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COSAS QUE PASAN | ADIOS, MAESTRO, ADIOS | José de Pineda

       Partió hacia la Casa Común precisamente el día de la Ascensión del Señor, señal inequívoca de que permanecer durante muchísimos años cerca del Altísimo se tiene en cuenta; y él allí estuvo por su vinculación con el coro parroquial y su verdadera vocación y amor por la música, con su viejo pero extraordinario violín que le compró su padre de segunda mano cuando tenía sólo 14 años y que él hacía que sonara como los ángeles que teníamos en el coro; una vocación a la que junto a sus amigos Luis, Manel y el que suscribe, dedicó gran parte de su vida.

       Este grupo que junto al coro de voces femeninas, la mayoría desgraciadamente desaparecidas pero que perduran en nuestro recuerdo, amenizábamos durante más de cincuenta años todos y cada uno de los acontecimientos religiosos como novenas, septenarios, primeras comuniones, confirmaciones, las misas solemnes de nuestros patronos, junto a los domingos y fiestas de guardar, y que durante esos días, se notaba un ligero aumento de fieles, no sé si en busca de Dios o atraídos por las músicas celestiales del coro. Por eso no me extraña que junto a todos los que ya descansan en paz con el de allí arriba, y con permiso de san Pedro, estén reorganizando el coro para recibirnos cuando seamos llamados por el Padre Eterno.

       Dominaba como nadie el negocio de las telas y complementos, con una enorme profesionalidad, experiencia, conocimiento y buen gusto a la hora de recomendar a su amplia clientela, siempre lo más apropiado en cada caso, ya fuese en el vestir o simplemente en la elección de la tela para una cortina. Todo esto con la ayuda de su fiel y eficiente dependiente Paco, mi querido amigo Paco el 7.

       Pero para mí donde más destacó fue en la interpretación de todo tipo de música con su viejo violín que mimaba y cuidaba como la auténtica joya que es y que espero y deseo que sus hijos conserven en su ausencia eterna. Yo me dirigía siempre a él con un cariñoso maestro, y él me respondía con el mismo calificativo, lo cual me llenaba de satisfacción sobre todo por la enorme diferencia en conocimientos musicales, ya que él era un virtuoso del violín y yo un simple aporreador de teclas, aunque nuestro querido Luis se dirigía a mí como “Maestro Teclas”.

        En estos primeros días después de su partida, recuerdo las largas horas y horas de ensayos para que en la misa del domingo, día sagrado para el grupo, todas las canciones correspondientes para ese día y que Luis escrupulosamente seleccionaba, sonaran como si la misa fuese en el mismísimo Vaticano y no en la Parroquia de La Luisiana. Fue, para conocimiento de los que vengan detrás, el mejor coro que ha habido jamás en el pueblo.

       Perfeccionista empedernido, discreto, educado, elegante, bondadoso, recatado, prudente, correcto, precavido, honesto y mil calificativos más le dedicaría, pero no tengo espacio. Se llamaba Rafael Pérez García, tenía 94 años y era de Fuentes, Fuentes de Andalucía, pero todo el mundo lo conocía como Rafael el de la Tienda Nueva, y además fue mi maestro, por eso… ADIÓS, MAESTRO, ADIÓS.

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