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EL ALGUACILILLO | Gotas de plata, capote de Ortega | Francisco Pavón

Cuando Tío Paco se enteró de que por segundo año no había Feria de Abril, se puso hecho una furia. La noticia fue recibida como un jarro de agua fría y la nostalgia hizo acto de presencia. Sus muchos años de abonado en la Real Maestranza le hicieron retroceder por el túnel del tiempo y recordar multitud de momentos vividos. Le atormentaba que Sevilla se quedara sin toros e inmediatamente llamó a Rafael, un joven aprendiz aficionado que lo acompañaba en casi todos los tendidos de España.

La conversación fue larga y destendida. Hablaron sobre la actitud de Ramón Valencia, de la postura adoptada por parte de la Junta de Andalucía y de la presencia de Morante en los distintos medios de comunicación. Los dos llegaron a la conclusión de que habían jugado con la ilusión de los aficionados y la integridad de los toreros. Dos días antes de que se tuvieran que enfundar el traje de luces, no se había tomado ningún tipo de decisión concreta.

FOTO @maestranzapages
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Dejaron pasar el tiempo. En cuanto se hizo oficial que todos los festejos serían programados nuevamente en San Miguel, la alegría invadió a ambos y acudieron a la taquilla para renovar sus entradas, volvían a su plaza. Tras ver la plenitud de José Antonio de La Puebla y la rotundidad de Roca Rey, esperaban ansiosos la segunda de feria.

Como si la luz del más preciado metal se fundiera con la del sol para crear una ráfaga interminable, fueron cayendo las verónicas de Juan Ortega en el corazón de todos los congregados en la Maestranza. La quinta duró una eternidad. Como suave oleaje en noche estrellada, se meció el capote en las demás, tan despacio y lento que todavía pienso que sigue toreando. En la media, apareció otro Juan, Belmonte. Ahora sí que sí, Triana había regresado a Sevilla por los albores de su esencia. Rompió la música, mientras que Tío Paco lloraba en el tendido. Siguió la sinfonía al compás de chicuelinas, Ortega bailaba a su gusto mientras que el burel hacía redondeles hasta llegar al caballo. Y entonces, otra media, tan diferente y tan llena de todo, le echó los vuelos y esperó al toro para embarcarlo de principio a fin a la cadera contraría. No sé puede torear mejor. Si en ese momento, coge la muleta y le pega dos tandas, hubiéramos visto uno de los pañuelos blancos más toreros del ciclo. Pero Juan Ortega quiso deleitarnos con un inicio de ensueño, los dos ayudados por alto dieron paso a extraordinarios trincherazos y pases de la firma con toda la profundidad del mundo. A partir de aquí, todo se fue apagando. Dio gusto ver como las puntas de las zapatillas miraban hacia los pitones. Personalidad a raudales. Triana pura.

Tío Paco le comentaba a Rafael que el sexto no era el adecuado para este torero, explicaba que cada uno necesita de su toro y que no era el propicio por no decir imposible. Rafael asentía y le recordaba la hermosura de delantales que Ortega había dejado como muestras finales.

Manzanares se jugó el tipo con una faena de absoluto compromiso, tremendo el esfuerzo al igual que la actitud demostrada. Si bien es verdad que el astado demostró mala condición, todo cuanto se le hiciera delante iba a tener mucha importancia. Los cabezazos y bruscas embestidas por encima del palillo, iban acompañadas de movilidad y genio, también se coló por dentro en algunas ocasiones. Manzanares, a base de querer y nunca descomponerse, le presentó la roja tela por ambos pitones consiguiendo pasajes de muchísimo mérito, un simple error era señal de voltereta. Acertó de lleno desde la colocación hasta la estocada, pasando por los toques y sentido de las distancias. No fue posible el lucimiento, primó la seriedad.

También pudo disfrutar de las correspondientes mieles, se encontró con un buen toro al que supo cuidar y sobre todo sostener, ¿la principal virtud?, darle tiempo y no apretarle al principio en demasía. Manzanares imprimió el temple requerido para acompañar con el cuerpo, y de esta manera, embellecer los diferentes muletazos. Exigió en las últimas dos series y se sintió al natural. Al cornúpeta le faltó un puntito de más, el mismo que a Manzanares. Me quedo con lo ocurrido en el anterior quinto en vez de la oreja del segundo.

Rafael se dirigió a Tío Paco para decirle que había visto una versión reposada de El Fandi. Relajado y con asentamiento, ayudo muchísimo a su lote con estupendos tratos. Fundamental la línea recta impuesta en el primero de la tarde para tirar de las nobles embestidas, estaba el fondo, pero había que verlo y potenciarlo. Las tandas tuvieron largura y cierta profundidad, por los dos pitones se gustó el torero en un trasteo que no llegó a calar del todo en los tendidos. A nivel personal, estoy seguro que llenó muchísimo. Tío Paco miraba con cara de felicidad porque él pensaba lo mismo. Prosiguió Rafael explicado que, al cuarto, más poderoso y transmisor, le dio la dosis requerida. El palillo se movió de arriba abajo poniendo el valor uno de las reglas básicas de la tauromaquia, esa fue la principal virtud para acoplarse a las acometidas. A medida que avanzaba la lidia, el toro se vino a menos.

Tío Paco y Rafael abandonaron la Real Maestranza de Caballería de Sevilla perfumados por las esencias de Juan Ortega. Gotas de plata, capote de Ortega.

Lo corrida de Jandilla-Vegahermosa tuvo sus diferentes matices, aunque no salió ese gran toro que el ganadero busca para poner la guinda. Destacó por la nobleza, recorrido y prontitud. Complicado el quinto, no propicio el sexto. Faltó alguien, era la primera vez que la leyenda de Don Borja Domecq Solís no acudía a una de sus plazas predilectas para ver sus toros. Gloria eterna a un ganadero de época.

 

 

 

 

 

 

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