de Begíjar; allí, Palomo, cazador de no poco prestigio; y allí, mi primo Juan y yo, visitantes ocasionales.
Llegado el momento, el amigo Palomo, como todos lo llaman, depositó sobre la mesa el contenido de una especie de talega, la cual contenía una hermosa cabeza de ajos morados de los que llaman de Montalbán, dos bien proporcionados tomates de los denominados de corazón de toro y tres pepinos de mediana envergadura. Junto a lo anterior, Palomo puso a disposición de los comensales un tarro de notables proporciones casi lleno de queso en aceite y un papelón de estraza, que bien pudiera contener medio kilo largo de jamón, cortado en finísimas lonchas, que aún conservaban jugosas las vetas de tocino.
-Vamos a ver, señores -dijo Palomo, tras haber troceado los tomates y los pepinos y haberlos rociado convenientemente de sal-, sobre la mesa hay tenedores para pinchar la verdura y cuchillos de punta roma para extender el queso. De modo que cada uno se sirva a placer.
Luego, tras una breve pausa, Juan José, atento como siempre, añadió:
-Si alguno de vosotros quiere churros, que se acerque a ese otro bar, los compre y se venga a comérselos a esta mesa con nosotros.
Y ya, una vez sentadas las bases del certamen y, después de haber traído la camarera una botella verdosa de aceite de oliva virgen extra, varios cafés y media docena de tostadas de razonables medidas, comenzó el festín.
Transcurrió un cuarto de hora, quizá menos, durante el cual nadie abrió la boca para hablar: todos preferíamos mojar el aceitillo de la pipirrana, volver a untar la tostada con queso o, simplemente, atender al jamón cuya merma era implacable. Una vez desaparecidos los comestibles sólidos y bien apurados los cafés, Palomo, ceremonioso, volvió a guardar los pocos alimentos sobrantes (solo los ajos y el tarro). Después, muy escueto, se despidió del grupo.
Me vino entonces a mí el recuerdo de aquel poema del poeta sevillano Baltasar del Alcázar, en el que ensalzaba la oronda morcilla reventona de piñones y el vinillo aloque de la taberna de Alcocer, junto al castillo de Jaén.
Ahora ya no recuerdo de qué asuntos hablamos después del desayuno.
De vuelta para casa, me dirigí a mi primo Juan:
-Compadre, otro día tenemos que desayunar en Begíjar.
-Sí, pero solo si lo hacemos como en Ibros.
-Eso es imposible, Juan, totalmente imposible.
Francisco Martínez Calle
