Toda nueva época, viene precedida de una verdadera revolución que produce cambios independientemente del ámbito establecido. Desde que el hombre descubriera el fuego hace millones de años atrás muchas han surgido a lo largo de la historia. Gutenberg inventó la imprenta, Edison descubrió la bombilla, Einstein con su teoría de la relatividad, la electricidad y Fleming evolucionó la medicina a través de la penicilina. Grandes ejemplos de grandes personalidades que entraron en los anales convirtiéndose en auténticas referencias.
Lo mismo sucede con la arquitectura, pintura, literatura, danza, música, teatro, baile…, en definitiva, con el arte. Aquí sale de la nada un matiz diferenciador muy importante, entran en juego los propios sentimientos, crear para transcender y nunca ser olvidados.
Por esta razón siempre recordamos a Rafael, Botticelli y Miguel Ángel, las Meninas de Velázquez, al genio de Paco de Lucía, ese toro de Picasso, esa obra de Manuel Chaves Nogales a Juan Belmonte, ese mausoleo de Benlliure a Joselito “El Gallo”. Todos fueron grandes genios que dejaron obras para el recuerdo dando un paso más allá de lo establecido.
Taurinamente hablando pocas revoluciones han existido y sí muy transcendentales, pues de ella deriva lo que hoy conocemos por tauromaquia. Cinco nombres acompañados de un personaje secundario muy importante marcan el camino.
La primera de ellas sucede en la llamada “Edad de Oro del toreo”, comprendida entre 1.914 y 1.920, Joselito y Belmonte dejaron asentadas las bases para que todo río siguiera su curso. “Gallito” instauró algo tan importante como la ligazón, Juan rompe los cánones por medio de la quietud y sentido del temple. Si nos paramos a observar detalladamente estas líneas podemos comprobar cuales son los pilares básicos de la tauromaquia.
Veinte años más tarde vendría Manolete para confirmar lo expuesto anteriormente, el genial torero de Córdoba aunó en su amplio concepto lo mencionado, imprimiéndole absoluta verticalidad y sobre todo una fuerte personalidad.
Entre medio de estas dos etapas aparece alguien vital en este desarrollo, me dijo Gonzalo Bienvenida que para entender la historia era fundamental estudiar los entresijos. Descubrí la figura de Manuel Giménez “Chicuelo”, entendí que era el eslabón fundamental, la pieza clave que conecta la Edad de Oro con Manolete. La célebre faena al toro “Corchaito” así lo demuestra.
En la década de los 60 no sería una revolución taurina sino social, un auténtico fenómeno de masas fue Manuel Benítez “El Cordobés”. No hubo plaza de toros que se resistiera, a tal vez sí, la de Écija fue la única que no consiguió llenar en su día, llegando a decir incluso que era la más difícil. Muchos dicen que no aportó nada, no se equivoquen, situó el toreo a la altura de los Beatles y a la del propio presidente de los Estados Unidos de América John Kennedy.
Finalmente vino Paco Ojeda en los 80 para invadir los terrenos del toro o como dijo en reiteradas ocasiones: “yo no invadí los terrenos del toro, sino que fui capaz de traerlo a los míos”. Consiguió algo nunca antes visto, ser dominador de la lidia y mandar por encima de la res independientemente de su condición. Descubrió las cercanías hasta puntos inimaginables, piso por primera vez ese sitio privilegiado donde verdaderamente queman las zapatillas. Para llegar ahí, hay que tener un valor que transciende de lo terrenal. Por estas razones hablamos de cambio y por consiguiente de auténtica metamorfosis.
Ojeda fue más allá, aunque nunca abandonó aquello que lo hizo convertirse en figura máxima, sabía ligar y llevarlo largo cuando la situación así lo requería. El albero astigitano fue partícipe del excelente natural que ilustra esta publicación. Instantánea para el resto de los restos, revoluciones que nunca debemos olvidar.






















