Hablar taurinamente de los años 60 siempre causa para mí muchísimo respeto. El respeto total y absoluto por una época gloriosa y muy importante en la historia de la tauromaquia. Eran tiempos singulares, cada torero distinto, cada corte diferente, ninguno se parecía al otro, pero todos tenían algo muy claro, dignificar la profesión cuidando el más mínimo detalle. Una especie de rito sagrado, que iba desde la forma de andar hasta el abroche de las taleguillas. Primaba la naturalidad, el cuidado para ir impecable, la seriedad por sentirse importante.
El gran maestro y referente, Antonio Ordóñez, el valor de Diego Puerta, la majestad del Viti, la personalidad de Antonio Bienvenida, el boom del Cordobés, lo completo que fue Paco Camino, el arte de Curro Romero, la bohemia de Rafael de Paula… Palabras mayores para un joven periodista que mira con admiración el bonito libro del mundo del toro. Perdonadme si hoy mi pluma no está a la altura de la circunstancia.
Entre estas figuras se encontraba Jaime Ostos, el torero de Écija peleó de tú a tú y nunca se dejó ganar la partida ante la fuerte competencia. Compartir cartel con su persona era motivo suficiente para saber que esa tarde había que darlo todo, al lado se encontraba un torero dispuesto a fulminarte desde el patio de cuadrillas, así lo pensaban todos. Muy pocas veces salió derrotado.
Catorce años en la cúspide dando el máximo rendimiento, Sevilla, Madrid, Pamplona, Bilbao, todas las ferias fueron testigo de un fuerte carácter y de un valor descomunal. Sobre estas bases, unidas a una gran espada, cimentó sus grandes triunfos y por consiguiente fue lo que le llevo a ocupar un lugar privilegiado ganándose el respeto de sus propios compañeros. No existe mayor, ni más bonito premio.
Jaime Ostos se presentó ante sus paisanos en 1.952, un año más tarde debuta con picadores en la bonita ciudad de Osuna, alternado ambas tardes con su buen amigo y rival Bartolomé Giménez Torres. Tras tres años como novillero, Zaragoza lo doctoró como matador de toros (1.956) un 13 de octubre de la mano de Miguel Báez Litri y Antonio Ordoñez. Confirmó en Las Ventas en 1958, actuando como padrino Antonio Bienvenida.
De aquí en adelante, empieza a fraguarse el fenómeno Ostos, líder del escalafón por encima de Ordoñez y Pepe Luís Vázquez sumando un total de setenta paseíllos en 1.959. Si buena fue la mencionada temporada, se superaría en el segundo año de la nueva década firmando un total de 79 comparecencias y consagrándose de forma absoluta. Año redondo de principio a fin, solo Diego Puerta consiguió seguir su estela, ambos dominaron por encima del resto.
El ecijano mantuvo su condición de figura hasta la fecha de su retirada en 1.974. Sé enfrentó con todos y casi nadie pudo con él. Si no alcanzó mayores cotas fue debido a los numerosos percances que sufrió. Entre ellos, sobresale Tarazona (Aragón), 17 de julio de 1.963. Extremaunción y transfusiones sanguíneas, necesitando un total de diez litros de sangre. Escribo muy fácil, pero con los medios existentes tuvo que ser estremecedor, ese día le ganó la partida al toro de la vida.
Como reconocimiento a su gran labor, cabe decir que siempre ayudó a los más necesitados, recibió la Cruz de la Orden Civil de la Beneficencia en el mismo ruedo de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Su última aparición vestido de corto sucedió en nuestro pueblo en el año 2.003.
Jaime Ostos, carácter, pundonor, solidaridad, un auténtico ciclón que arrasó con todo el toreo, era y sigue siendo de Écija, también venció al toro del coronavirus.
Francisco Pavón






















