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DESDE UN LUGAR DE MALLORCA | VENDRÁN DIAS… (VIII) | José Calderón Barrios

M. Delis García no sabe que él es un estoico, sin embargo, su personalidad y forma de actuar encajan perfectamente con el estoicismo más puro. ¿Está el Gonce? (nombre derivado de Gonzalo).Nosotros vivíamos “en aquel tiempo” en la casilla de Pedro Robles. Estaba yo sacando agua de un pozo ancho y generoso cuando me sorprendió la pregunta arriba indicada, me volví y era el niño Delis, conocido en el pueblo como el “Maxo”. Le dije que mi hermano había tirado su tirachinos y había desaparecido. Búscalo por ahí detrás -le indiqué- , no andará muy lejos. A partir de este día, se presentaba frecuentemente, se ve que le gustaría nuestra compañía y la libertad del campo. Pero he aquí que un día sucedió algo sintomático. Estando charlando y riéndose, mi hermana Dolores, Gonce y él, idearon vestirse de mendigos e ir a la casilla Carona a pedir una limosnita que Dios se lo pagará. Entraron los tres en nuestra vivienda pero el único que salió disfrazado de pordiosero fue el niño Delis. Mi hermano le enseñaría el destino ya que su amigo lo desconocía. A la media hora volvieron de la aventura; mi Gonce, gritando con gran alborozo: ¡Dolores, ven, mira! Delis no se reía pero se le veía satisfecho. Había conseguido un cartucho lleno de coscurros de pan, pero el niño sin darse importancia, sin complacencia alguna.
¡Cuántos recuerdos…! ¡Cómo pasa el tiempo! La desazón profunda y trascendente del ser humano.
Queremos saber por qué estamos aquí, y si hay vida detrás de la muerte. La filosofía nace de nuestro titubeo observando al mundo, y del interés en comprenderlo. El filósofo duda, el estoico, imperturbable, soporta. El hombre es el único ser de la creación que puede preguntarse sobre sí mismo. Las piedras no se preguntan quién soy yo, ni el perro, ni el gato, ni el pimiento morrón. Lo mejor que puede sucederle al hombre es morirse, porque termina la prueba, porque pasa del existir al ser. “Diles que yo soy el que soy”, ordenó Yavé a su buen servidor Moisés.
El mundo solo es una multitud infinita de muñecos pataleando porque no quieren morir… Sí, pero ¿y los que se suicidan? -preguntó uno que estaba escondido-. Esos lo hacen por alguna patología, o por desesperación, no por deseo.
En aquel tiempo, por hache o por be, volvimos a vivir en el pueblo. Una tarde de julio estaba yo conversando con algunos colegas cuando se presentó el niño Delis -ya amigos -, me citó aparte para invitarme a ir a la feria de Cañada, hoy mismo. Acepté. Fuimos a comunicárselo a nuestras madres.
Hay que tener en cuenta que “en aquel tiempo” la hambruna, coronada, reinaba con todo su furor. Las madres, rodeadas de niños -la media nacional, 5- con la boca abierta, reclamando -pidiendo el libro de reclamaciones-, como los pajarillos hambrientos. Imperaba el sálvese quien pueda. Estuvimos andado cerca de 2 horas para alcanzar nuestro objetivo. Llegamos sudorosos y muchas ganas de comer. El estómago hambriento ruge como un animal salvaje. En Cañada ya se asentaba la noche profunda. Se oía a lo lejos el fragor de la feria, jaleo y música. Llegamos a una casa de una sola planta, Delis entró muy decidido, salió una anciana, mirándonos con cautela, desconfiada. Le dió un beso de compromiso, y a mi me miró sin entusiasmo alguno, yo dije que mi madre era de aquí y que ella la conocería… pero como si oyera llover. Era evidente que procediera de esta
manera. Habíamos aparecido dos autoinvitados, sin avisar, sin un recuerdo de La Luisiana, además sin un ochavo en los bolsillos. Desapareció y después apareció invitándonos a sentarnos, nos puso un plato de picadillo de tomate, cebolla y pimiento verde, un trozo de pan de reducidas dimensiones y un jarrillo de agua. Luego se puso a mirarnos; particularmente creo que observaba la velocidad que comíamos y otros detalles porque en el pueblo llano se cree que el que tiene la boca grande come mucho. Empezó a darnos instrucciones: aquí dormiréis. Nos mostró las camas para transeúntes, dos mantas extendidas en el suelo, con sendas almohadas improvisadas, cerca de la puerta de la calle. Dejo la puerta encajada -prosiguió-, cuando volváis empujad y luego echáis el cerrojo por dentro. Yo estaré acostada, no me encuentro bien.
Salimos; no olvidemos que era el día de “Santana” el pueblo era una fiesta. Nosotros, diez y doce años, buscamos deprisa los cacharros de feria: el tiovivo, las cunitas, los coches de choque, pero lo que más nos atrajo fue el puesto de los jeringos y churros.
Cuando hubimos recorrido todos los “altares” y la noche avanzaba decidimos volver al “hotel” y entonces empezaron a rugir las fieras que llevábamos dentro. Delis, instintivamente, aceleró la marcha, como si hubiera tomado una decisión. Cuando me di cuenta estábamos cerca del puesto del turrón; aparecía completamente solitario. Me dijo que apareciera por un extremo del “dulce puesto” y señalara piezas preguntando por su precio. Cuando vi que él, en el otro extremo, se alejaba con una presa, me disculpé amablemente y desaparecí, y es que el hambre tiene cara de cochino. El niño me esperaba, con destreza partió una tableta de turrón de cacahuetes; el de almendras no estaba al alcance de los españoles.
Por la mañana nos despertó un estruendoso ruido de trompetas y tambores, era la banda que recorría calles tocando diana en el segundo día de feria; entre la gente que seguía a la orquesta se veían algunas mujeres, ya mayores, con un pañuelo en la mano, llorando de emoción.
La dueña tenía mejor cara, nos sirvió un buen desayuno con pan tostado con aceite y un buen tazón de leche con café de cebada (que estaba de moda). Nos despedimos de ella muy agradecidos. Decidimos dar por terminado el viaje de placer, y pusimos rumbo a nuestro pueblo, cantando bajito.

(Continuará)

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