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DESDE UN LUGAR DE MALLORCA | MALDITOS CRISTIANOS (I) | José Calderón Barrios

Queridos iconodúlicos, hoy os invito a dar un paseo a través de la historia, pero de forma breve, concisa, rápida, como si fuésemos viajeros del tren Bala japonés, como pasajeros fugaces a través de la vida. Sin entrar en muchos detalles. Mi acervo –con uve- cultural no tiene la riqueza que yo quisiera, a pesar de que llevo muchos años estudiando. Empecé cuando las cubiertas de los libros eran de cartón, en una casa en el campo, en medio de un olivar, alumbrado por un quinqué alimentado con aceite. Cuando mi familia se acostaba yo me quedaba leyendo, y en el silencio absoluto de la noche se podía percibir hasta el vuelo sigiloso, furtivo de las aves de rapiña nocturnas, del búho y el mochuelo, intentando sorprender a sus víctimas durante el sueño. ¡Cómo han cambiado los tiempos!, ¡cómo, de repente, empezó la Tierra a girar alrededor del sol!

Ahora vivo en medio de una ciudad de cuatrocientos mil habitantes, de momento, invadida por un virus que mientras más se ignora más se propaga. Y sigo estudiando, observando, aprendiendo porque el día de mañana quiero ser un viejo de provecho.

Bueno, sigue la invitación, la gran aventura; por lo tanto, ¡Viajeros al Bala!

Allá por el año ciento setenta d.C., un pagano instruido, Celso, llevó a cabo una investigación sobre el cristianismo, emprendiendo un ataque contra su doctrina. He aquí –escribió- algunas de las máximas cristianas: “Lejos de aquí cualquier hombre que posea algo de cultura, de sabiduría o de juicio; esas son malas recomendaciones para nuestra fe. Pero si hay algún ignorante, tarado, inculto o esclavo, ¡que venga a nosotros!

A este Celso, le replicó el sabio teólogo, Orígenes con su obra apologética, “Contra Celso”. Se diría que los cristianos, los seguidores de “la secta del Nazareno”, no sabían conquistar más que a los ingenuos, a las almas viles y deficientes, a los marginados, a mujeres y niños. Sin embargo, un día, Jesús de Nazaret, el escupido por Roma, escogería a doce de ellos para salvar al mundo. Quince siglos después, Juan Ciudad, más tarde Juan de Dios, en Granada, siguiendo el ejemplo del Maestro, escoge a cuatro truhanes:  un alcahuete, un asesino, un espía, y un usurero, para que le ayuden a enterrar cadáveres arrojados por el pueblo al otro lado de las murallas; y a recoger seres dementes que vagan por la ciudad.

Volvamos al tracatrá del tren. El diácono Esteban fue el primer mártir cristiano, el protomártir. Lapidado. La piedra era el arma del pobre; del pobre fanatizado por escribas y fariseos. Parecido caso el de la Inquisición (una mancha en la familia), que si el acusado se retractaba y pedía perdón era liberado inmediatamente, bajo cumplir ligera penitencia, como peregrinar a un monte santo o barrer las calles, a horas convenidas, con un escobón de baretas de olivo. Y si no se retractaba y pedía perdón se le entregaba al pueblo y, generalmente, era quemado vivo.

Pero, ¿y el caso de los emperadores y la persecución a los cristianos? Algunos empezaron de soldados y terminaron erigiéndose en emperadores, en dioses, pero dioses con derecho a culto y todo, y si hacía falta a adoración, porque el pueblo se prestaba a ello. Pero, observemos, el bagaje real y divino que arrastraban algunos: Calígula mataba por diversión. Tiberio vivió amargado por su fealdad. Durante su retiro en Capri cayó en la pederastia. Nerón cometió una serie de asesinatos entre quienes le rodeaban, entre ellos su hermanastro, Británico, su madre, Agripina, y el filós. Séneca, hombre fuerte de su gobierno. Culpó a los cristianos del incendio de Roma y los persiguió para divertirse, dándoles muerte en el coliseo. Caracalla ejecutaba a cualquiera que le pareciera mínimamente sospechoso. Mató a su propio hermano por el poder. Murió de forma poco honorable. Mientras orinaba junto a una calzada un oficial de su guardia personal, dolido porque el monarca había asesinado a un hermano, sin motivo alguno, le clavó un estoque a lo largo del lomo, a las cinco de la tarde, aproximadamente, después de oír el toque de un cornetín en la lejanía. Diocleciano (244-311), el último perseguidor de los cristianos. Proclamó la conversión obligatoria a la religión romana bajo castigo de crucifixión o decapitación. En diez años borró de este mundo miserable a tres mil seguidores de Jesús el Nazareno. Estos potentados fueron unos miserables, asesinos engreídos. Seguro que ni uno de ellos pagaba el recibo mensual de la Cruz Roja. Y qué descaro, qué atrevimiento de querer eliminar al Dios único, al no-otro, al omnipotente. El mundo sin Él sería, ¿cómo diría yo…?, como introducirse en una película de Quentin Tarantino.

(Continuará)

Palma de Mallorca, un lugar donde si se agudiza el oído, se oye crujir los cimientos de la sociedad

  1. Calderón 15/11/2020
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