Llegué el año 68. Mallorca era una fiesta. Había trabajo para todo el mundo, más o menos remunerado, pero en tierra de promisión siempre hay esperanzas. El abogado natural de mi pueblo, cuando le dije que me venía a Mallorca se alegró exclamando, ¡Haces bien, allí corre el dinero!; enseguida me di cuenta de que el ambiente era propicio; pero el dinero corría tanto que era difícil alcanzarlo, y para un servidor, sin coche ni bici, menos.
En la década de los 60 surgieron una serie de empresarios jóvenes y decididos, quizá sin instrucción académica pero rápidos de reflejos; dignos discípulos de la ciencia empírica, ésa que se desarrolla a través de la práctica. Dieron entre todos gran impulso a la actividad turística. Había muchos, pero yo señalaría como ejemplo, como buque insignia, a Don Gabriel Escarrer Julià, un niño que empezó de botones en Wagons Lits Cook y con el tiempo crearía una compañía hotelera con más de 300 hoteles repartidos por todo el globo, siendo él, el accionista más uno, y presidente de la misma.
Estos hombres dieron trabajo y vida a muchas gentes, a múltiples familias, incluso de pueblos lejanos, y lejanísimos. Convirtiéndose muchos de sus descendientes en miembros de una raza recién surgida: Los nuevos mallorquines.
Explotó el “Boom turístico”. Quizás con menos aparatosidad que la del Big-Bang, pero también fue muy sonada. Se terminaron los hoteles pequeños de trato familiar y clientes conocidos, dando paso a la despersonalización y grandes números; hoteles de hasta 800 y 1000 plazas. En el aeropuerto se efectúan aterrizajes cada dos minutos. Los espacios de viajeros, atestados, buscando presurosos la salida, deseando pisar la tierra de “Mirando al mar soñé”.
Los que harían ricos a más de uno, y a más de dos, incluso a más de tres, entraban en tromba. Los alemanes, hijos lejanos del hombre Neanderthal, cargados de maletas, buscan su destino: El Arenal, la Playa de Palma, para pronto entregarse a disfrutar de su primer día de vacaciones; bebiendo cerveza alemana, comiendo salchichas de origen, oyendo música folk. Y, ya beodos, gritando de júbilo, sintiéndose libres de la disciplina del reloj, del ruido de las máquinas y la polución industrial. Posiblemente, terminarán la juerga en la orilla del mar, a la altura del balneario nº seis, rodeando a un cubo lleno de sangría española, a altas horas de la noche; mientras la luna, en cuarto creciente, observa. Alguno se preguntará, ¿Por qué precisamente en cuarto creciente? Pues, sí, para que se produzca el fenómeno tiene que ser en esta fase de la luna. ¡Hombre!…
¡Que vienen los ingleses! Los descendientes de Ricardo I, corazón de león. Creadores de la revolución industrial (siglo XVII), y grandes bebedores. Caminan por el aeropuerto, continuamente, cargados con su impedimenta: maletas, mochilas, raquetas y palos de golf; para instalarse en diversos lugares de la costa circular mallorquina.
Los franceses, gabachos o galos, descendientes del hombre de Cromañón. Sus fósiles fueron encontrados en la aldea Cro-magnon; de cara vertical y fuerte mandíbula, por eso son tan diestros en la cocina. Algunos antropólogos lo consideran predecesores directos de los europeos actuales. Se cree que realizaron las primeras pinturas rupestres. Aunque ni fuman ni dan propinas, hacen excursiones y otros gastos esenciales que incrementan la economía balear.
Sin entrar en detalles con los países adelantados de Europa, y muchos otros menos adelantados, pues todos quieren poseer un nido en las boscosas montañas de Tramuntana.
En Mallorca ya estaba todo fraguado, la máquina en marcha; gracias a hombres hábiles que supieron ver la ocasión. Todo era coser y cantar…y empezaba a verse a los empresarios aventajados, jugando al tenis, incluso al golf, y, en la estación invernal, a los mismos, esquiando por las pistas heladas de Candanchú. Bueno, luego, llegarían más lejos.
Apareció el progreso, con comidas rápidas y discotecas gigantes. Los forasteros emigrantes ya poseían un piso, a pagar en 30 años, de 80 metros cuadrados, además de un seat-600, en la puerta, para llegar a tiempo al trabajo. Por la costa de los pinos cabalgaron los 600-seat-600…Fueron 50 años de trabajo, auge, bienestar y derecho a ensaimada.
De pronto, como suceden los males, apareció el bicho, el coronavirus, el turista más siniestro que ha visitado la isla; el “enterraó” de la comarca; procedente del Oriente, del país de los ojos oblicuos, donde hay dioses falsos dispuestos a dominar al mundo. Todos los pueblos empiezan a dar tumbos como en una danza macabra. Aquí en Mallorka, hay tal confusión que no se acierta ni a enhebrar una aguja. Y, ¿De cantar, qué?… Afónicos.
Bando exprés internacional: A los mayores de 80 años, que no se les ría las gracias…Que se vayan mentalizando, “como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores”.
En el futuro inmediato un nuevo e histórico periodo, el de la post-abundancia.
Palma de Mallorca,
José Calderón























Estimado y querido amigo. D. José Calderón Barrios, cuantos entrañables recuerdos me bienen al leer tu anecdotico artículo de tiempos maravillosos donde todos éramos felices. Recibes un fuerte abrazo de un amigo que te admira por ser como eres.