Este año viene atrasado el miércoles de ceniza. Antes, el sacerdote imponía la ceniza con estas enigmáticas palabras: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, hoy emplea otra fórmula, “Conviértete y cree en el evangelio”. Yo me apresuro a recomendar a mis familiares, amigos y conocidos; Convertíos, no seáis tontos, si lo hacéis descubriréis un mundo nuevo. Daos prisa, sólo os queda un tiempo, el que viene, y para muchos de nosotros corto”. Además, no quisiera encontrarme el infierno lleno de familiares y de amigos. ¿Pero, a ti qué te importa? –Me corrigió alguien-, que vaya cada uno donde le dé la gana; tú ocúpate de ti y deja a los demás. Sin embargo, seguí insistiendo. A uno que me dijo que él no tenía solución, que había errado mucho, le recordé: “Aunque vuestros pecados fueran como la grana quedarían blancos como la nieve, aunque fueran rojos como la púrpura, se volverían como lana”. Y esto no lo dijo uno que estaba arando en un cortijo sino el primer Isaías, un hombre de fiar. ¿Y Dios quién es? –Me preguntó otro alzando, escéptico, los hombros-, Dios es el motor no movido que mueve todas las cosas, el que dice al mar hasta aquí llegarás y no pasarás, ahí se romperá la soberbia de tus olas; el que mantiene en vilo a la tierra en el espacio; aquel que tiene contado hasta los cabellos de nuestra cabeza. Pues no, yo no trago –me espetó- , si Dios existiera no permitiría tantas calamidades. Pero tú prueba –le insistí-, intenta hablar con Él a solas, “sube el primer escalón de la escalera de la fe, aunque no veas el final de la escalera, tú, súbelo”. Reacciona, piensa que este mundo no es nuestro hogar definitivo, así que no te acomodes en él; y no digas nunca de aquí no me echa a mí ni… porque a cada uno le llega su hora; se romperá tu tiempo, y vendrá la muerte, y no le podrás decir, ¡Mujer, ahora me coges en mal momento! ¿No puedes volver otro día? Nos creemos eternos, la religión que más se practica hoy es la del hombre que quiere ser Dios. Aunque seas una persona que haya triunfado en la vida y te creas absoluta, escucha a Cicerón, que se atreve a decirle al César, “Has vencido en muchas batallas, te falta la más difícil, vencerte a ti mismo”. Yo te animo a que emprendas la gran aventura de la fe, hasta atravesar la frontera de esta vida, y alcanzar ese lugar que para describir sus excelencias y bondades no hay palabras, ni adjetivos, ni adverbios, ni pronombres, ni siquiera conjunción copulativa.
Y, sin embargo, es verdad, quién soy yo para advertir a nadie, yo, siervo inútil, que lo que me queda ya es terminar de estar calvo para facilitarle al Señor la contabilidad de mi cabellera.






















