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DESDE UN LUGAR DE MALLORCA | EL LADO EXTRAÑO DEL DOLOR (VII) | José Calderón Barrios

La reunión está formada por Trini, 52 años, andaluza de nacimiento, ciega, pero no de nacimiento. Ella era feliz limpiando escaleras, en aquel tiempo en que se trabajaba cantando. En una revisión visual le detectaron irregularidad en ambos ojos; sufrió una intervención quirúrgica, y quedó ciega. Se volvió huraña, arisca, hermética… dejó de cantar, y de comunicarse. Tenía derechos laborales y civiles pero no tenía quien la escuchara ni acompañara. Terminó durmiendo en la calle donde la muerte, como hiena del desierto, la acechaba y esperaba. Hasta que en una noche fría de enero un voluntario de Cruz Roja, repartiendo mantas y cafés a los indigentes, la vio, sola, acurrucada en un rincón, tiritando, y se compadeció de ella; con paciencia y corazón, cumplió los enrevesados trámites burocráticos hasta lograr ingresarla en la residencia estatal.
Se dice que hay otros mundos, pero que están en éste. El sufrimiento en cada persona, en cada mundo es distinto y en diferentes grados. En la doctrina de la Iglesia católica están concretadas todas las verdades, sin embargo, existe la tentación de creer que el infierno, en círculos y fosos, el purgatorio y el paraíso que canta Dante, están contenidos aquí en la tierra, donde ángeles y demonios viven y conviven entre «tutti quanti».
Según la filosofía, la realidad no existe, aquello que vemos es relativo. Para algunos sólo somos una especie de fantasmas que van de paso.
– ¿Y tú que tanto miras…?
– ¡Ah! No, yo es que pasaba por aquí y me ha preocupado el tema.
Un espíritu de confusión intervino: Pues no te preocupes, hombre, que eres muy joven. Intenta disfrutar, beber, bailar, vegetar…vivir.
– ¿Y puedo romper algún escaparate después de una manifestación por algún derecho social?
– Mira, el impulsor de Mayo del 68 fue el gran J. P. Sartre – el que rechazara un premio Nobel, en 1.964 – y el eslogan del movimiento era «Prohibido prohibir».
– Entonces, ¿Si aprovecho la oportunidad y cojo un pantalón vaquero…?
¡Ah! Tú mismo.
Rafalina también forma parte de los 5 comensales que rodean la mesa. A los 12 años quedó huérfana de padre y madre; éstos habían pasado a engrosar la lista de muertos en carretera. Por medio de una señora amiga de la familia, Rafalina fue recogida por dos monjas vicentinas que regían una especie de refugio para indigentes y de enfermos incurables que eran rechazados por hospitales, por falta de camas. Así, el «Venid a mí» era asistido por las hijas de S. Vicente de Paúl y voluntarios que se iban alternando. Rafalina se dejaba la piel trabajando; no paraba, asistía a todos noche y día, y a este ritmo estuvo 2 ó 3 años hasta que un voluntario, médico, observó la delgadez de la niña, y el peligro que corría. Con el permiso de las monjas, el facultativo la llevó a cuidar a un , anciano de «sangre azul», de su propia familia. Era un enfermo que, debido a su estado extremo de salud, estaba siempre malhumorado, con heridas ulcerosas en las piernas, con el ritmo del corazón destartalado, y cagando como un sisón. Había una una cama pegada a la de don Godofredo -don Godo para las asistentas, si lo trataban bien- porque necesitaba atención las 24 horas del día.
Por aquella habitación «maldita» habían desfilado «un montón» de asistentas de toda condición y edad y la mayoría no había superado las 3 primeras noches.
Pero Rafalina era especial, la aguja del pájar. Con la experiencia de servir a los que estorban en la sociedad, a los que nadie quiere ver -los invisibles-. A los que llaman y nadie les contesta; la escoria humana, los que gritan desesperados en la oscuridad de la noche, expulsando esputos y «cagando» sangre. Aquellos que la antigua sociedad griega, después de despedirlos con un banquete solidario, eran arrojados a un precipicio, y ellos, hartos de vino, se dejaban empujar cantando.
Cuando Rafalina apareció en la habitación -una mano la empujó para que entrara-, don Godo, el dueño absoluto del lugar- un casoplón rodeado de árboles- la miró con indiferencia y desprecio; después hubo silencio, hasta que gritó mirando al techo: ¡Otra más…! Ella, solícita, avanzó para recoger la tapadera de la cama que estaba en el suelo. Silencio. Le preguntó su nombre. – «Rafalina, para servir a Dios y a usted». A él se le dibujó, en un rostro duro, una leve sonrisa. Más silencio, y otra pregunta: ¿Por qué te han puesto este nombre ? Y ella: Es que nací en Córdoba.

(Continuará)

J. Calderón Barrios

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