Hace ahora cuatro años, concretamente el 26 de noviembre de 2020, se publicó en este premiado medio un artículo mío titulado: ADIÓS, BISIESTO ADIÓS, que trataba precisamente de eso, o sea de que fue un año bisiesto y como dice el refrán: año bisiesto, año siniestro. ¡Y no falla, oiga! Ahí está la hemeroteca para el que lo quiera repasar.
Pues no hace más de tres meses comentando con un amigo este fenómeno que ocurre cada cuatro años, nos extrañaba a ambos la falta de hechos y acontecimientos desagradables y desgraciados a los que nos tienen acostumbrados los años bisiestos, a lo que mi acompañante añadió con mucha parsimonia: déjate y no cantemos victoria que todavía quedan tres meses para que termine el año… y desgraciadamente tenía toda la razón. De lo que ocurrió aquella fatídica tarde noche del 29 de octubre mejor no recordarlo, así que este año 24 como dicen los cursis, también se salió con la suya y se manifestó cruelmente con demasiadas muertes de personas inocentes. Espero y deseo que los días que faltan para terminar el año, no vuelvan a darnos ni una sola mala noticia más.
Y aunque el tiempo de Adviento nos invita a recordar el pasado, nosotros vamos a hacerlo solo con las buenas cosas que nos pasaron, y cómo también nos impulsa a vivir el presente y a preparar el futuro. Con esta triple finalidad para los cristianos, nos vamos a concentrar sobre todo en celebrar y contemplar el nacimiento de Jesús en Belén.
Vamos a recordar por ejemplo en primer lugar, a nuestros seres más queridos que ya no están desgraciadamente con nosotros, vamos a recordar también cómo eran aquellas Navidades de nuestra niñez donde no teníamos tanta abundancia de todo, de turrones y Ferreros Rocher, de pavos trufados, de Riberas y Champañas y de mil exquisiteces más. Eso sí, todo gourmet, nada de miserias ni de poquedades. Pero en cambio sí teníamos una caja de 5 kilos surtida de mantecados, polvorones, roscos de vino y los imprescindibles alfajores, vulgo “mojones de gatos”, naturalmente de la vecina Estepa. ¡Ah! Y un almanaque casi siempre de un san Antonio que venía de regalo.
Era todo tan precario en aquel tiempo que nuestras madres tenían que guardar bajo llave tan preciado tesoro hasta el mismísimo día 24, ante el temor bien fundado de que si los pequeños de la casa daban con el nido, lo más probable era que esa Nochebuena se quedasen sin postre toda la familia. Bueno, pues todo esto con una copita de aguardiente de la zona sabía a auténtica gloria bendita. También teníamos el cariño y el respeto de nuestros padres, hermanos, amigos y vecinos. Y teníamos fe, esperanza, caridad, alegría, mucha alegría y sobre todo muchas ganas de vivir y comerse el mundo, a falta de algunos alimentos que escaseaban, pero sin embargo y así lo creo, éramos inmensamente, muchísimo más felices que ahora, y vivíamos con menos sobresaltos e incertidumbres de lo que lo hacemos hoy. Porque entre unos y otros nos van a matar a disgustos. Porque hoy, el hombre occidental se odia a sí mismo y quiere llegar el primero a todos lados para que nadie se le adelante. En fin, una auténtica locura.
Por eso y por muchas cosas más… Venid a mi casa esta Otra Navidad.






















