En una Navidad reciente, en un céntrico local de una ciudad, se podía leer:
EN DEVOLUCIONES, NO SE DEVOLVERA EL DINERO, SE ENTREGARA UN VALE POR EL MISMO IMPORTE. ESTE NO TIENE FECHA DE CADUCIDAD Y PODRA SER CANJEADO POR CUALQUIER PRODUCTO.
Todo en el cartel era orden y armonía, y nada había que objetar, salvo esa fea e inveterada costumbre, dispuesta a perseverar mientras sobreviva el idioma, de no acentuar o tildar las letras mayúsculas.
Será así, si así nos lo proponemos, pero no hay razón alguna que justifique esa mala práctica. Debido a ella, es inevitable pensar que DEVOLVERA, ENTREGARA, y PODRA, son palabras llanas y no agudas.
No hay, a mi entender, razón que justifique la proliferación de estas elementales faltas de ortografía, pero es una realidad creciente en infinidad de escritos, los cuales aparecen con ausencia no solo de tildes, sino de signos de puntuación, aún de mayor interés, desde el punto de vista del contenido del texto.
Pero, si por casualidad preguntas a cualquiera por qué no acentúa las mayúsculas, su respuesta surge de inmediato: “A mí me han dicho que las mayúsculas nunca se acentúan”.
Pues no es así. Me consta que, en la actualidad, en todas las escuelas se insiste en la necesidad de acentuar las mayúsculas, del mismo modo que las minúsculas, pues ambas se rigen por las mismas leyes de la Ortografía. Nada más fácil.
Y les digo más: no se crean demasiado a aquellos que tratan con desdén los preceptos de la lengua escrita, alegando que la ortografía carece de importancia. No tienen razón, porque, además de ser importante, no es tan difícil adquirir su dominio. Más bien creo yo que aquellos que no cumplen los citados preceptos, lo hacen, probablemente, porque los ignoran, lo cual dice bien poco en favor de su autoestima y de su interés por adquirir un aceptable nivel cultural.
Puede que haya también quienes se salten sus obligaciones ortográficas, no por ignorancia, sino porque no les importe maltratar el mayor patrimonio cultural de los españoles y de casi 500 millones de castellano-hablantes, distribuidos por los cinco continentes del mundo.
En fin, allá cada cual, pero mi parecer es que, si cuidamos la lengua, que lo es de todos, en algún momento, antes o después, nos podemos beneficiar todos.
Francisco Martínez Calle






















