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HABLAR POR HABLAR | UBI TU CAIUS… | Francisco Martínez Calle

Ubi tu Caius…

A decir verdad, la palabra tocayo nunca ha sido santo de mi devoción: la he encontrado siempre simplona, opaca y con un notable tufillo a sufijo despectivo. Nada de eso es verdad, ya lo sé, pero así me lo ha parecido a mí, hasta hace bien poco. Y eso que esa palabra la he usado con frecuencia debido al buen humor y trato agradable de mi buen amigo don Francisco Martínez Ferrer, el farmacéutico de mi calle, quien por razones obvias me permitía que le llamara “bitocayo”.

            Pues bien, interesado en conocer el origen de tocayo, más de una vez he consultado los diccionarios de la RAE y en ninguno de ellos he encontrado lo que buscaba. El último de ellos, el Diccionario de la Lengua Española (2014), dice sobre el citado término lo siguiente:

  1. y f.: Respecto a una persona, otra que tiene el mismo nombre.

Y poco más o menos nos dice el Diccionario de Uso (1998) de María Moliner, el cual añade al anterior dos sinónimos: colombroño y homónimo.

Así estaban las cosas cuando curioseando por el Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Española (1987) de J. Corominas, encuentro la siguiente información en la entrada tocayo:

“1739. Origen incierto. Probablemente empezarían llamándose tocayo y tocaya las parejas que llevaban un mismo nombre, por alusión a la siguiente frase ritual del Derecho Romano:

            UBI TU CAIUS, IBI EGO CAIA (Donde tú seas llamado Cayo, a mí me llamarán Caya).

           Esta era la frase que la esposa dirigía al esposo al llegar a su casa tras la comitiva nupcial (…).”

            Para mí fue este un momento dichoso, que ha puesto una nota de alegría en el ambiente enrarecido de mi confinamiento sanitario. Sí, enrarecido, porque mientras unos se afanan en contener los estragos del virus, otros, por intereses injustificados, alardean  de un comportamiento incívico y egoísta.

            En fin, aceptado que el origen de tocayo puede estar en una frase de carácter legal, a mí todo el contexto me recuerda mucho aquella otra que dice así:

            Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre, por lo que permaneceréis unidos hasta que la muerte os separe.

            Pues sí, me ha dado tanta alegría saber el origen de una palabra que yo la estimaba fea y mal formada que, a partir de ahora, la consideraré un fósil jurídico digno del mayor respeto y consideración.

            Me ha dado tanta alegría que he querido compartirla con todos vosotros, mis amables y desconocidos lectores.

 

Francisco Martínez Calle

 

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