El mundo quiere bailar, incluso a ritmo acelerado. A pesar de las bombas de Siria, las de Palestina e Israel, y de otros diversos lugares cuyo sonido no nos llega. El mundo es materia, no espíritu. Y quiere bailar, porque está confundido. Envidio a las aves migratorias, ellas conocen el tiempo de partir y a donde ir. El hombre camina dando tumbos, en la bruma, buscando su destino.
En la sociedad de bienestar, los jóvenes, llenos de fuerza y optimismo, dejaban el pueblo y sus casas y marchaban a la capital para comerse el mundo, para ser cantantes, artistas con derecho a “Goya”, tenistas de los que muerden ensaladeras, guitarristas, palmeros, ciclistas, incluso accionistas. Y si sus deseos no se cumplían volvían “tocados” al pueblo, para maltratar a sus padres.
Cuando la invasión, un joven marroquí de 14 años, en la playa del Tarajal, declaró a un periodista que él venía para ser futbolista. Ninguno dice que viene con la ilusión de ser fontanero. Desgraciadamente, al menos una buena parte de ellos, terminan dando patadas de rabia a los contenedores, metiendo medio cuerpo, buscando en la basura chatarra o cualquier desecho que se pueda vender.
Un conocido me dijo, con sinceridad, que yo escribiendo era muy pesimista; que cambie de música, que eso del “valle de lágrimas” está muy antiguo, que no suena bien, que la sociedad ha cambiado mucho. Yo, pensador autónomo, creo que el egoísmo no ve más allá de sus narices. El hombre es lo que come… y lo que bebe. La gente, actualmente, sufre muchos dolores viejos. El mundo está lleno de bailarines y epulones, y de valles de lágrimas. En el Líbano hay muchos refugiados sirios, huidos de una guerra interminable. Según la ONU, 865.000.
Me imagino una gran ciudad de varios kilómetros construida a base de chapa vieja, uralita, cartón, trozos de lona y muchos niños llorando. Sin electricidad, sin agua, sin letrinas, ni alcantarillado; de noches oscuras, alumbradas sólo por el único satélite de la Tierra, el que gira alrededor de esta a una velocidad media de 1,02 kilómetros por segundo; y por las lucecitas titilantes del cosmos… En el Líbano, país de acogida, en el Valle de la Becá, sin vegetación ni pájaros.
San Juan Crisóstomo, obispo y uno de los más grandes doctores de la Iglesia, dejó escrito que los que sólo se ocupan de sus intereses son inútiles ante el Evangelio, que no hay nada más frío que un cristiano que no salva a los demás. Así sería aquel del Evangelio al que se le entregó un talento para que lo negociara y por miedo, o comodidad va y lo entierra. Actitud parecida al que cambia de canal, por no ver miserias. Y se pone a bailar el “Buguibugui” con su pareja.
Después de dos millones de años, el hombre sigue siendo el gran desconocido. Desconocido de sí mismo. La sociedad en la que se desenvuelve viene a ser como un zoológico en el que hay toda clase de individuos, buenos y menos buenos, desde héroes, santos, científicos, burgueses, trabajadores, hasta descender a la hez humana. Pues según noticia de última hora se busca a un extranjero de 36 años que lleva tiempo andando por el mundo, con más de cien homicidios cometidos impunemente. ¿Y la gente cómo reacciona? La gente sueña con el turismo de masas, que nos asegura la pensión.
Se inclina el Señor desde los cielos hacia los hijos de los hombres para ver si hay algún cuerdo que busque a Dios. Hasta el paciente Job, en sus horas bajas, llegó a quejarse: “Dios juega con ventaja, pasa por delante de nosotros y no le vemos”.
Muchos creen que esta sociedad está enferma, y que el mundo no existe, por eso no lo podemos destruir. Además, ¿cómo podría existir tanta gente suspendida en el espacio, flotando, dando vueltas alrededor del sol, con exceso de velocidad; y, a la vez, girando sobre sí mismos… pendientes de que nos toque la lotería?
Anaximandro de Mileto, un filósofo con alpargatas de esparto, llegó a la conclusión de que la imperfección de las cosas las mueve hacia la muerte, hacia el ser otras, en un intento de recomposición de lo indeterminado.
“El pájaro vivo se come las hormigas, pero cuando está muerto las hormigas se lo comen a él”. Todo está contado, medido.
La Tierra prometida era el territorio cultivable -lo mejor de Palestina- que Yavé prometió a los patriarcas; sin embargo, Cristo va más allá. Él promete a los cristianos, ahora considerados como malditos, el grandioso reino de los cielos, en el que todo tendrá sentido.






















