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LA FRAGUA. EL PUEBLO DE HOY. -Juán Manuel Rivero

Decía Pemán en “El Séneca y su silencio”: – “El otoño pone sobre las viñas tal suavidad de matices, que él solo es como toda una filosofía. Nada es agresivo ni estricto de perfiles cuando el cielo está ligeramente nublado. En el verano las chumberas o los cardos,  con sus pinchos parecen un pecado mortal. En otoño se diría que Dios los ha perdonado.”rivero periódico horizontalPresentación1

Pues aquí en este tiempo, como ese otoño  del libro del Séneca  ha pasado casi lo mismo, desde la crisis todo parece tener un sosiego de ajetreo inmortal, pero al mismo tiempo trayendo consigo el caos infernal que dejan los lodos de los días de bonanza. Antes de la crisis todo era algarabía, jolgorio, trasiego de compras de cosas inútiles, de viajes, de comidas a todas horas como si comer fuera el sentir de un pueblo que ha estado hambriento toda su vida, de tardes interminables de copas… en aquellos días  tener trabajo era el preciado tesoro para todos,  porque ni la luz, ni el agua, ni la contribución ni el teléfono, ni el precio de la comida era tan importante como para pararse a pensar en ello, había trabajo y dinero y no había problema.

Con la crisis ha llegado a nuestros hogares una mala costumbre, que es la de pedir cosas que antes se tenían y que hoy es casi imposible  tenerlas, por poca cosa que parezcan.

Se empiezan por los mas peques, ellos piden de todo, y son las más fáciles de contentar, piden chucherías, juguetes, y sobre todo lo “menos importante” piden paquetes de patatas fritas, paquetes de  salchichas y otros artículos que los padres tienen que hacer oídos sordos porque la economía no da para más. Pero el problema está con los que no son tan peques, los adolescentes. Éstos son una especie de personajes que habitan en las altas cumbres, esperando que les caiga encima de las manos todo cuanto necesitan, están atados de pies y manos en estas fechas a las nuevas tecnologías, y claro, ellos tienen que tener a toda costa los útiles necesarios para estar en contacto con la realidad de la vida que no es otra en estos momentos que la de estar mirando un móvil o una tablet esperando que alguien le salude para decirles hola, estoy en tal o cual sitio y tener una conversación de lo más absurdo, eso por un lado, por otro piden que la ropa que se les compre sea de marca, y que el armario este a su gusto para cuando ellos tengan ganas, ponerse todo cuanto necesiten. Yo creo que éstos son realmente los que más pegajosos se ponen a la hora de rendirles cuenta y de decirles que las cosas no son como ellos creen que son, y que hay que hacer algo mas que esperar en casa a que les venga todo rodado.

Los hogares en los que el trabajo no abunda,  están abocados a una realidad muy cruda, se diría que el paso del tiempo no ha pasado de largo en muchos sitios, y hay que hacer hoy lo que se hacía antaño, cuando el campo era la única realidad patente, guardar este pan para este queso y este queso para este pan, empeñar todo lo que se tiene, sentarse a pensar que demonios puede hacer uno para no estar tan limitado, y sobre todo no gastar absolutamente nada de nada en cosas que no sean de vital importancia, así hemos estado los españolitos desde hace muchos años hasta que el bom al menos aquí en Andalucía, nos trajo la Expo de Sevilla en donde las gentes salimos a trabajar fuera de casa, dejamos  las motocicletas y los coches empezaron  dar el coñazo por las calles que durante años habían estado silenciosas y sensibles a cualquier ataque de industrialización, que por cierto eso aquí en los pueblos ni sabíamos que era, hasta que las maquinas de algodón nos dejaron sin la recolecta habitual de cada año.

Y es que los pueblos hoy, están mucho menos blancos que antes, con mejores casas pero dentro de ellas existe el mismo problema que hace 50 años, no hay un duro para nada y la palabra “noª está a la orden del día,  pero bienvenida sea,  porque así los chavales no se acostumbran a cosas que no deben tener o cuando menos deben tenerlas cuando haga falta.

A veces hay que pensar en aquello que dicen, y no sé quién demonios lo dice, que el pueblo es soberano, y claro la soberanía del pueblo en estas fechas a decidido  negar a los hijos muchas cosas de las que piden, y negarnos a nosotros mismos comprar o renovar útiles de la casa.

Hay que ser honestos, tenemos que pensar que merece la pena que de vez en cuando  la luz en los inviernos se “vaya” se corte, y quedemos a oscuras inmersos como antes  en las sensaciones que muchos conocemos de la verdad de los pueblos, a la luz de una vela y charlando todos juntos para que la comunicación sea más constructiva que hoy.

Yo como El Séneca de Pemán, digo también que quiero dimitir de ser de pueblo  en estos  momentos, pero no sé cómo hacerlo.

 

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