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COSAS QUE PASAN | CARTA A LUÍS | José de Pineda

Querido amigo Luis:

Soy el maestro “teclas”, como tú me decías cuando me veías entrar por la puerta de la parroquia para los ensayos diarios que nos “imponías”, para que en la misa del domingo todo sonara perfecto. No pude aquellos días escribirte esta carta, lo siento. Ha tenido que pasar un año para poder hacerlo, espero que no estés enfadado por la tardanza. De todas formas, la mayoría de cosas que te voy a contar no son nada agradables, y por si te sirve de consuelo, no te has perdido gran cosa porque desde que partiste hacia la Casa Común han sucedido una serie de acontecimientos que conociéndote como te conozco, no te habrían hecho nada de gracia.

Primero estuvimos confinados tres meses. ¿Tú sabes lo que es eso? Sin paseos con nuestro amigo Rafael, sin misas, sin Semana Santa, ni septenario con su sermón de las siete palabras que tan bien nos salía, sin bares, ni nadie con quien echar un cigarro o un ratito de charla. Un desastre, amigo Luis. Segundo, te tengo que dar dos noticias, una mala y otra buena; primero la buena porque te libraste del jodido Covid con “toa su casta”, y la mala que se juntó el hambre con las ganas de comer, o sea que aprovechando lo del virus, la falta de fe y el miedo a contagiarse, la gente dejó de ir a misa, incluidos los componentes del coro. Ese coro que tanto nos costó empendolar, sobre todo a ti, pasó desgraciadamente como tú a mejor vida.

Por otra parte, creo que sabiendo que padecías una grave enfermedad, deseabas llegar a ese lugar donde los querubines cantan sin cesar. Probablemente tu canto era agradable a Dios, porque ese honor de partir del coro al cielo, no se le concede a cualquiera. En el pueblo que se sepa, nunca ha habido un caso parecido.

En tu misa de réquiem, en un silencio absoluto, el pueblo lloró y tu voz resonaría en muchos corazones; sin embargo, si ese silencio hubiera sido roto por tu voz grabada, hubieran llorado hasta los dos ángeles que sostienen sendas lámparas en la parte superior del altar mayor. Yo creo, querido Luis, que tenías un plan B planteado y pensado a conciencia porque en ello te iba la vida, la vida eterna. Y este concebido ante el Señor que preside el coro, su solución; en el que centraba su meta, en el que encontraba su plenitud.

Con qué entrega y tesón estabas toda la semana preparando los cantos del domingo; y es que tu empeño estaba centrado en que la liturgia del día del Señor fuera todo esplendor sin dar lugar a ningún fallo. En fin, un acontecimiento muy laudable, digno de que aparezca en las anales y crónicas de nuestra Parroquia.

Tengo grabada en mis maltrechas retinas la imagen de tu salida del templo a hombros de tu familia con una marcialidad impresionante al son de tu canción favorita, “La muerte no es el final”, tocada y cantada por esas torpes manos de tus queridos amigos Rafael, Manel y un humilde servidor. Iba a escribir se llamaba, pero no, se llama José Luis Fernández Montaño, ya no está entre nosotros, está en el cielo.

  1. Se me olvidaba lo más importante, quiero que sepas que tus amigos que no somos pocos, te echamos mucho, mucho pero que mucho de menos. ¡Ah! otra cosa, se me olvidó decirte que cuando te desvaneciste en plena Eucaristía, el órgano se apagó fulminantemente…

 

 

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