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EL ALGUACILILLO | SOPLARON LOS VIENTOS DE EXTREMADURA, MANUEL PERERA Y SEVILLA | Francisco Pavón

Cuentan los libros que allá por los años cuarenta, en pleno apogeo de Manolete, Sevilla continuó con la escuela surgida en Manuel Jiménez Chicuelo como si por arte de magia se tratara. Triana se trasladó al barrio de San Bernardo para empezar una dinastía que marcaría época en el toreo. Pepe Luis Vázquez Garcés fue el sucesor, el estandarte que cotizó al alza, el que se meció como paso de palio al compás del Cristo de la Salud y La Virgen del Refugio por las distintas plazas españolas acompañado del monstruo cordobés. Su hermano Manolo y su hijo Pepe Luis Vázquez Silva completaron una especie de trienio tocado por la luz de la Giralda. Sé que entre medias me dejo a algunos miembros que probaron suerte. La historia quiso que un nieto del Sócrates pisará el albero sevillano.

Once Torres esperaban impaciente el momento, ganas e ilusión tenía Écija de volver a la Maestranza. Siempre cuna de buenos toreros, hoy olvidada y maltratada por unos políticos de turno que desconocen y deshonran con sus actos las figuras de Jaime Ostos, Bartolomé Jiménez Torres y Pepe Luis Vargas. No entró Ángel Jiménez ni por el primer hueco que dejó Pablo Aguado, primaron más los intereses empresariales del señor Valencia que su condición de aficionado. Quedaba Jaime González.

Un ciclón llegaba desde Extremadura con aires muy diferentes, otros vientos soplan por sus poros, el del fuego en la mirada y el cuchillo entre los dientes. No se pude decir que venía de tapado, todos estábamos avisados de lo que era capaz porque así lo ha demostrado en reiteradas ocasiones. La duda, la tenía la persona que se dirige en estas líneas en la acogida y debida aceptación. Bajo mi criterio, todo estaba en el aire.

Si definimos la palabra tauromaquia como un juego de cartas, no es la que más me gusta ni enamora, Manuel Perera jugó las suyas de manera muy cabal, consciente en todo momento del sitio que pisaba y la plaza que tenía delante. Sin salirse de su propio concepto, no surgió el tremendismo ni la exageración. A su primero, lo recibió de rodillas. En el último terció, empapó al novillo de muleta por ambos pitones y le bajó la mano en la medida que se lo permitió. Tiró del escaso poder que atesoraba y cuando no tenía nada, se pegó el arrimón. Metido entre los pitones, no hubo arrucinas ni cambiados por la espalda, sino pases que rozaban los muslos. Sevilla se metió de lleno y supo entender la faena.

El último estaba vació y se lo inventó, previa portagayola. En los medios y de hinojos, recibió una fuerte voltereta con la roja tela en la mano derecha, como si no pasará nada, se levantó, y de la misma forma, sacó una tanda de buen trazo ante el unísono del público. Algunos muletazos sueltos desembocaron en la faceta encimista, llegaron los silbidos y muy hábilmente cogió la mano zurda para enfrontilarse y dar suaves naturales enganchados con los vuelos. Las ceñidas monoletinas finales y el fulminante espadazo le permitieron visualizar en hombros los preciosos balcones de la calle Iris. Una y una a la capacidad para afrontar su compromiso en el coso sevillano.

Manolo Vázquez embrujó a la plaza de su familia con un concepto muy personal y lleno de expresividad, que mejor homenaje. Que despacio toreó al cuarto, que detalles tan toreros, que finura en las muñecas para acariciar con las yemas. Compás, ritmo y cadencia en la cintura, se cimbreaba el cuerpo en honor a sus antepasados. En su mano izquierda brotó el toreo como agua cristalina, salió el olé más profundo de las gargantas en un natural de ensueño y servidor se puso en pie, no fui el único. Se rindió la antigua Híspalis ante tal sueño, sonreiría el abuelo desde el cielo. En su primero ya dejó matices de pinturería, pero la lucha fue otra, contra el fuerte viento que se levantó. Las medias verónicas, tampoco pueden quedar en el olvido.

No son las líneas que desearía escribir por todo lo que me une, he tenido la gran suerte de ser participe de sus comienzos y de compartir muchas tardes de entrenamiento en la plaza que ambos anhelemos. Me duele y afecta como el que más. Jaime González Écija quiso reencontrarse con Sevilla en el quinto, que apuntó cosas buenísimas desde las dos bonitas primeras verónicas. Consiguió adaptarse al sostenido son y bondad que trasmitió el animal en series por la mano derecha de correcto trazo, pero en esta ocasión, no apareció la rotundidad. A la hora de la verdad, empujó el pueblo de Écija, empujé yo mismo desde el tendido, la espada se llevó una oreja que hubiera cambiado el rumbo. Solo el destino sabe lo que tiene guardado, solo decirte que el que resiste, gana, y si no, cae con las botas puestas. Ambos encuentros estuvieron marcados por el corto bagaje de la temporada.

La novillada de El Parralejo desarrolló un fondo de nobleza extraordinario y ofreció muchísimas posibilidades, sí le faltó poder y un trancó de más. Los toros lucieron divisa negra en honor de Don José Moya, amante de lo profesión que encontró en su ganadería la mayor de las ilusiones.

¿De la música?, paso de hablar, no quiero darle más protagonismo. Lamentable lo que hicieron a Manuel Perera en el tercero de la tarde.

 

 

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