¿Había dicho yo alguna vez que el mundo está loco? Pues sigue haciendo de las suyas.
Un día se forma cuando el planeta Tierra da una vuelta completa sobre sí mismo, sobre su eje. Un año es el tiempo en que la Tierra tarda en dar una vuelta completa alrededor del Sol.
Yo, como elemento humano, tengo mis méritos, pues debido a mi edad, ya llevo dadas 89 vueltas al Sol, y 32.485 sobre mí mismo, y esto por ir de pasajero en ese bólido terráqueo llamado Tierra; ¡Ah, y sin haberme mareado todavía! Llegué en mayo del 68, del siglo pasado. Mallorca era una fiesta. En Paris surgió una revolución impulsada por universitarios mahoístas, aburridos, que se les antojó cambiar el mundo. Llegaron a contagiar a toda Francia. Consecuencias: Más de 10.000 coches quemados, cientos de
heridos, miles de detenidos, 9 millones de trabajadores en huelga, muchas fábricas cerradas, etc, etc.
En Mallorca se vivía bien. La hostelería ofrecía a sus empleados, sueldos, comida y cama. Yo, al poco de llegar me compré un coche de segunda mano; un brioso S-600 con 23 caballos de fuerza (?) y por la mañana cuando lo ponía en marcha me parecía oír relinchos que salían del capó. Al año, los americanos, hegemónicos del planeta Tierra, consiguieron dejar sus huellas y su bandera en la Luna. ¡Mi suegra nunca se lo creyó! El glorioso acto de los astronautas fue, para todo el mundo, como un “chute” de ilusión y optimismo.
Mallorca bailaba al ritmo del progreso. Había trabajo, paz y ensaimadas para todos. En el año 73, en Ibiza, se cerró la cárcel por falta de clientes. Y la sociedad del bienestar empezaba a amanecer. Todos querían sanear su economía en dos días… Bueno, en tres. Se sentía el síndrome del niño; ellos lo quieren todo: “Mío, es mío”. Creo que fue San Ramón Nonato, le entraron ladrones en su casa, y él les ayudaba diciéndoles: “Llevarse lo que queráis, nada es nuestro, todo es de Dios”.
Ya han pasado 56 años -en mi caso-. Todo ha cambiado. El Teatro del Mundo sigue actuando, pero en el proscenio, las escenas son cada vez más trágicas y angustiosas. Y huele a pólvora. Guerras, más guerras. Los israelitas son un ejército famélico, escapados de hornos crematorios. El pueblo filisteo/palestino un lugar asediado, humillado, sin contar con su gigante Goliat.
El mundo está desquiciado. Busca la felicidad, pero no la encuentra. Decía Gustave Flaubert, novelita francés, que para ser feliz hay que ser estúpido, egoísta, y tener buena salud. La fundación anglosajona, “Nueva Economía”, no ha mucho, elaboró una fórmula para encontrar el país mas feliz del mundo. Fue elegido “Vanuatu”, localizado en nuevas Hébridas, allá en el quinto pino, perdido en el Océano Pacífico, en medio de muchas islas de origen volcánico. Resulta sintomático que la mayor felicidad esté en un lugar difícil de pronunciar y más, de localizar. La felicidad es un estado de ánimo y no se adapta a encuesta o estadística, es como un ave, como un jilguero que pasa veloz,
dejando el aire teñido de colores.
Un signo de nuestro tiempo: Hace varias fechas en un periódico de Palma apareció una noticia que escandalizó a muchos. Un padre de 26 años había estrellado contra el suelo a su propio hijo, un bebé de 20 días escasos. Y es que el neonato lloraba, le dio el biberón, pero siguió llorando, entonces el padre se puso nervioso y empezó a darle golpes por todo el cuerpo…
¡Hombre, es que se puso nervioso! A continuación, como el pequeño seguía sollozando lo lanzó al suelo con fuerza. Lo dejó moribundo. Cuando llegó la madre -que había estado paseando al perro, se ve que no conocía bien a su pareja- se encontró a su hijo sangrando y lleno de golpes. Nerviosos y alterados, decidieron llevarlo a urgencias. O sea, lo decidieron. Entonces es que habría antes una predecisión.
Hoy, en la sociedad progresista que hemos llegado a conseguir, hay algunas hembras que no quieren niños. Deciden comprarse un perro… o dos.
La verdad, nuestra sociedad está en crisis de valores humanos. Hacen falta hombres y mujeres “acerados”, aquellos que, en tiempos de infortunio, resisten a la adversidad. Algunos ejemplos: Gregorio VII el Papa genial del siglo undécimo. Konrad Adenauer, el Viejo; el milagro alemán. Winston Churchill, uno de los vencedores de Hitler. Teresa de Calcuta, se glorificó quitando gusanos de las heridas gangrenadas de los mendigos sin techo. El Papa Francisco, una vez elegido pontífice de Roma, el cardenal Re le pregunta qué nombre elige: “Quo nomine vis vocari”, y Begoglio, entre el estupor de los cardenales, contesta: “Vocabor Franciscus”. Elige el nombre del santo más pobre. Y, por último, dejo un recuerdo por aquel que, con mucha voluntad, trabajo y problemas, consiguió cambiar chozos por casas:
Ramón Freire González.
(Continuará)
José Calderón






















