Ya he comentado en alguna ocasión que a mí me gusta curiosear en los diccionarios. Diccionarios de todas clases: del español, del andaluz, etimológicos, de sinónimos y antónimos, de frases hechas y, por supuesto, de refranes.
Leyendo el otro día el Refranero General Ideológico Español (1989), de Martínez Kleiser, me encuentro lo que sigue, para mí, una auténtica sorpresa:
Tanto vale amigo que no da como enemigo que no nuece.
Me llamó la atención la sentencia, tanto por su forma elegante y sucinta de plantear el contenido, como por el empleo del verbo nocir, casi desconocido y de poco uso en el español actual.
En el Diccionario de la Lengua Española (2014), tenemos:
Nocir: transitivo, desusado. Dañar, ofender, perjudicar.
Curiosamente, el verbo nocir, como dice el diccionario de la Academia, será casi desconocido y poco usado; pero no ocurre así con sus derivados, que disfrutan de plena vigencia, según consta en el citado diccionario:
Nocivo: 1. adj. Dañoso, pernicioso, perjudicial.
Inocente: 4. adj. Que no daña, que no es perjudicial.
Inocencia: 3. f. Candor, inocencia.
Inocentada: 1. f. Broma o chasco que se da a cualquiera, el día de los Santos Inocentes.
Inocentón: 1. adj. coloquial. Muy inocente.
Siempre es lo mismo: leer cualquier cosa que llegue a nuestras manos, porque la lectura nos instruye sobre los asuntos más diversos. Leer para saber, leer para comprender, leer para entender y hacernos entender con nuestros semejantes.
Y en cuanto al fondo del refrán, nada, creo, se podrá objetar. Y si no, díganme, ¿para qué sirve un amigo que nada te da cuando lo necesitas? Para nada. Y si de un enemigo se trata, ¿en qué nos puede afectar si es incapaz de hacernos daño? En nada.
En resumen, una gratísima sorpresa, porque el citado refrán, además del hallazgo de un verbo totalmente desconocido, me ha proporcionado la certeza de que tan absurdo es esperar de quien nada da, como temer al que nada hace.
Francisco Martínez Calle






















