En un bar de carretera situado a mitad de camino entre Úbeda y Jaén, no mal surtido de licores variados y con una cierta elegancia en conjunto, debido a la presencia tras la barra de varios espejos, sobre dos columnas recubiertas de mármol, hay varios carteles.
Otro cartel, más pequeño que el anterior, avisa acerca del horario de cierre para que nadie, llegado el caso, se llame a engaño y quiera continuar consumiendo alcohol.
El tercero de ellos, de dimensiones menores que el primero, pero mayores que las del segundo, tiene que ver con la prohibición del consumo de alcohol a los menores de edad.
Otros dos carteles más hay en el salón-comedor, si bien por el reducido tamaño de sus letras, no son legibles desde lejos.
Juzgado el conjunto desde el punto de vista de la ortografía, su calificación no sería mala, si no fuera por la presencia en la palabra “alcóhol” de una impertinente tilde, que tanto afecta al conjunto. Jamás hubiéramos esperado esa tilde en la penúltima sílaba (-có-) de una palabra aguda. Antes la habríamos encontrado, también mal colocada, en la última sílaba de la palabra (-hól), dada su condición de aguda
Y aunque no hay modo alguno de saber qué razones últimas llevaron al autor del mensaje a escribir alcóhol, mucho nos tememos que pueda ser el resultado de una ultracorrección (actuación excesiva en la acentuación del vocablo), motivada por, vaya usted a saber, qué íntimas razones.
Pudiera ser así. Pero no dejamos de pensar en el poco trabajo que le hubiera costado al responsable del establecimiento colocar un cartel con el mismo gusto ortográfico con que ha dispuesto la colección de copas variadas, donde tomar el alcohol. Se lo hubiéramos agradecido de todo corazón.
Francisco Martínez Calle