Don Francisco, el farmacéutico de mi calle, es un hombre campechano, servicial, excelente conversador y amigo de sus clientes. A su hablar pausado, su amplia cultura y sus agudas observaciones, no exentas de alguna retranca, hay que añadir su interés por los dichos populares, las citas literarias y las múltiples anécdotas acaecidas a lo largo de su vida.
Ir a su farmacia, cosa que hago con la misma frecuencia que el supermercado, es todo un placer, pues siempre saca tiempo para un comentario jocoso, una comparación oportuna o una alusión a mis habituales articulillos en este periódico.
Hace unos días, nuestra conversación transcurrió, más o menos, del siguiente modo:
-Buenos días, Francisco.
-Buenos días nos dé Dios, tocayo –me responde, afable, el boticario.
-¿Qué tal te va la vida?
-Va, que no es poco. Y que dure mucho tiempo.
-Oye, Francisco –le pregunto tras los pertinentes saludos, con toda la seriedad que el asunto merece-, ¿estas pastillas que me ha mandado el médico para qué sirven?
-Si él te las ha recetado –me responde ponderativo-, será porque te convienen. Tú tómatelas y sigue sus indicaciones –continúa el buen boticario en la misma actitud-, porque él sabe mejor que nadie lo que a cada enfermo le conviene.
La respuesta de Francisco, sin ninguna duda, es un todo un dechado de sensatez y buena praxis profesional.
Y como suele suceder, antes de acabar la visita, sacamos Francisco y yo unos minutillos para hablar de algún vocablo extraño, del refrán apropiado al tiempo del día, del mucho calor del verano… En fin, de cualquier cosa intrascendente.
-¿Sabes, tocayo –me dice ese día mi ameno contertulio-, que causar o hacer estragos significa lo contrario de lo que a primera vista parece?
-Francamente, no lo sé.
-Pues sí –insiste-, causar estragos vale tanto como “suscitar alguien la admiración entre un grupo de personas”.
-Parece extraño –replico-, por cuanto estrago significa algo así como “daño, destrucción…”.
-Bueno, tú, cuando tengas tiempo, lo consultas, y, luego, hablamos de nuevo
–me propone, sin perder en ningún momento su característica calma.
-Así lo haré, no te quepa la menor duda.
Y dicho y hecho. En el Diccionario de la lengua española (2014), figura lo siguiente:
“Causar, o hacer, estragos: 1. Locuciones verbales. Provocar una fuerte atracción o una gran admiración entre un grupo de personas”.
Poco tiempo después de mis averiguaciones, necesitado de las imprescindibles medicinas, me llego de nuevo a la farmacia de mi perspicaz boticario:
-Llevabas toda la razón –le digo-. Está claro que la lengua es una enorme caja de sorpresas que, a veces, parece no regulada por el sentido común.
-Bueno –concede, mientras despliega una franca sonrisa-, que no dejes de pasarte por aquí de vez en cuando. De ese modo, disfrutaremos con nuestras conversaciones, y tú, además –añade complacido-, te irás provisto de mis salutíferos remedios.
Don Francisco, el farmacéutico de mi calle, es así: campechano, servicial, excelente conversador…
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