Hablo con dolor de aquel tiempo en que cuando los niños volvíamos de la escuela, algunos, íbamos directos al cajón del pan, pero sólo encontrábamos cascos de cebolla mustia. Vivíamos en una situación límite, las fronteras nos las cerraron “a cal y canto”.
Además, nos excluyeron del plan Marshall americano, un proyecto que ofrecía condiciones extraordinarias. El 85% de la ayuda era gratuita, y el 15% en préstamos a largo plazo. Todo a condición de que se formara una Comunidad Económica europea. Repartieron 13.000 millones de dólares entre 16 países europeos… y los españolitos nos quedamos tristes, mirándonos unos a otros, con el estómago vacío.
En 1945 yo tenía 10 años. Según una enciclopedia de grado elemental la Tierra estaba poblada por dos mil millones de criaturas. Se lo dije al compañero de pupitre y mirándome perplejo exclamó: “¡Tequiéjiyá!” Y dónde va a caber tanta gente. Dos mil millones, más yo, porque creía que a mí no me habían contado.
Antes de la fecha reseñada al principio habíamos tenido otro maestro, pero éste no nos había enseñado nada más que hacer avioncitos y palomitas de papel. Solía aparecer por la mañana más bien tarde y de muy mal humor. Después de organizar a los mayores para que nos enseñaran las vocales ponía a uno de vigilante y él desaparecía diciendo que iba al ayuntamiento a decirle al alcalde que un maestro de escuela pasa más hambre que un maestro de escuela. Uno de los niños malos aclaraba que iba a la taberna del Gorrón, a empinar el codo. Un pequeño ingenuo preguntaba que cómo se empinaba el codo. El pedagogo titulado volvía “al hogar” poco antes de terminar la clase, y, alegre y eufórico, nos ponía a practicar el arte de la papiroflexia. Él desaparecía otra vez diciendo que iba un momento al water.
Uno de los mayores, hijo de ferroviario, que decía que había estado en los salesianos de Guadix, se atrevía a corregir: “No se dice wáter sino retrete”, y es que rechazaba todo neologismo, y más, los anglicismos. “Hasta que los ingleses devuelvan Gibraltar”.
Cuando en el siguiente curso apareció un nuevo maestro, en el trozo de España que ocupa mi pueblo empezó a reamanecer. Inició la primera clase sacándonos a unos cuantos a la pizarra para que escribiéramos la fecha en que estábamos y, excepto uno, ninguno lo pusimos bien. Don José Infante García, que así se llamaba el nuevo profesor, se le escapó por lo bajo esta exclamación: ¡Qué panorama!
Tan sólo nos sacó un día de excursión, pero cuando vio lo cafre que éramos, encaramados en los árboles, peleándonos y dándonos patadas en las espinillas… ¡Ah! Y cuando quiso reunirnos para volver, de 30 que íbamos sólo encontró a tres. Prometió no sacarnos nunca más, y lo cumplió. Él sólo quería instruirnos -porque pensaba que la cultura aleja al hombre del orangután- y le gustaba enseñar, bueno, y tomar infusiones de poleo. Cuando doña Carmen, su mujer, recorría el pasillo central de la escuela con el tazón de poleo iba dejando vaho y olor agradable, pero el efecto secundario de la menta nos abría las ganas de comer.
Se decía que don José había sido seminarista, aunque nunca nos sermoneó. Sin embargo, creo que le quedaba alguna reminiscencia religiosa porque los sábados por la mañana nos hacía rezar el rosario.
La fe. En aquellos años 40, -la década ominosa-, en el catecismo del P. Ripalda, se definía así: “Fe es hacer lo que Dios nos manda -Mandamientos- y la Iglesia nos propone”. Muchos años después descubrí la explicación que daba el poeta peruano, autor de “España, retira de mí este cáliz”, escrita en nuestro país durante la guerra civil: “Fe es tener la capacidad de soportar la duda y seguir creyendo a pesar de las decepciones”. Sin embargo, recientemente, he descubierto la última definición. Aunque sea más antigua que las anteriores, para mí, contiene la clave del misterio: “La fe exige dar un salto voluntario e irrazonable al absurdo”.
Basándome en esta nueva denominación de fe llamé a un viejo amigo ateo, convencido de que lo iba a persuadir, pero después de una larga conversación terminó diciéndome: No insistas, Pepe. Lo de tu Dios es leyenda superada. ¡Ciencia, ciencia! Y añadió, que la sociedad actual es feliz con un móvil, un perro y un patín; y no quiere saber más historias.
¿Si hubiera 50 justos, destruirías el valle de las cinco ciudades? Y la voz de reverberación eterna contestó: No, no lo destruiría.
(Continuará)
Desde un lugar de Mallorca
- Calderón Barrios






















