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Hablar por hablar | Diálogo de Babieca y Rocinante | Francisco Martínez Calle

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (Madrid, 1605), del inigualable Miguel de Cervantes (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616), se inicia con una serie de elementos textuales de carácter diverso, a los que genéricamente se les llama Preliminares.

            En los citados Preliminares aparecen la tasa, la aprobación eclesiástica, la aprobación real, el testimonio de erratas, el privilegio real, la dedicatoria al duque de Béjar y el prólogo del libro (estos dos últimos escritos por el propio Cervantes) y una serie de poemas laudatorios, que se inicia con el titulado Al libro de don Quijote de la Mancha por Urganda la Desconocida y acaba con el Diálogo entre Babieca y Rocinante.

El Babieca del poema, como se sabe, es el nombre que las fuentes literarias, a partir del Cantar de Mío Cid, atribuyen al caballo del noble castellano Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como el Cid Campeador, conquistador para los reyes de Castilla del Levante español, a finales del siglo XI.

Rocinante, por otra parte, no es otro que el nombre asignado al caballo de don Quijote, el buen hidalgo manchego, en virtud de su notable parecido con un rocín, cuyo significado, según el Diccionario de la Lengua Española (2014), es el siguiente: “Caballo de mala traza, basto y de poca alzada”.

Pues bien, en el citado poema de los Preliminares, los caballos Babieca y Rocinante dialogan acerca de la delicada situación en que se encuentra este último, para el que, más que mala vida, parece hallarse en un verdadero valle de lágrimas.

Ese diálogo queda recogido en el siguiente soneto, de estructura irregular:

 

  1. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
  2. Porque nunca se come y se trabaja.
  3. Pues ¿qué es de la cebada y de la paja?
  4. No me deja mi amo ni un bocado.

 

  1. Andá, señor, que estáis muy mal criado,

     Pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

  1. Asno se es de la cuna a la mortaja.

     ¿Quereislo ver? Miradlo enamorado.

 

  1. ¿Es necedad amar?
  2. No es gran prudencia.
  3. Metafísico estáis.

 

  1. Es que no como.
  2. Quejaos del escudero.
  3. No es bastante.

 

En este diálogo, el pobre Rocinante es tratado de forma inmisericorde por un rozagante Babieca, que no tiene empacho en catalogarlo de enclenque, mal criado, mal hablado (“lengua de asno”), pesimista en asuntos de amor, metafísico irrecuperable e impotente para remediar su desgraciada situación.

            Naturalmente, desconoce el arrogante Babieca que Rocinante ha llegado a esta situación de notable pesimismo tras haber participado en muchas aventuras al lado de su amo don Quijote, continuamente obsesionado en acabar con enemigos diversos y gigantes malignos de todas clases, o bien empecinado en que todo el mundo reconozca, aún sin conocerla, la sobrenatural belleza de Dulcinea del Toboso, más conocida por Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo.

Así, le ocurrió, con la aventura de los mercaderes toledanos, cuando un tropezón de Rocinante le costó una paliza a este y otra a don Quijote. Así, con la aventura de los gigantescos molinos de viento, cuando ambos, caballo y caballero, salieron volando por los aires. Igualmente, o quizá peor, en la aventura de los yangüeses, cuando estos, incómodos por haber inquietado Rocinante a sus atractivas jacas con rijosas proposiciones, la emprenden a pedradas con el comedido rocín. Y así, también, cuando don Quijote, en la disputa entre dos rebaños de cabras, que él juzga ejércitos descomunales, toma partido por uno de ellos, con el consiguiente malestar de sus dueños, peritos en el arte de lanzar piedras con insuperable tino.

Pero tampoco fue siempre de este modo, porque, al menos en una ocasión, la actuación de Rocinante fue sobresaliente, por estar regida por el tacto y la discreción. Se trata de aquella en que don Quijote se vio obligado a lidiar con un vasco mal encarado, con mala lengua española y peor vizcaína, cuyo caballo, atolondrado, lo tiró por los suelos sin intervención de nadie.

            En el caso de Rocinante, con esa sola ocasión se acredita y sobrepasa a los demás rocines en modestia y templanza. Modestia y templanza que son méritos más que sobrados, diga lo que quiera que diga el soberbio Babieca, para seguir con agrado su trayectoria épica a lo largo de la novela más hermosa de cuantas se han escrito en lengua española.

                                                                                               Francisco Martínez Calle

 

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