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HABLAR POR HABLAR | LOS SIGNOS SOBRESCRITOS DE PEDIGÜEÑERÍA | Francisco Martínez Calle

Estimulado por uno de los cientos de mensajes diarios que me llegan a través del móvil (la mayoría con muy poca gracia o muy poco interés), me decido a curiosear acerca del contenido de uno de ellos, que versa sobre las características del término pedigüeñería (‘calidad de pedigüeño’). Esta palabra tiene la propiedad de recoger cuatro signos de la ortografía del español que pueden acompañar sobrescritos a algunas vocales e incluso a una consonante del alfabeto. Ellos son el punto de la i (y la jota), la diéresis, la virgulilla de la ñ y la tilde o acento ortográfico.

Estos cuatro signos son una pequeña parte del dilatado conjunto de los elementos constitutivos del sistema ortográfico de la lengua española, compuesto por veintisiete letras (y algunos dígrafos: ch, ll, rr, gu y qu), una decena de signos de puntuación y algunos signos auxiliares.

            He recurrido para saber más acerca de los signos aparecidos en pedigüeñería a la Historia de las letras (2008), de Gregorio Salvador y Juan Ramón Lodares, un libro magnífico por su abundante documentación. Pero, además, ha sido necesario consultar Internet (después de todo, el método más rápido y cómodo de investigar), donde hallo lo necesario para completar este artículo, cuyos límites quiero mantenerlos dentro de lo razonable.

            Nuestro propósito, en esta ocasión, no es mostrar los usos y funciones de estos signos citados, sino, simplemente, averiguar cuál fue su origen. Así que siguiendo el mismo orden en el que están situados sobre pedigüeñería, vocablo hoy en desuso, tenemos la siguiente información.

El punto de la i (y de la jota)

No tiene este signo un nombre específico. Se emplea la voz punto y, si se desea diferenciarlo del de la j, puede usarse punto de la i, frente a punto de la jota.

Respecto a la obligatoriedad de escribirlo, en la Ortografía de la lengua española (2010) no se indica explícitamente que la i deba escribirse obligatoriamente con el punto o que sea incorrecto no hacerlo así. Pero dado que es el punto uno de los rasgos distintivos de la letra i, su omisión no sería adecuada. En consecuencia, parece claro que la escritura de la i sin el punto no se ajustaría a su forma canónica.

No obstante, es cierto que durante siglos se escribió sin el punto con que hoy la conocemos; pero con la aparición de la imprenta se generalizó el punto, y este pasó a ser la señal utilizada para distinguirla claramente de otras grafías de líneas simples como la l o la t, por ejemplo.

Por el contrario, tal como se explica en la citada Ortografíalas mayúsculas de las letras i y j carecen del punto sobrescrito característico de su forma minúscula: Inés, Javier, Juan…

A pesar de lo dicho, es habitual que muchas personas, al escribir a mano las mayúsculas, pongan un punto sobre la i, cuando esta debería ser un simple trazo vertical con el fin de facilitar la legibilidad del texto. De todas formas, esta práctica no se considera censurable.

La diéresis

Conocida también con el nombre de crema, la diéresis es un signo tan humilde que en nuestro idioma únicamente se usa sobre la letra y en las sílabas gue y gui. Cuando nos la encontramos sobre estas sílabas, es para significar que la u tiene que pronunciarse, dando lugar a un diptongo.

El origen de la diéresis se remonta a la antigüedad. De hecho, su propio nombre procede del latín, donde quiere decir separación o división.  En la ortografía española la diéresis ha existido desde sus inicios, por lo que se encuentra ya en los textos del Renacimiento, donde siempre tiene como objetivo señalar que la u debe  pronunciarse.

Pero también existe otro uso más desconocido de la diéresis, como es el relacionado con la métrica o medida de las sílabas de los versos. Así, algunos poetas la usan en sus poemas para romper un diptongo y dividir de esta manera en dos sílabas lo que al principio era una sola.

La estructura de la ñ

La eñe, esa letra tan nuestra que luce encima una elegante virgulilla (rayita ondulada) tiene un origen muy curioso. Nació de la necesidad de representar un nuevo sonido del español inexistente en latín. En efecto, en el siglo IX, nacieron tres modos diferentes de transcribir el sonido de la eñe:

  1. Una doble n (nn) como en la palabra anno (‘año’).
  2. Un gn como en la palabra lignu (‘leño’).
  3. Un ni seguido de una vocal como en la palabra Hispania (‘España’).

Tantas variaciones en la escritura del mismo sonido dieron lugar a continuas confusiones, por lo que algún escribano decidido eligió para representarlo el grupo nn, que, además, para ahorrar espacio lo abrevió en una sola n a la que le añadió un delgado trazo en la parte superior. Después, este signo se consolidó con el paso del tiempo.

Por cierto, que los años 90 del siglo pasado fueron tiempos turbulentos para la eñe, ya que la CEE propuso a los fabricantes de ordenadores eliminarla por completo del teclado. Muchos fueron los que salieron a defender la eñe a capa y espada, encabezados por la Real Academia Española la cual aseguraba que “su desaparición representaría un atentado grave contra la lengua española”.

Finalmente, todo se resolvió a favor de dicha letra, y en la actualidad es un conocido icono de algunas instituciones españolas (Instituto Cervantes).

La tilde o acento ortográfico

La costumbre de usar tildes para marcar el acento fonológico despegó para el español a fines de la Edad Media. El latín no usaba tales signos, pero sí el griego, al menos desde el siglo III a.C. Por eso se cree que fue la entrada de nuevos textos griegos en el siglo XV, la que puso de nuevo en circulación en Europa este hábito ortográfico, regulado en España por la Academia a partir del XVIII, época de su fundación.

            En fin, ahora me alegro de haber recibido el “guasap” antes citado, porque gracias a él, he recuperado del baúl de los recuerdos algunos datos interesantes que, además, me han servido de materia prima para confeccionar el presente artículo.

 

Francisco Martínez Calle

 

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