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DESDE UN LUGAR DE MALLORCA | AVENTURAS DE UN CONFINADO DE ALTO RIESGO | José Calderón

Las calles de las grandes urbes, de las ciudades, de los pueblos, vacías. Todos los pobladores de la tierra, escondidos en sus “guaridas”, huyendo del Covid 19, del ejército invisible y efectivo de “Yahvé”.

Un día de confinamiento tiene 24 horas, pero hay muchas formas de combatir su tedio, por ejemplo, charlando con tu media naranja, recibiendo “WhatsApps” de familiares y amigos; rezando, que es como hablar con quien lo sabe todo de ti; durmiendo, soñando con azarosas aventuras, lo mismo puedes ir en un crucero de lujo disfrutando de una pantagruélica cena, mirando el mar, que navegando en una patera, en la oscuridad de la noche, a contracorriente, en las tumultuosas aguas del Estrecho, con la familia a bordo, gritando, llorando y a la vez mordiendo con rabia un bocadillo de calamares. Y pensando. El pensamiento supera la velocidad de la luz, en un instante puedes estar en Nueva York, en Singapur… o en Campillo, comiendo “sopaypillas”.

Estoy a punto de alcanzar la quinta edad o “vieja vejez” pero sigo escribiendo, expandiendo, a mi manera, el Reino de Dios. Todo bautizado tiene el deber.

¿Que qué se siente a esta edad? Cansancio, y tal atracción hacia el centro de la tierra que si yo dijera “tierra, trágame” temo que se abriría un boquete de 20 metros cuadrados. Por eso no pruebo. Se dice que un adulto es un niño inflado por la edad, y un anciano un adulto que ha explotado. Empiezo a ver y oír cosas raras, algunas noches percibo como pisadas de pezuñas en la escalera, temo que sea un lobo solitario husmeando en la cerradura, o podría ser también el Covid19, el “Rápido”, buscando insistentemente algún punto vulnerable en mi hogar.

La cuarentena la llevamos bien, excepto que añoramos los paseos. A las 8 de la tarde, cita ineludible en las ventanas; unos días para aplaudir y otras para convertir una cacerola en instrumento de percusión. A los que pertenecemos al grupo “vieja vejez” nos vigilan y si estamos dos o tres días sin abrir las ventanas y cantar a dúo, ¡Ojo! Alarma en la ciudad, porque si no nos ven es porque los viejos, muertos,  no aplauden.

A una hora intempestiva sonó el timbre, di un salto de la cama y me acerqué a la puerta. ¿Quién es? Una voz extraña aseveró decidida: ¡Soy la muerte! Empecé a temblar, me di cuenta de que estaba en calzoncillos; desaparecí para ponerme el batín mientras exclamaba para mis adentros: ¡Lo sabía, lo sabía! Y es que recientemente había tenido diarrea y principio de fiebre; ya me veía tendido en el suelo, en el pasillo de cualquier hospital, completamente solo, con cagaleras. Claro, considerando que estábamos sometidos a una situación-virus esperaba lo peor. Y es que es diferente observar a la muerte situándola muy lejos, creyendo que vendrá pero en un futuro muy lejano, y de pronto verla frente a ti, hoy mismo, a las cuatro, de madrugada… Me dirigí a la entrada y haciéndome el nuevo volví a preguntar: ¿Quién me ha dicho que es? La “e” de quién la arrastré a causa del apabullamiento que me dominaba. Otro silencio y la misma fría afirmación: Soy la muerte, pero los conocidos me llaman Parca. Y permanezca tranquilo, tenemos todo el tiempo del mundo.

– Yo no quiero tiempo -impuse-, quiero brevedad.

– Bien, pero yo le repito que no soy tan terrible como se cree, y es que mucha gente me confunde con el ángel caído. Realmente sólo soy un símbolo, y te digo que tu último día, “Dies natalis” es el verdadero día de tu cumpleaños, es decir, el primer día de retorno a la casa del Padre. Aquí en la tierra no eres un ser humano viviendo una experiencia espiritual sino un ser espiritual viviendo una experiencia humana. El día de tu muerte es el día de tu nacimiento.

– Yo no me fio de usted -me atreví a contestarle-, pues desde que fue vencida por Jesús de Nazaret, no está bien vista.

– ¡No seas cateto! -protestó tuteándome una vez más-, y además el tiempo se te ha terminado.

– ¡No me puedo ir, quebrantaría las leyes, estoy confinado!

– Mira que no quiero demostrarte mis habilidades.

– ¿Qué habilidades? Respondí desafiante.

– Pues mírate los pies.

Horrorizado vi que mis pies habían desaparecido y lleno de pánico empecé a gritar: ¡No, por favor, que yo no quiero dejar a mi mujer sola! Me vi suspendido por una fuerza extraordinaria, y defendiéndome empecé a patalear, sin pies. Hubo una sucesión de explosiones como en una “mascletá”, y vi cómo salía despedida mi puerta de seguridad Fichet… Cuando desperté estaba bañado en sudor frío, con los ojos desencajados… abrazado a la mesita de noche.

Un día de confinamiento consta de 24 horas…y pico.

APÉNDICE: El hombre superó la barrera del sonido hasta instalarse en una sociedad de bienestar, sustituyó la teología por la ciencia y a Dios por el hombre de Vitruvio. Los consumistas de la época, atiborrados, corruptos y lascivos, se complacían provocando, maldiciendo, haciendo cortes de manga mirando al cielo… “Y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrebató a todos” (Mateo 24, 38).

Palma de Mallorca, 15 de abril, 2020

Desde un populoso lugar del distrito 07004

J. Calderón

 

 

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