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LA FRAGUA. Sevilla y su silencio. Juán Manuel Rivero.

rivero periódico horizontalPresentación1Hace unos días pasé por el cementerio San Fernando de Sevilla, y al entrar,  la puerta grande del maestro Tejera sonaba en mis entrañas como un anticipo de lo que en campo Santo  podía divisar. Los argumentos del cementerio San Fernando son tan propios para un cementerio, que los cipreses cuidan y vigilan altivos los escenarios- las tumbas que calladas, reviven los recuerdos más elocuentes, magníficos y trágicos de cada faceta de quienes en un arte ejemplar dejaron la vida con todas las condecoraciones posibles.-

Sevilla es una tierra de poetas de cantaores y de toreros, y allí desparramados se extienden silenciosos aquéllos que tuvieron la dicha de ser artistas por la gracia de Dios, y que murieron en un momento glorioso para que su tierra los llevara siempre en sus entrañas.

Entraba al campo Santo, y te recibía Antonio el bailarín con una puesta en escena del orfebre  Juan de Ávalos, sonaba entonces el pasodoble cielo andaluz y el aire reflejaba un silencio soporífero que relamía el sentido más austero.

Callada en cuerpo solo, pero no en su voz, Juanita Reyna seguía diciendo:

mis canciones, recordáis,­? las canté y las canto con el acento que Dios puso en mi garganta,… ni estoy viva ni estoy muerta, ni contigo ni sin ti.

 Enfrente, los gitanos llevan a hombros como un ángel a Joselito muerto en Talavera de  la Reina, bailaor era el toro que quiso darle la gloria de seguir vivo entre los muertos en su Sevilla, ni el dicho de que el toro debía saber el número de habitación de Joselito si quería cogerlo, pudo con la muerte, a hombros mocitas gitanas y hombres los llevan en un funeral permanente para que la historia del toreo lo tenga siempre en el lugar de los elegidos, desde Madrid a Sevilla, sonaron campanas de agonía,  a su lado, su hermano Rafael y su cuñado Sánchez Mejías, que tuvo que matar el toro que mató a Joselito y que murió de una cornada años después y al que Lorca recordó con lágrimas de versos enlutados.  Ricardo Torres “Bombita” dirá a Rafael hermano de Joselito cuando se enteró de su muerte; se acabó el toreo, Rafael, se acabó el toreo…

 Justamente cerca de la tumba de los gitanos toreros, igual que en una corrida haciendo los quites que pueden salvar un trance funesto, el de Zahara de los Atunes, enérgico, valiente como los hados del viento que empujaron a avispado a que la tribuna de la muerte tuviera un nombre en primera fila, -Paquirri, siempre firme, se afana en dar lecciones de valentía y pundonor cuando la muerte llega cabalgando por los muslos enérgicos que destronan a los cobardes y aúpan a los valientes…

En la catedral de Sevilla reposan los restos de Fernando III rey de Castilla y su hijo Alfonso X el sabio,  el Rey don Pedro I de Castilla y su hijo. Cristóbal Colon y su hijo Hernando.

En el panteón de Sevillanos ilustres  en la iglesia de la Anunciación, descansan los restos de  uno de los hombres más importantes en el mundo de las letras del romanticismo español, Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, Bécquer, al igual que su hermano el pintor Valeriano.

Igual que ellos, personajes ilustres como  Manuela Vargas, Belmonte, Manolo González, Niño Ricardo, Manuel García Cuesta “el espartero” La niña de los peines, El chocolate o Gitanilo de Triana, entre otros, esperan como los espectadores mudos que los contemplan,  a que sus historias sean recordadas pues para eso vivieron sus vidas, a las que en algunos casos fueron truncadas malamente por las circunstancias de sus oficios.

 Pero Sevilla tiene cementerios suyos en otros lugares, en cada pueblo o ciudad donde descansa un Sevillano. No hay que pedir  que vengan los restos de Machado a Sevilla, porque Antonio está en Sevilla, porque así  lo pregunto su madre poco antes de llegar a Coliure; ¿Falta mucho para llegar  a Sevilla? -dijo doña Ana Ruiz, ya maltrecha, al igual que su hermano Manuel o Vicente Aleixandre que descansan en Madrid.

Y en México, no es quizás México un cementerio sevillano? allí esta Cernuda recordando los envites poéticos de la generación del veintisiete para regocijo de los aztecas que quieran meditar en el mundo de los versos, seguramente con otro poeta menos conocido pero de la misma generación, Pedro Garfias, nacido de manera circunstancial  en Salamanca, pero sabiendo de los pueblos andaluces  y de sus poetas por haber vivido en algunos de ellos como  en Écija, Osuna y Cabra.

El silencio en el cementerio hay que vivirlo desde una perspectiva valiente, sabiendo entender que las historias que se agitan  en cada lecho de muerte, hay que recordarlas para el bien de todos. La cultura de los pueblos se fabrican  en vida pero hay que seguir recordándolas desde los  escenarios y desde el recuerdo mirando siempre la muerte cara a cara, y escribiendo sobre ellas.

 

 

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