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Hablar por hablar | Ahora, sobre los abogados | Francisco Martínez Calle

           Hace ya algún tiempo dediqué uno de mis articulillos a comentar los juicios contenidos en el Refranero General Ideológico del Español (1993), acerca de las muchas cualidades y algunas deficiencias atribuidas a los barberos, un gremio tan variado como servicial.

            En aquella ocasión, al finalizar el escrutinio, hubo, como suele ser frecuente en tan extenso campo, refranes para todos los gustos. Así, unos los elogiaban por resultar sumamente necesarios (nos asean, informan y entretienen); y otros, por el contrario, los censuraban acremente (son parleros y sin escrúpulos), al ver en ellos a profesionales capaces incluso de atentar gravemente contra la integridad física de la clientela.

            Ahora en esta ocasión, movido por el deseo de saber acerca de los abogados, recurrí de nuevo al Refranero antes citado. El número de refranes sobre los abogados es notablemente inferior al de los barberos, aunque no por eso encierra mejores opiniones. Si entre los refranes de barberos hay de todo, entre los refranes de abogados predominan los de peores intenciones de cuantas se pueden achacar al ser humano.

            Si tomamos solo unos cuantos del repertorio que nos ofrece el compendio, enseguida descubrimos que, por lo general, los abogados salen mal parados. Así, unas veces, se les acusa de actuar solo movidos de mala fe (“Abogado madrigado [‘experto’], hombre de cuidado, De necios y porfiados se hacen ricos los letrados, Ni ruin letrado, ni ruin hidalgo, ni ruin galgo, Abogados en el lugar, donde hay bien meten mal, Un abogado en el concejo hace lo blanco negro”). Y otras veces, además de mal intencionados, son también astutos y taimados antes que cualquier otra cosa (“Abogado ladino gusta de trochas más que de caminos, Abogado sin conciencia merece gran sentencia”).

            Pero, lógicamente, no todos los abogados son marrulleros o carecen de ética profesional. Los hay también muy diligentes y discretos, capaces de disipar nuestras peores pesadillas (“El letrado y la paciencia ganan la sentencia, Un abogado listo te hará ver lo que nunca has visto, Abogado que por el pleito se desvela, estudia calles, callejones y callejuelas”).

Por otra parte, como era de esperar, existen incluso aquellos que son incapaces de ejercer con algún éxito su profesión, por carecer de una mínima inteligencia (“Con capa de letrado anda mucho asno disfrazado”).

Y, por último, en asuntos de abogados hemos de estar siempre ojo avizor, porque a los peligros antes citados se pueden añadir los provenientes de la bisoñez del letrado (“Abogado nuevo, pleito perdido”).

De modo que visto lo visto, creo que se puede asegurar sin miedo a equivocarse que, en caso de necesitar abogado, procuraremos que este sea un profesional maduro, con conciencia y de probada honradez. De lo contrario, acabaremos proclamando como verdadero aquel otro refrán que dice así: “Témele a un abogado más que a un dolor de costado”.

En fin, refranes, solo refranes.

 

Francisco Martínez Calle.

 

 

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