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COSTUMBRES, MODAS Y VIVENCIAS ECIJANAS | DÉCADA DE LOS 50. HISTORIAS DEL BARRIO DE «PUERTA CERRÁ» | Paco Rodríguez

Ahora que estamos ¡VIVIENDO!, -gracias a Dios- la estación meteorológica más simbólica y reconocida en el mundo, en cuanto a esta ciudad se refiere, –en Écija, siempre, se ha llegado a marcar los máximos índices de temperatura a la sombra-, su calor tan personal, incomparable e intransferible, hace que sea reconocida popularmente como “LA CIUDAD DEL SOL” o “LA SARTEN de ANDALUCÍA”. (Lo del huevo frito en el suelo en el Salón parece una broma, pero las televisiones de España, se pirran cada año por venir a Écija, y elegir al ecijano de turno para que practique determinada escena).

Sus habitantes “disfrutamos”, o sufrimos, -según cada cual-, estas calores sin rechistar ni protestar, ¿a quién vamos a echar la culpa de tener unos veranos tan especiales, largos y calurosos, por Dios?. Además, para mayor inri, este año, 2020, nos hemos quedado sin la “primavera trompetera”: Vino y se fue sin apenas darnos cuenta de sus aromas, beneficios y virtudes. El repudiado bichito, nacido donde el Sol nace, ¡tuvo la “curpa” “curpita” de to! –como diría la copla-. Es por ello, por el calor o las calores, que se me ha ocurrido, -¡mire usted por dónde!- la descabellada idea de hacer algo de literatura, o sea, escribir, para ser leído, por y para las personas, que tengan la paciencia de leerme; una osadía que espero de vuestras bondades, me sea disculpada. Misión que estoy haciendo, dando mi alma, mi sentimiento y mi memoria en la tarea. “Costumbres, modas y modos de una década maravillosa”: la de los años cincuenta, de la que me siento orgulloso haberla vivido para poder contarlo, según mi óptica personal.

Cuando uno cree que ha comenzado la cuesta abajo de mi estancia por estos parajes y calores ecijanos, la memoria, que por fortuna aún me sigue acompañando en plenitud de facultades físicas y psíquicas, y gracias a Dios. Por lo tanto, considero un deber y una obligación, dar a conocer mi vivencia de cómo fueron aquellos años que pude vivir en la Astigi de mis amores y desvelos. La ciudad donde vine al mundo a principio de los cuarenta, en la calle Avendaño, por el amor entre mis padres, -o, para no transmitir ningún sentimiento de desigualdad, imperante en el estatus social del momento presente: “gracias a mi padre Manuel que me engendró y a mi madre Luisa que me parió”. (…)

Me puedo referir a la década de los cuarenta, un hecho histórico que sucedió cuando yo tenía seis años. Precisamente las fechas del mes de agosto, en el que estoy escribiendo este documento: La trágica muerte del torero, Manuel Rodríguez “Manolete” en Linares. El toro de nombre Islero acabó con su vida de una cornada. Esta tragedia sí me marcó, aunque era muy pequeño, -sin embargo no recuerdo otros acontecimientos sociales que ocurrieran por entonces-. Estando jugando en el patio de mi casa, con mi hermana Luisita, mi tío Paco, entraba de la calle, gritando: ¡¡Se ha muerto Manolete!!…Enseguida mi abuela Lola y mi madre Luisa, que estaban en sus cosas, salieron al patio gritando y llorando la perdida de Manolete, porque se le tenía gran cariño y admiració en todas partes. Tal hecho, insisto, lo recuerdo con meridiana claridad. Luego, ya de mayor, supe que la muerte de Manolete había supuesto para la economía de Écija un desastre tremendo; el cartel de la feria de septiembre, de aquél año, quedaba suspendido. Evidentemente para una economía tan frágil como la que teníamos entonces, el que no se celebrase la corrida, donde estaban anunciados, además de Manolete, Carlos Arruza y un tercero que ignoro su nombre, supuso un palo muy gordo. Estaban agotadas las plazas hoteleras y fondas de la Ciudad, Los establecimientos de hostelerías tenían sus miras en la feria y en el famoso cartel de toros. Entonces Manolete era un fenómeno social similar al que causa José Tomás en el presente.

Mi infancia fue como la de todos los niños: más bien inquieto, extrovertido: travieso es la definición exacta, con unas intenciones demoníacas en cada acción que se me ocurría. Motivos suficientes para recibir por parte de mi madre y abuela, las correspondientes “regañinas”. Mi abuela Lola, acompañaba las riñas con pellizcos y “alpargatazos”, que volaban sobre mi cabeza y cuerpo. Cuando no conseguía cogerme, su frase era “¡¡meviáir pa ti y te viá poné el culo como un tomate”!!. Naturalmente, no era una simple advertencia, cuando menos me lo esperaba, aunque hubiesen transcurridos varias horas, cumplía fielmente su sentencia.

Tengo en la retina, como un sueño, que el hambre imperante en aquellas fechas, hacía estragos. Recuerdo a gente cogiendo del suelo algunos desperdicios y cáscaras de naranja, llevándola a su boca. Tremendos momentos. Había escasez de todo; obviamente cuando digo “todo” es todo. Algunos privilegiados, porque no les faltaba el trabajo en el campo o en los albañiles, -como podría ser el caso de mi familia- podían sobrellevar de mejor manera esas carencias.

En Écija, como he dicho al principio, hacía mucho calor. Pero sus casas estaban construidas con una inteligencia adaptada al lugar donde vivíamos: tenían muros lo suficientemente gruesos, como para impedir que se colara el calor de la calle; las habitaciones o cuartos, guardaban un agradable y confortable frescor, porque la humedad de la estancia proporcionaba una siesta buenísima, sin notar para nada el calor. Me refiero, claro está a la planta baja, porque en la planta alta la cuestión era muy diferente: calor durante el día y durante la noche. O sea calor era muy agobiante, que más pareciera que estuviésemos en una sauna: sudando durante todo el día o la noche-. En invierno, en cambio, ese frio húmedo era insoportable, en la planta baja, ni con un brasero debajo de la estufa o mesa camilla podíamos parar de frio.

Continuando el relato de la época veraniega, al llegar la noche la vida del vecindario cambiaba; era entonces cuando se preparaba cada puerta, regada con la suficiente proporcionalidad, con agua fresquita del pozo, para formar una especie de tertulia de todos los habitantes de las casas respectivas. En tales reuniones, el vecindario aprovechaba para hablar, o “chismorrer”, de todo y de los habitantes de la calle; o sea, de todos los hechos ocurridos durante el día, de los que tuvieran conocimiento, bien en el pueblo en el barrio o en la calle Avendaño. Nadie que acertara pasar por el lugar de la tertulia, se libraba, del correspondiente “corte de traje” (*). Había cantes y bailes, al compás de palmas y jaleos que hacían los contertulios: en algunos casos incluso, había acompañamiento de guitarras o bandurrias, o el sonido de unos palillos o castañuelas. No había más condumio o comida, que las pipas de melón, lavadas y secadas al sol en cada azotea; con el búcaro o botijo lleno de un agua de no muy buen sabor, pero muy fresquita. La tertulia duraba hasta bien entrada la madrugada: ( que irse a la cama para descansar lo necesario para el día siguiente, que se comenzaba la tarea en los respectivos oficios, muy tempranito, a la salida del sol.

En tardes de toros, como era el caso de mi hermana Luisita y mío, que habitábamos en el entorno de Puerta Cerrada, calle San Juan Bosco, camino imprescindible para la Plaza de toros de Pinichi, solíamos sentarnos, los pequeños, en las aceras de la calle San Juan Bosco o rebates de las casas contiguas, para ver pasar a los asistentes al espectáculo taurino; el pasacalle correspondiente de la banda municipal de música, que también discurría por allí, tocando pasodobles taurinos. Mi hermana Luisita y yo nos sentábamos en el rebate de mármol de una casa de la referida calle , haciendo esquina con la calle Avendaño. Allí, incluso teníamos el frescor del zaguán. Otras veces nos sentábamos enfrente, en la casa de la familia Baena, muy amigos de mi familia, en la que éramos bien acogidos mi hermana y yo.

Más tarde, calculando que hubiese terminado el festejo, volvíamos a la zona para ver la vuelta de todos los asistentes, incluso el paso a hombros del torero triunfador (Jaime o Bartolo, eran los triunfadores la mayoría de las veces) .
No ambicionábamos más distracción, porque nada más había por aquél entonces. Éramos inmensamente felices, carecíamos de todo, es cierto, pero nada necesitábamos: la resignación o el conformismo, era la cultura que nuestros padres, abuelos, tíos y mayores nos inculcaban desde pequeñito.

*Todos los vecinos, incluidos los niños, teníamos una buena armonía; ninguna discrepancia importante. Las familias eran conscientes de que la situación política de España, en aquellos años de carencia de todo, no nos podíamos permitir grandes cosas o diversiones. Sólo queríamos ver amanecer fresquito, después de una noche calurosa; desayunar un tazón de café con leche migado hasta el borde o tostada de pan de Gamero con aceite y azúcar; luego al mediodía, nuestro cocido de garbanzo con fideos o acelgas, o tagarnina, la pringa correspondiente y un buen gazpacho “aguaillo” fresquito, después de haber estado en el brocal del pozo, Otros días un buen potaje de garbanzos con papas; lentejas bien espulgadas; una papas guisadas con una hoja de laurel, en vez de carne, claro; el melón en verano, –muy dulce en aquellos tiempos-. (En invierno no recuerdo otra fruta nada más que el plátano). Era costumbre en muchas familias cenar por la noche cocido también. La siesta en verano era obligatoria, para evitar que los niños diésemos la lata. Algunas veces nos íbamos a la azotea a jugar a pleno sol, echándonos agua unos a otros…..y ¡no passsaba na!. Para merendar un coscurro de pan con un hoyo de aceite y azúcar o pan con chocolate, si habíamos sido buenos.

Así solíamos vivir los ecijanos del entorno de Puerta Cerrada, San Juan Bosco, calles Alamillo, Avendaño, Marchena, Cordobés; las “cuatro esquinas” del Carmen y sus alrededores, (calles San Gregorio, Flores, Mitad de María Auxiliadora….etc, y me atrevo a decir que en todos los barrios de esta bendita Ciudad, durante un verano caluroso ecijano.

Algunas noches del caluroso verano, las familias, subíamos la cuesta donde actualmente se ubica el cuartel de la guardia civil, para respirar aire menos caluroso que el de hoyo de Écija, pero eso era en contadas ocasiones.

Lo recuerdo todo con una añoranza y un cariño enorme, máxime cuando, en el momento presente, la vida es tan dispar, diferente y anómala que nos hace sentir tristeza, rechazo y repugnancia a todo cuanto ocurre en una democracia muy particular. Nosotros, -los de entonces-, reivindicando y luchando contra una dictadura férrea, desde nuestras respectivas posiciones sociales, ansiando una LIBERTAD y una DEMOCRACIA, que no se parece a lo que queríamos… -“no somos los mismos”-. Ahora la ambición de riqueza, a toda costa, la corrupción, el egoísmo, el partidismo, el anti-España: su cultura, su religión católica, sus tradiciones; la insolidaridad, la prepotencia de los gobernantes; la mayoría de los políticos, que le dan la espalda a los ciudadanos españoles; la dejadez con los más desfavorecidos. Si no perteneces a su cuerda política estás fuera de su programa político. O sea, que el espíritu del 1978, que ha estado funcionando como un reloj, durante cuarenta años, se está yendo a pique, y lo estamos lamentando. Esta democracia, en fin, no es la que se merece la inmensa mayoría de españoles que ni militan en ningún partido político ni son simpatizantes en su mayoría, de derecha ni de izquierda: SOLO QUEREMOS VIVIR EN PAZ y que nos gobiernen quienes quieran a ESPAÑA, no quienes quieren destruirla.

(*) Se llama corte de traje, cuando la conversación deriva en reconocer las virtudes o defectos de aquél aludido..

–SEGUIREMOS–….

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