1.- intoxicación de invitados en una boda.
En virtud de una denuncia, el Juzgado incoó diligencias penales contra quienes fueran responsables directos o subsidiarios, en la elaboración de la tarta nupcial. A tal efecto se acordó tomar declaración a algunos de los testigos intoxicados.
En un capítulo referido a él, relaté el talante malhumorado de Don Tomás, en cualquier momento del día. Su estado que se agravaba aún más, con algún contratiempo que se le presentase: o sea, montaba en cólera a la mínima dificultad que encontrara. era de una impaciencia supina. No admitía demora a una orden o encargo que hiciera. El solo hecho de tener que repetir una frase, por segunda o tercera vez, originaba una escandalera que no era normal. A gritos y con tacos e insultos, respondía a quién no se ajustara a sus peticiones o encargos.
Con estas premisas, pongo en situación de mis lectores, e imaginemos el momento del diálogo entre los dos personajes.
-Don Tomás: “¿Cómo era el trozo de tarta que comió usted?”
-Testigo: -echándose mano al oído- “ummmmm…¿queee?”
-Don Tomás –abriendo la palma
de su diminuta mano, hacía la señal del trozo de tarta- “¿Qué si el trozo de tarta es…así…o así…?. ¿Tamos sordos?”….
-(En ese instante quise indicar a Don Tomás que era muy sordo, pero no me dejó) …-¡¡Cállate nene, por la Virgen del Carmen, no interrumpas!!…
El testigo, con una mirada entre escamao y temeroso, nos miraba al secretario y a mi. La declaración no avanzaba, Don Tomás cada vez más enfadado, desesperadamente, gritó:….¡¡¡Caro!!! -dirigiéndose al Agente Judicial, en demanda de ayuda-.
Entró Caro y le dijo muy serio,
-“¡Don Tomás!: que es de dominio público, que este hombre lleva sordo toda su vida, y por más voces o aspavientos que usted le haga, no se va a enterar. Además, lo tiene usted asustado, con tantos manoteos”.
El Secretario se dirige a mí: “¡Nene!, ¿por qué no me lo has dicho?”.
-Lo he intentado, pero usted no me ha querido escuchar-.
Resumiendo: la declaración se terminó de aquella manera, marchándose el testigo muy nervioso y preocupado, sin saber a qué había ido al Juzgado.
* 2.- LAS COSAS DE GONZÁLEZ ASENCIO:
1ª ANÉCDOTA.- Don José González Asencio, cumpliendo con su obligación de Procurador, acudía al Juzgado para recibir notificaciones. Así mismo y representando a la parte demandante, cuando era necesario, debía acompañar a la comisión judicial a cualquier diligencia de embargo, de desahucio, o cualquier otra que se practicara fuera de la sede judicial. La Comisión Judicial la encabezaba el Agente Judicial, por delegación del Juez, con asistencia del Secretario judicial y procurador o procuradores de las partes litigantes en un proceso civil, así como el auxiliar mecanógrafo.
UN HECHO. Una de esas actuaciones tuvo lugar en el campo, en una finca cercana a este término municipal. Desde que llegamos al lugar, en un taxi, Don Tomás estuvo renegando y maldiciendo el hecho de tener que andar por aquél terreno, bastante irregular, para sus limitaciones físicas.
En el lugar se encontraban pastando animales, tales como vacas, caballos, mulas o borricos. En uno de éstos, un borriquito pequeño de alzada, Pepe González subió a Don Tomás, para que no desproticara más, por el estado del terreno, poniéndole sobre la cabeza un sombrero de paja para reservarlo del sol, y un buen puro en la boca, que siempre acompañaba al susodicho Don Tomás. Éste, de una forma desaforada, gritaba “¡¡Don Pepeee!!, ¡¡¡por la Virgen del Carmen!!!, bájeme de aquí, ¡¡que me caigoooo!!”…. –se agarraba como podía al animalito-; se balanceaba, a punto estuvo de caer al suelo, si no es porque lo agarré, al verlo, pero diciéndome ¡¡¡déjame nene, no me toques!!!. Una vez apeado su boca no paró de decir barbaridades a diestros y siniestros, y mirándome me dice: “¡¡Neneee!!, ¿por qué lo has permitido?, ¡¡venga, menos risas y vamos a trabajar!!”. E inmediatamente, se puso a dictarme la diligencia, que se estaba practicando; yo sentado en el taxi, con la máquina portátil sobre mis rodillas y él de pié a mi lado.
*Tarde inolvidable, aquella en la que la figura de Don Tomás, se agigantó en lo alto de un pollino, cual un Sancho Panza cualquiera.
2ª. BROMA.- Otra tarde, en el mismo despacho del secretario, encontrándonos trabajando, Don Tomás y el que suscribe, acertó a entrar EL SR. González Asencio, quién sin decir nada, se sentó en un sillón situado a mi derecha. Don Tomás, como ya he reseñado, en anteriores párrafos, se resfriaba muy a menudo, motivo por el cual, a pesar del calor que hacía, no quería ni oír hablar de poner el ventilador del techo. Don José, en un momento que el Secretario miraba un documento, me hizo señales para que lo mirase, exhibiendo un frasquito de “polvos de rapé”, que iba a disparar soplando hacia Don Tomás. Yo me tapé la nariz y la boca, mientras él, poniéndose un buen montoncito en su rodilla, sopló con fuerza: al instante el Secretario comenzó a estornudar estrepitosamente, mirándome con cara de asesino porque creía que yo había puesto el ventilador, comprobó que no era el caso, y llamando a voces a Caro, le dijo “¡¡que se cerrase las puertas, ya que la corriente lo iba a matar de una pulmonía!!”…Tremenda tarde, tremendo Pepe González. Llorábamos de risa, además de por los efectos de los “polvitos” que aún estaban en el ambiente. Don Tomás continuó estornudando, por lo que, en la creencia que se había constipado, dijo con un humor de perros: “¡¡¡me voy a mi casa, a tomarme un coñac con leche y a sudar el resfriado!!!”.. “¡¡Nene, por la Virgen del Carmen, deja ya de reír, recoge los papeles y cierra!!”-.
A la mañana siguiente, a su hora en punto, se presentó Don Tomas, muy diligente, a sus obligaciones. Al verlo le pregunté cómo estaba del resfriado, respondiéndome que “me hizo efecto la leche calentita con coñac que me tomé y he sudado una barbaridad”…(Lógico, había sido una de las noches tórridas del verano ecijano, unido al coñac y la leche calentita… en una habitación que no tenía ni ventana al exterior…).
REFLEXIÓN. Todas las malas acciones de un ser humano tienen el pago merecido.