“Llora, Giraldilla mora, lágrimas en tu pañuelo”, escribió Rafael Alberti a Ignacio Sánchez Mejías. Y lloró La Giralda, Sevilla y la Real Maestranza cuando tras 707 días de ausencia, escuchó el sonido de ese peculiar portón que retumba como ningún otro. Volvieron los bendecidos toques de la banda del maestro Tejera, volvieron los silencios, Sevilla y sus silencios, los silencios y Sevilla. Afloró la primavera en otoño, las hojas caídas se convirtieron en rosa perfumada, y volvieron los olores del naranjo, azahar, romero y jazmín.

El recuerdo imborrable de aquel 10 de mayo de 2019 en el corazón de los aficionados. Mismos tres protagonistas, diferente ganadería, diferentes circunstancias. El genio, en plenitud y como hombre de la temporada. El Rey, ambicionando uno de los pocos feudos que le quedan por conquistar. El príncipe, anhelando contemplar a su princesa para volver a enamorarla. Todo era luz y color. Mientras que mediada la mañana se ponía el cartel de “No hay localidades para hoy”, una corrida de Victoriano del Río y Toros de Cortés esperaba en los corrales.
Un resplandeciente sol aguardaba a los toreros a la hora de trenzar el paseíllo, domingo de Resurrección en septiembre . Se palpaba la emoción en los aledaños del viejo coso del Baratillo. Los tendidos engalanados y repletos de alegría. Llegó la hora, seis en punto, todo volvía a empezar. Rompió el himno nacional entre vítores con todos los integrantes del festejo sobre el amarillo albero y entre gritos de viva España y viva el toreo, no se respeto el minuto de silencio. El que lo hizo y los que le siguieron, no representan a tal cabal afición ni saben de lo que va esta película.
Entre tanto, el Giraldillo se iluminaba a la caída de la noche recordando el nombre de Morante de la Puebla. Un compendio de tauromáquias afloró en el cuarto a base de entrega y valor puro. Morante se lo sacó a los medios con suma torería y metió riñones, encajó caderas y hundió el mentón en una tanda colosal por la diestra que nadie esperaba. Después surgió la versión más sevillana; la figura enfrontilada, los hombros relajados, el pecho expuesto, los aromas del barrio de San Bernardo…, el embrujo de Pepe Luis Vázquez en cada uno de los grandes derechazos. Pegado a tablas, arriesgó en una serie al natural con los mismos vuelos de la muleta, que despacio se la echó y como aguantó. No faltaron los molinetes abelmontados, el de la firma, las personales trincherillas y la reencarnación de Gallito en los preciosos desplantes, ¿el toro?, se lo inventó.
Con el capote dejó pequeñas perlas de otros tiempos, una media genuflexa para dejarlo colocado en el caballo y una larga cordobesa fueron de ensueño. Detalles aislados que se quedan grabados, como dos o tres lances que surgieron de la nada. Poco que contar ante las bruscas y defensivas acometidas del primero.
Roca Rey fue suave tempestad y un auténtico huracán cuando tocó el caso. La brisa surgió para imprimir suavidad al notable segundo, pronto, con recorrido y dulce son. Lo cantó desde que se abrió en la rosa tela del torero. Nada le apretó en los primeros compases, el temple y enseñarle el camino fue fundamental para potenciarle el fondo que atesoraba. Largos y reunidos los derechazos. Con la mano izquierda empezó a bajarle más la mano y lo exprimió en una tanda por la diestra con la pañosa a escasos centímetros del suelo antes de los genuflexos por bajo con los que finalizó. Los pases de pechos, interminables. La faena, justa y cortada en el momento. El primer golpe, ya estaba asentado.
Bailaba Chicuelo al compás de Aguado al tiempo que respondía Rodolfo Gaona en las manos de Roca Rey, ya saben ustedes porque palo fueron los quites. La segunda media en el remate del torero nacido en Sevilla, embarcada desde el principio al final. Rivalidad a raudales. Un arrimón superlativo de Roca Rey vino después, de esos que secan el alma y pone de acuerdo a todo el público. Pisó las cercanías con una seguridad pasmosa, parecía que no existía el peligro y eso que los pitones llegaron a tocar la chaquetilla por dentro. Hubo un cambiado por la espalda con el burel andando escalofriante. El torero del Perú es lo que es y viene a lo que viene. Figura del toreo y a mandar se ha dicho. La plaza supo reconocer el esfuerzo ante las nulas opciones que presentó el de victoriano.
Si mata de dos cañonazos, no sé lo que hubiera pasado con la Puerta del Príncipe, el feudo pintaba a conquista. Tendrá que esperar. Todo quedó en oreja y vuelta al ruedo. Volverá.
Los fantasmas de una lesión en los ligamentos se posaron en Pablo Aguado. Dos años sin tener molestias y aparecieron en el momento menos indicado. Se notaba que no estaba a gusto y aún así, cumplió. Se encontró con dos animales a contra estilo para desarrollar su tauromaquia. Su primero, por su escaso poder. El sexto, por mirar por encima del palillo y dar cabezazos en señal de protesta. En este, fue fundamental ganar el paso con firmeza para quedarse colocado en el sitio tal y como hizo. Dejó muletazos de bella composición y notables inicios de faena. En esta ocasión, no pudo ser príncipe.
En cuanto a Victoriano del Río y las autoridades competentes, decir que cada plaza tiene su idiosincrasia y sus correspondientes normas no escritas que debemos conservar porque así lo demanda la historia. Salió el toro de Bilbao en Sevilla contra todo pronóstico. Solo sirvió el buen segundo.






















