En el capítulo IV de la primera parte del Quijote, el ingenioso Hidalgo, cuando aún no estaba asociado al bueno de Sancho en su deambular por la Mancha, topa con unos mercaderes que, procedentes de Toledo, van a Murcia a comprar seda.
que no hay en el mundo todo, doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.
Pero la respuesta de los de Toledo, taimados de condición y algo molestos por las exigencias del Hidalgo, tiran de ironía y le espetan esto otro al caballero:
Y aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos a su favor todo lo que quiera.
Y hasta ahí llegó la burla, porque don Quijote, enfurecido (y ahora con sobrada razón), se dirigió a ellos en los siguientes términos:
No le mana, canalla infame, eso que decís, sino ámbar y argalia entre algodones.
Deducimos por el tono y los vocablos empleados por don Quijote en su respuesta que la mala intención de los toledanos era notable, pues a lo de ser tuerta Dulcinea (que no es asunto baladí) le añaden lo del ojo bueno, el cual solo segrega sustancias repugnantes.
¿Pero cuáles son exactamente esas sustancias que tanto desagradan al Caballero manchego y aquellas otras que tanto celebra don Quijote? Pues según el Diccionario de la Lengua Española (2014), tenemos:
bermellón: ‘cinabrio reducido a polvo que forma color rojo y vivo’.
piedra azufre: ‘azufre’.
ámbar: ‘perfume delicado’.
argalia: ‘sustancia untuosa (…), de olor fuerte y sabor acre’.
Una vez aclarado el significado de las sustancias citadas por los trajineros y las contenidas en la respuesta del Caballero, es cuando resulta fácil comprender la osadía de los primeros y la grave ofensa que han infligido a doncella tan distinguida como Dulcinea.
En fin, don Quijote, una vez más, está dispuesto a poner su vida en el tablero. En esta ocasión, por una causa más que justificada, al tratarse de algo tan delicado como es la belleza de la amada.
No está mal, después de todo, que alguien defienda ante gente desconsiderada, como son los zafios arrieros toledanos, la belleza de una dama tan principal, como es la señora Dulcinea del Toboso.
Francisco Martínez Calle