Pretendo hacer un paréntesis en “MIS MEMORIAS” en Écija, sobre mi vida laboral, con objeto de escribir de los inviernos, navidades y radio, en las décadas de los años cuarenta y cincuenta. Por coincidir, en la fecha que escribo, tanto invierno como las próximas navidades. Lo que hago en dos partes. En la primera, invierno y navidades y en una segunda parte hablo de la radio y su popularidad.
1.-INVIERNO EN ÉCIJA.-En los inviernos de las décadas de los años cuarenta y cincuenta, del siglo XX, era norma generalizada, no escrita, poseer una “mesa-camilla”, que llamaban “ESTUFA”, con una tarima, en la que se introducía un brasero, con cisco de carbón, carbonsilla o “carbonilla. Colocando en todo lo alto del montoncito de picón o cisco, un ascua ardiendo de la hornilla de la cocina, pues entonces se cocinaba de ésa manera. A base de darle aire con el correspondiente soplillo, prendía en todo el contenido del brasero, dándole juego al fuego y con una paleta de hierro, o badila, se conseguía una buena y sana calefacción en la habitación central o comedor de la casa. Consiguientemente se iba calentando el ambiente. Sobre la mesa un cacharrito, que podía ser un recipiente de barro, de cartón piedra o de cristal, conteniendo la clásica alhucema, planta procedente de “lavanda”, de la que se echaba un puñaíto en el brasero, produciendo un aroma a gloria bendita que se transmitía en casi todas las dependencias de la casa, desde que entrabas por la puerta, dando una sensación de bienestar y acogedor, especialmente en la estancia ya dicha, que era en donde se hacían casi todas las actividades diarias. Al tener aquellas casas unas habitaciones cuyos techos eran infinitamente alto techos, resguardadas por muros de unos 0,70ms, aproximadamente, por lo general, y debido a que los rayos solares no entraban por ninguna rendija, crecía el ambiente húmedo que provocaba un frio que helaba los huesos, por lo que, si era posible, para hacer más confortable con la calefacción que despedía el brasero, se instalaba uno en el dormitorio principal, una vez calentado éste se trasladaba a otras habitaciones. Era muy normal y común, que las familias dispusieran de mantas y cobertores suficientes, de gran peso, para amortiguar el inmenso frio de las noches; aunque el calor humano era un buen remedio, o sea, se daba el caso que en una cama podían estar acostados hasta cuatro personas. A veces, por la insuficiencia de mantas o cobertores sobre la cama, se recurría a los tabardos, abrigos o chazquetones de la familia. De esa manera se podía sortear el intenso frio que algunos inviernos caía sobre Écija. En mi caso concreto, se daba el caso raro que en la habitación donde dormíamos mi hermana Luisita y yo, los días de sol de aquellos inviernos, entraban sus rayos en plenitud de facultades y calor, por lo que nuestra estancia estaba muy confortable, estamos hablando, obviamente de la planta alta de la casa en calle Avendaño.-
Alrededor de la estufa, nos sentábamos los componentes de la familia. Ahí hacíamos las tres comidas y, en nuestro caso, la merienda, de pan con chocolate. Tras el almuerzo, cada habitante se disponía a realizar sus labores: las mujeres las faenas de limpieza o fregado de los utensilios de la comida, la costura de prendas o zancajos en los calcetines; hacían puntos de lana, confeccionando chalecos de abrigo o bufanda para el frío. Los hombres de la casa se iban a su trabajo, si no estaban en paro, o al Salón, a esperar la oportunidad de encontrarlo. Otros seres, como por ejemplo los niños de la familia, se dedicaban a sus juegos de mesa, si hacía mal tiempo; íbamos al colegio por las tardes; los domingos y días de fiestas únicamente dejábamos de ir; los jueves concretamente, en mi Colegio del Carmen, no había clase, pero yo me iba al patio a jugar, con mis amigotes. Los días de vacaciones era otra historia, pues estábamos la mayor parte del tiempo en casa, enfrascados en nuestras travesuras, provocando las clásicas riñas de la madre y abuela, que no nos permitían ningún desliz. En la estufa sentados era clásico la voz de los mayores “¡¡niño dale un meneíto con la paleta al brasero, pero sin echar las cenizas fuera eh!!”, y ahí estaba el gran problema, porque el niño no se ajustaba a la orden, sino que iba a más: jugando y jugando derramábamos cenizas cada vez que meneábamos el brasero, ensuciándolo todo. Provocando la salida en tromba de los niños, perseguidos por la madre o la abuela, provista de un elemento contundente, que revoloteaba por la cabeza de los niños, pero impactando el golpe en el niño o la niña que no había tenido nada que ver en la faena.
¡NUNCA!: jamás se escuchaba, -al menos yo no lo recuerdo-, que alguien hubiese provocado un incendio con el susodicho brasero ocasionando daños físicos irreparable en las personas, como por desgracia ocurre en el presente. con cierta frecuencia. Si acaso, sí se podía dar la circunstancia de que algún miembro de la familia, al quedarse dormido sobre la mesa, notara síntomas de estar “atufao”, o “aflatao”, por la inhalación de CO, del calor del brasero; pero en la mayoría de los casos se trataba de una indisposición leve, que se solucionaba en el patio, respirando el aire ambiental.
Vuelvo a reiterar una máxima de otros capítulos de estas MEMORIAS DE ÉCIJA, que en aquellos inviernos, en los que carecíamos de casi todo, no echábamos en falta NADA, y éramos muy felices. No conocíamos lo que era la envidia, ni el odio o la ambición. Estábamos en la posguerra, y había dejado marcado la cultura del sufrimiento, por el enfrentamiento entre hermanos. Las discusiones que se tenía en las casas, surgían casi siempre, con motivo de las travesuras o peleas de los chiquillos; las respectivas madres u otros miembros de las familia se peleaban entre ellas, incluso se dejaban de hablar. Aunque el enfado duraba muy pocos días. Los niños que causaron la pelea de los mayores, seguían con su rutina cotidiana de juegos y risas, al margen de las peleas de los mayores.
En el momento presente, la inmensa mayoría de los españoles, por lo general se tienen de todo para ser felices. Se puede comprobar la gran diferencia con aquél pasado.
2.-NAVIDADES DE AQUÉL TIEMPO.- En aquellos fríos invierno de la ÉCIJA, la del calor tórrido en verano, la NAVIDAD se celebraba como Dios manda: el Niño Dios nacía cada 24 de Diciembre, y en las fechas previas se seguía la tradición y protocolos de siglos. En ésas fechas las familias se comportaban como tal; incluso los vecinos formaban parte de un núcleo familiar y armónico. Concretamente, en la casa número dos de la calle Avendaño, donde yo vivía con mi familia, aunque de muy pequeñito, trato de recordar con nostalgia, que cada 21/Diciembre, Santo Tomás Apóstol, conocido con el sobre nombre familiar de “Santo Tomás pestiñero”, todos los vecinos de la casa, que la componían las siguientes familias: En la planta alta, vivíamos, en dos habitaciones, mis padres, mi hermana Luisita y yo. En la misma planta, cerca de nuestra habitación dormitorio, vivía Enrique el ferroviario, con Manolita y su hija AMALIA, -actualmente mi prima, que vive en Cataluña-. Siguiendo en el mismo corredor, otra habitación en la que habitaba Remedios y su familia.- En la planta de abajo, al fondo del patio, estaba la habitación o estancia principal, en el que estaba situado el comedor general donde mis padres, mi hermana y yo parábamos con mi abuela Lola y mi abuelo Rafael. En otras dos habitaciones junto al comedor, que se comunicaban entre sí, vivían mis tíos Paco, Pepe, Manolo y Angelita.- Todas las familias se juntaban en el gran patio, alrededor de una candela, que se formaba en un gran barreño de zinc, con carbón y picón. Mi abuela Lola, era la que se encargaba de organizar a las demás vecinas, para la elaboración de los pestiños. Ella iniciaba el trabajo con sus puños, amasando una buena cantidad, a la que echaba todos los avíos o aliños adecuados, y el resultado fuera el esperado, unos pestiños en su punto de textura, bien enmelados, como debe ser. En la masa, radicaba el misterio de unos buenos pestiños: había que trabajarla mucho, todas las manos eran pocas para ello. Cuando mi abuela comprobaba que estaba apta para elaborarlos, ponía a todo el mundo en la tarea moldeadora. Mientras, la vecina Remedios, iba preparando en una buena sartén el aceite suficiente para freirlos; operación que, puntualmente comenzaba, cuando, Remedios consideraba que estaba suficientemente caliente el aceite. Tras lo cual eran enmelados, contados y dispuestos para que cada familia cogiese su parte alícuota y equitativa. Nunca hubo queja alguna en el reparto que se hacía, todos estaban conforme conforme con la distribución.
Después, de una forma improvisada, sin que estuviese preparada ni ensayada, se fraguaba una gran zambomba, en la que participaba toda la casa, incluso vecinos de casas colindantes, como por ejemplo la familia Ortega, de la clínica veterinaria de Don Francisco Fernández Figueroa; allí estaban Joselin Ortega, su hermano Bori, sus hermanas Loli y Anita Maria; ésta novia, luego esposa de Julián Álvarez Pernía, con el tiempo el primer alcalde democrático de la Ciudad. Como instrumentos de percusión algunos miembros asistentes, tocaban panderetas, castañuelas o palillos, el almirez y, cómo no, una gran zambomba fabricada por ellos mismos, en una tinaja pequeña de barro, con la piel de un borrego; éste instrumento lo tocaba alguien mayor, que tuviera mejor conocimiento del ritmo, el resto del personal cantaban los villancicos populares de toda la vida, que tienen siglos de vigencia sus letras. Recuerdo haber visto de pequeño a mi padre, que tenía formada una rondalla compuesta de bandurrias, laúd y dos guitarras, que era contratada en bodas y bautizos o en los dichos, que en la noche de Santo Tomás, amenizaban la fiesta con su música incomparable. Los niños nos lo pasábamos en grande. Esa noche no metíamos la pata, ni hacíamos gansadas; se nos permitía formar parte de la reunión como unos espectadores pero silenciosos, pues ninguno sabíamos hacer nada. Éramos muy pequeños aún.
3.-LA NOCHEBUENA de entonces era para mí la mejor noche del año, puesto que comíamos mucho y variado. Algunos años se comía pavo, según estuviera la economía, y otros años un arroz con carne de gallo o gallina. En la cocina, SIEMPRE mi abuela Lola, era la encargada de poner sus conocimientos y destreza en los guisos, con la ayuda de mi madre y mis tías Angelita y Lola. Tengo en mi memoria las voces de aquella mujeres, discutiendo entre sí, por discrepar con la “cocinera jefa”. Pero la sangre no llegaba al pozo. El resto de la cena, lo corriente en aquellas fechas, los dulces y mantecados de La Colchona de Estepa presidía los postres, junto a un plato de aquellos pestiños tan celebrados. Todo ello acompañado con aguardiente y coñac.
El resto de las navidades pasaba de forma normalita. Salvo que algún que otro mediodía había guiso extraordinario, bien de potaje de garbanzo, habichuela o lentejas, con la morcilla y chorizo correspondiente. Los postres que se conocían entonces eran los peros o manzanas y naranjas. Salvo que la cocinera hiciera extraordinarios flanes o arroz con leche, que le salían p’a chuparse los dedos.
4.-LA ÚLTIMA NOCHE DEL AÑO.- La llamada Nochevieja, en aquellos años no tenía la trascendencia e importancia que después le fueron dando las generaciones posteriores. En mi familia recuerdo haber visto cómo se tomaban las doce uvas al golpe que daba uno de mis tíos sobre una cacerola de gran tamaño. No tengo constancia de lo que no viví. Me contaba mi padre que una Nochevieja en familia, al tomar las uvas, mi tío Martín Tirado, se había entretenido introduciendo en cada uva una pipita de guindilla. Cada doce uvs en un cartuchito de papel. Aquello fue algo irrepetible, tanto lo de ver a cada uno con todas las uvas en la boca, por la “rapidez de las campanadas” así cómo las palabrotas que proferían al autor de tal desaguisado, que tuvo que salir corriendo por la calle, seguido por todos los damnificados que querían matarlo. Dicen que mi abuelo Rafael estuvo mucho tiempo sin dirigirle la palabra.
¡¡Qué suerte haber nacido en aquella época!!.
¡¡Qué suerte haberme criado en aquél ambiente grato, lleno de tanto amor!!….sobre todo…
¡¡Qué suerte haber tenido aquél fenómeno de Abuela Lola, que tanto significó en mi vida, sobre todo, en mi infancia y más tarde en la adolescencia.
5.-LOS REYES MAGOS.- Aquella noche no se dormía; tanto mi hermana Luisita como yo, estábamos en vela, para verlos llegar. He de decir que no había cabalgata, ni carrozas, ni había Tienta Panza, ni Visir, ni Estrella de la Ilusión. Pero nada de aquello, que no teníamos, se puede comparar con el AMOR con el que nos dejaban los regalos; con la ILUSIÓN con la que esperábamos las sorpresas por la mañana bien tempranito. Aunque se tratara de juguetes de irrelevante importancia, o ropa necesaria, a nosotros nos parecían los regalos más hermosos y más valioso del mundo. Los REYES MAGOS, al fin, habían sido todo lo generoso que se podía. Además, nuestros padres y familiares, nos hacían ver y comprender “que SS.MM, tenían que atender a otros niños, con más necesidades y más pobres que nosotros”.






















