Todo se debe a que leí, no ha mucho, el comentario de un libro titulado “Cuatro mendrugos de pan”, escritos por una mujer, Magda Hollander-Lafon, que pudo escapar con vida de un campo de concentración, el de Auschwitz. Su madre y su hermana de once años habían sido gaseadas en un horno crematorio, ella pudo escapar, con picaresca, pues en vez de 16 contestó que tenía 18 años. Antes, su padre, resistente húngaro, había sido asesinado también por los nazis. Ella cuenta: “Un día vi a una mujer en la puerta del barracón tendida en el suelo, moribunda, me hizo un gesto para que me acercara. Me dijo con mucha dificultad que yo, que era joven, contara al mundo lo que estaba sucediendo allí, y abriendo sus manos me entregó cuatro trozos de pan, con moho. ¡Cómetelos! -me dijo- Para mí fue un banquete”.
Juan Liébanes Márquez llegó al pueblo con los 11 años, con su familia, buscando la sombra del tío Gerardo; procedían de Martín de la Jara. Al bajarse del camión cargado de muebles lo primero que preguntó fue que dónde había un maizal. Este detalle lo retuvo J.J.C. Siria, que a pesar de su corta edad ya apuntaba a filósofo existencialista. En una situación de subsistencia nadie hace preguntas trascendentes, como de dónde venimos o adónde vamos, nadie se pregunta dónde está, sino… Qué hay de comer.
Yo, también junto a mi familia, llegué un día procedente del “Recreo”, una finca a diez km de la Luisiana y a cinco de Écija, donde estuvimos un tiempo de caseros B. Había sido una mala experiencia, veníamos bizcos de hambre, o sea, nos veíamos unos a otros dobles. Volvimos gracias a la generosidad de Pedro Robles Ranea que nos instaló en su casilla de campo, en medio de olivos. El Creador del mundo derrama su maná de muchas formas; la tierra es fecunda y generosa, pero la posguerra fue larga y cruel, había más días que olla.
LA TARDE… Una tarde tensa y pesada como una piedra de molino. Quizá, a últimos de noviembre, segundo año de sequía; las nubes amagaban pero no descargaban; nubes ruidosas, parecía que alguien estuviera moviendo muebles en el cielo. Sobre las cinco de la tarde, la hora en que los toros son atravesados por el acero, la hora en que, en los cañaverales, las pipitas chanqueras eran derribadas por tirachinos.
Una voz lúgubre, acompasada, como un lamento, suena en el espacio, la del Marrón, pregonando castañas de la sierra y nueces mollares. Y aullidos de perros, los del padre de los Chirriquis, desde los altos del ayuntamiento.
Estamos sentados en el suelo, Juanito y yo, en la puerta de la tienda de la Adriana; el suelo asfaltado y la pared protegida por un zócalo oscuro y liso; allí, respaldados, los niños contábamos cuentos, chistes, historias de miedo. Como en las casas no había sofás… Creo que, inconscientes, estábamos vaticinando la sala de estar con televisor. Pasaban mujeres, vulnerables, inseguras, humildes, con delantal oscuro, raído, como el vestido; con moño retorcido, pegado a la nuca. Con cesta de tomiza, colgándole del brazo, buscando tienda que les fie dos kilos de papas, dos cebollas, una cartillera de sucedáneo de azafrán. El pitraco gratuito estaba casi asegurado en la carnicería de Carmen la Morala, para alimentar a los niños que han dejado solos, esperando, abriendo la boca como gorrioncillos hambrientos. Alguna con un niño que le tira del delantal para que lo coja en brazos. Otras, después de haber recorrido “los altares”, vuelven a su casa con la cesta vacía, desesperadas, deseando que se abra la tierra y se las trague, con cesta incluida. Mujeres sin futuro. Las que aspiran a algo están despatarradas delante de un brasero de picón, cosiendo, cantando, tosiendo, inhalando hollín, todo a la vez.
Tarde desapacible, plomiza, de caras largas y buches vacíos. Algún que otro niño pasa de prisa, con una botella con cuarto y mitad de aceite de borra, tatareando algún cántico popular: “Ya se murió el borrico que acarreaba el vinagre, ya se lo llevó Dios de esta vida miserable, que tururururú, que tururururú.
Protesta el cielo con ruidos atronadores. Desde un lugar preferente, en el paramento frontal de la Iglesia, luce un cuadro de cerámica, donde la virgen del Escapulario mira hacia abajo, con lágrimas en los ojos, posiblemente, porque no ve cristianos beligerantes. Y sigue ejecutándose la triste sinfonía, la composición sin pentagrama, la danza de las cestas vacías, los niños que lloran, con boqueras, recolgados de sus madres. El pregón rítmico de castañas y nueces, los famélicos galgos de los chirriquis, ladrando, reclamando justicia y pan. Los raquíticos y sedientos arbolitos de la plaza que tiemblan sacudidos por el aire que, de pronto, sopla enfurecido en todas direcciones.
Allí, apoyados en la pared, confundíamos el bramar de la tormenta estéril con el clamor d nuestras tripas. De pronto, Juanito pareció que viera el cielo abierto; su primo hermano, José Antonio, primogénito de la familia Márquez Selfa, venía a jugar en la plaza, o a oír historias para no dormir. Juan se puso en pie y apresurado le rogó: Entra en la tienda de tu abuela y tráenos algo. Dudando unos segundos, respondió -pero qué traigo. –Algarrobas, garbanzos, higos secos… lo que pilles, lo que sea, pero pronto. Empezó a andar retraído, dudando. Al poco se presentó con las manos vacías. –Pero qué ha pasado. – Hay mucha gente… – pero, ¡aprovecha un descuido!- José Antonio, a su manera quiso decir: Ahí dentro hay ojos interesados que miran a todas partes. Se produjo un momento de silencio, de desesperanza. Pero añadió: lo único que he visto son unos cachos de pan, pero están durísimos, si queréis… Un adverbio de afirmación retumbó a duo en la plaza, – ¡Sí…! Cuando salió con el pan, las nubes tronaron como si cantaran bingo, y nuestras mandíbulas empezaron a batir.
Gracias, José Antonio, porque no fue sólo una vez que nos ayudaste. Y es que, a pesar de tu corta edad, ya llevabas impreso ese sello genético de bondad, nobleza y carácter que imprime la marca “Selfa”.
¿Qué sacamos de aquellos tiempos, de aquella lamentable y lejana situación? Fuerza no, pero sí fortaleza, esa virtud cardinal que da capacidad para aguantar el sufrimiento y soportar la adversidad. Deberíamos advertir a las nuevas generaciones que el odio arruina y destruye a los hombres, que éstos, en la guerra, se vuelven fieras. Digámosle a nuestros nietos lo que vimos y sufrimos, aunque no nos oigan… porque están ahítos.
José Antonio, de mayor, gracias a tu esfuerzo, triunfaste en la vida y en el comercio. Te hiciste a ti mismo. Un “Self-made man”, un hombre de valía, hábil, de éxito.
Un abrazo mío. Y, dondequiera que esté, seguro que te envía otro más fuerte tu primo Juan. Más de una vez, entre él y yo, comentamos este acontecimiento del “pan de piedra”.
J. Calderón























Soy Juan Francisco Liebanes Galvez, vivo en Londres y después de 18 años que partió mi padre, me siento emocionado de encontrar este articulo que cuenta una parte de la historia de mi familia, tanto por Juan Liebanes Marquez que nació en la Luisiana, como por mi madre Maria del Carmen (Meli) Galvez Robles.
Que pequeño es el mundo y que GRANDE es la famiia.
Un fuerte abrazo.