Pues sí, en el mismo corazón de las Asturias de Oviedo, no muy lejos de Covadonga, en un puesto callejero, figura erguido y serio el cartel adjunto, del que solo vamos a destacar el vocablo bollería.
Nada grave, por supuesto, si comparamos con otras mil barbaridades ortográficas, tan frecuentes, por desgracia, en los escritos destinados al público. Nada grave, ciertamente, pero con un fallillo capaz de irritar a cualquier viandante que se acerque al chiringuito con el deseo de catar el chocolate, al que imaginamos dulce, suave y espeso, probar los churros crujientes y sabrosos y, acaso, deleitarse con la colección de bollos a cuál más exquisito.

Sí, aceptamos Chocolate, con mayúscula, porque con esa palabra se inicia el escrito; y también Churros, por ser compañeros inseparables; y Bollería, por ser manjar que en poco o nada tiene que envidiar a chocolates y churros. En fin, porque no vemos nada grave que afecte al contenido de la frase.
A decir verdad, lo que del cartel resulta inexplicable es la ausencia de tilde en bollería, lo que la convierte en una extraña palabreja, ajena a nuestros oídos. Y no se crea, de ninguna manera, que estas cosas ocurren solo en Asturias. Mi experiencia me ha demostrado que en España entera, en el centro y en la costa, en las montañas y en los llanos, en el norte, en el sur y en cualquiera de los cuatro puntos cardinales, los escritos públicos se hacen la mayoría de las veces sin reparos ortográficos de ninguna clase, como no cabría esperar de ciudadanos preocupados por el uso correcto de su lengua.
Cuánto mejor hubiera sido, ateniéndonos de nuevo al cartel del chocolate, los churros y el surtido de bollos que, en lugar de bolleria, hubiera figurado bollería, con su tilde en la i, en lugar de un sencillo punto que hace de la palabra algo sin significado.
Corramos, en fin, como suele decirse, un tupido velo sobre tan sugerente cartel y acerquémonos al mostrador en busca del chocolate, los churros y la bollería de siempre.
Francisco Martínez Calle






















