Tal y como quedamos en mi última entrega y como lo prometido es deuda, sobre todo con los cuatro o cinco lectores asiduos que tengo, ahí va la segunda parte esperando que sea del agrado del respetable.
Si no recuerdo mal, nos quedamos explicando lo que era una “burra” dentro de toda la parafernalia que conllevaba la puesta en pantalla de la película del día. Como la mayoría recordará, la burra era una especie de panel doble formando una uve invertida con cuatro patas y cuatro varas para facilitar su transporte, en la cual se clavaban con tachuelas los fotogramas previamente seleccionados por el experto del grupo, los más llamativos para animar a los posibles espectadores a acudir a la función del día.
Ya por la tarde, cuando empezaba a refrescar y la calima aminoraba, se procedía a refrescar el patio de butacas con unas regaderas enormes de cinc y rebosantes de agua fresquita que sacábamos a cubo y cuerda de un pozo que había en el mismo patio; esta operación había que repetirla varias veces, dependiendo de la caló que hubiese hecho durante el día, ya que con la primera pasada el albero reseco ni se enteraba. A pesar del tiempo transcurrido, todavía recuerdo el inconfundible y agradable olor a tierra mojada que producía cada pasada de regadera con su enorme flor y el inevitable levantamiento de polvo al impactar el agua contra el suelo. Magnífica sensación, oiga.
Con esa misma agua rellenábamos los dos porrones, búcaros, perrengues o como en cada sitio se le llame, a uno de los mejores, sencillos y económicos inventos del primer ceramista que hizo este extraordinario recipiente, que con solo verlo, calma la sed. Doy fe de ello, no pudiendo prescindir ningún verano de uno que me traen cada año de la vecina Fuentes de Andalucía. Ni que decir tiene que este era un servicio gratuito, gentileza del encargado de la “selecta nevería” que viene de nevera, y nevera de nieve, que así se anunciaba en los descansos para los más tiesos que éramos la mayoría y no teníamos el duro (cinco pesetas) para comprarnos un Citrania o un Mirinda, enfriado naturalmente en un barreño también de cinc con la nieve que previamente traíamos de la fábrica del “Gorrión”. Más tarde llegarían el Fanta, el Coca-Cola y la insuperable gaseosa La Casera que se despachaba por vasos, que por cierto, entre un servicio y otro no se fregaba y no pasaba nada, igualito que ahora con el “bicho”…
Así pasábamos los veranos, con más pena que gloria, pero sin duda al menos creo yo, muchísimo más felices y contentos que las generaciones de hoy en día, porque aunque tengan un sinfín de medios de todo tipo, se les ve tristes, desubicados y lo que es peor, sin ilusión, posiblemente porque nunca estuvieron en un cine de verano.
Y hablando de cine, que de eso se trata en esta ocasión, les recomiendo que no dejen de ver si pueden esta temporada, mi película favorita. Se rodó en Italia en el año 1988, la dirigió Giuseppe Tornatore, con música del recientemente fallecido Ennio Morricone, donde se retrataba toda la magia del cine. La película se llama Cinema Paradiso.






















